martes, 14 de noviembre de 2017

¿Somos felices los españoles?

Actualmente la riqueza de un país (y por ende la felicidad de su población) se mide con el Producto Interior Bruto, es decir, con dinero. Pero hay datos que pueden hacer pensar que el dinero no da la felicidad, como por ejemplo la tasa de suicidios. Estados Unidos, Canadá o Noruega son algunos de los países más ricos del mundo y cuya tasa de suicidios también están entre las más altas del planeta. Entonces, si el dinero no da la felicidad a una población de un país, ¿qué hace que un ser humano viva feliz? Muchos economistas, psicólogos, filósofos y periodistas han intentado medir la riqueza de un país en base a la felicidad de sus habitantes, que erróneamente vinculan al poder adquisitivo de cada uno con la dicha. Si eso fuera cierto, los americanos, los chinos, los alemanes o los ingleses dominarían el ranking de los países más felices pero nada más lejos de la realidad. Según la ONU en el 2015 la lista la dominaba Suiza, seguida por Islandia, Dinamarca, Noruega y Canadá. España se encuentra en el número 36 de un ranking en el que además de encuestas a sus habitantes sobre su nivel de felicidad se toma en cuenta también el PIB per cápita, la percepción de libertad, la esperanza de vida o el nivel de servicios de la nación al pueblo. Pero viendo al personal, creo que el puesto 36 es una posición muy optimista para una España que convive con los insultos, los bocinazos, la incultura y hasta con la violencia. Se me hace muy difícil creer que dicho índice mida el día a día de los cabreados españoles después de lo que vemos y oímos en los medios de comunicación o en la calle. El español vive cabreado, ansioso, estresado y eso lo corroboran las estadísticas que cada cinco minutos copan las portadas de la prensa. En este artículo compararé a España con Suiza y ustedes decidirán si es merecido ese alto puesto en el ranking mundial de felicidad o si los españoles mentimos más que hablamos para no ser menos que el vecino.
Empecemos con la economía, base del índice de felicidad de la ONU, pero no en términos absolutos como el PIB sino en términos más individuales. El salario medio de un español en el 2016 fue de 26.710 euros brutos al año, unos 1.900 euros netos al mes por 12 pagas. Sí, lo sé, “ojalá” opinarán muchos de ustedes, pero tengan en cuenta que es el salario medio y por lo tanto esto significa que hay muchos más pobres que ricos y muchos ricos que no declaran todo lo que tienen. Con una tasa de paro cercana al 20% y con una alta precariedad laboral, parece mentira que el ciudadano español pueda ser feliz. Así que de momento haremos bueno eso de que el dinero no da la felicidad. Es más, el último informe de Randstad asegura que el 75% de los empleados españoles (unos 13 millones) están satisfechos con su puesto de trabajo actual, una proporción que nos lleva a ocupar la tercera posición del ranking europeo y la cuarta a escala global. Y eso cobrando lo que cobramos. De este sueldazo debemos apartar hipoteca o alquiler (pongamos 400 euros por persona), luz, agua, gas y comida (que según la OCU asciende a casi 10.000 euros al año). A esto se le añaden 500 euros anuales que gastamos en salud (dentistas, ópticos y medicamentos). Así que nos quedarían unos 500 euros al mes para pagar la letra del coche, la gasolina, vestirnos y para ocio (bares para él, tiendas para ella y cine y restaurantes para ambos). Y ahora Suiza. El salario medio en Suiza en 2016 fue de 78.459 euros al año, es decir 6.538 euros al mes, si hacemos el cálculo suponiendo 12 pagas anuales. Si ponemos que un suizo tiene el metro cuadrado de la vivienda más o menos al mismo precio que un español, (8.000 euros en un piso céntrico), que unos Levi’s le cuestan unos 120 euros, un litro de leche 1,3 euros y una entrada al cine unos 18 euros, es fácil hacer la cuenta. El ocio le cuesta el doble que a nosotros, también la comida pero la vivienda está a la par cobrando el triple de lo que cobra un español. Ya pueden estar contentos, ya, sólo en el plano económico. Cierto es que trabajan 5 horas semanales más que el español de a pie pero sus horarios son flexibles y tienen una semana más de vacaciones. Además, su productividad está muy por encima de la española, ya que las bajas médicas se compensan con pérdidas de días de vacaciones.
Otro índice que en mi opinión puede ser muy significativo es la sensación de seguridad y justicia que tiene el ciudadano de su país. España cerró 2016 con 292 asesinatos u homicidios (44 de ellos fueron crímenes machistas). Las cifras de la corrupción le van a la par. En España hay más de 1.900 personas imputadas en causas abiertas por corrupción y al menos 170 han sido condenadas por este tipo de delitos en la última legislatura. No obstante, la mayoría de estos condenados no están en prisión, ya sea porque se les impuso una pena de cárcel que no les obligaba a ingresar, porque únicamente fueron inhabilitados o multados o porque aún tienen recursos pendientes. No me digan que no es para cabrearse. El informe anual sobre el estado de la Justicia en la UE, publicado por la Comisión Europea, muestra que el 56% de los ciudadanos españoles considera "mala" o "muy mala" la independencia de los tribunales y los jueces. Se trata de la sexta cifra más alta de entre los 28 estados de la UE, sólo por detrás de Bulgaria (70%), Croacia (66%) Eslovenia (62), Eslovaquia (61%) e Italia (61%). Sólo un 30% de los españoles considera el estado de la cuestión "bueno" o "muy bueno" (supongo que políticos, carteristas y manteros). Un 14% no opina, para qué. Suiza cerró el 2015 con 57 asesinatos y su tasa de homicidios intencionados es de 0.7 por cada cien mil habitantes. En la corrupción nos ganan de calle. Mientras que en España el Índice de percepción de la Corrupción que publica la Organización para la transparencia Internacional es de un 58 sobre 100, los suizos dan un 86 sobre 100. Casi 30 puntos de diferencia. Es decir, Suiza tiene un notable alto en corrupción mientras que España no llega al bien. También el 80% de las personas que viven en Suiza se sienten seguras según un estudio dado a conocer por la Conferencia de Comandantes de las Policías Cantonales de Suiza (CCPCS). Según las estadísticas en España el 75% de la población se siente segura, aunque supongo que no les preguntaron a las familias de asesinados y desaparecidos.
La alta corrupción, la ineficacia de la ley y la ineptitud de la mayoría de los políticos españoles hace que sus notas a duras penas lleguen al 4. En España al ciudadano sólo se le convoca cada cuatro años para elegir a unos líderes que prometen mucho y hacen muy poco. Los suizos tienen una valoración muy positiva de su ejecutivo, ya que la población participa también en la toma de decisiones que les afectan. De hecho, en Suiza se organizan votaciones tres o cuatro veces por año además de las parlamentarias, cantonales y municipales, y en cada votación pueden opinar sobre tres o cuatro temas distintos. Lo que explica la frecuencia de los escrutinios es la existencia de dos derechos inéditos: el referéndum popular y la iniciativa popular. El referéndum popular permite a 50.000 ciudadanos pedir que una ley adoptada por el Parlamento sea sometida a una votación nacional. Por su parte, la iniciativa popular permite a 100.000 ciudadanos presentar un proyecto que, de ser aprobado en las urnas, pasa a integrarse en la Constitución. Así que los suizos pueden estar contentos, ya que su opinión es tomada en cuenta.
Con todo lo comentado hasta ahora no es de extrañar que en España la depresión sea el trastorno mental más frecuente, con una prevalencia de entre el 5 y el 10%, es decir, entre dos y cuatro millones de personas (aunque los expertos estiman que podría haber hasta seis millones de afectados, la mitad de los cuales no estarían diagnosticados). Si a esto añadimos que el hachís y la marihuana provocan trastornos depresivos a largo plazo, podemos concluir que en unos años la depresión puede afectar al 20% de la población. Y si la depresión aumenta es factible que la tasa de suicidio también aumente. El suicidio sigue siendo la primera causa externa de muerte en España con 3.910 fallecidos en 2014, casi once al día, duplicando a los muertos por accidente de tráfico. En este sentido es curioso que los países más ricos y felices sean también los que más suicidios tienen, como por ejemplo Suiza. Los investigadores han justificado este hecho alegando que el nivel de felicidad de los demás está relacionado con el de los suicidas (normalmente con un bajo nivel de autoestima). Las personas descontentas que viven en lugares donde el resto de individuos son felices tienden a juzgar su propio bienestar en comparación con el de las personas que les rodean. En una encuesta famosa de los economistas Sara Solnick y David Hemenway se preguntó si se prefería tener ingresos de cincuenta mil dólares en un mundo donde todos los demás ganaran veinticinco mil o de cien mil dólares en un mundo donde todos los demás ganaran doscientos mil. La opción más escogida fue la primera, es decir, la gente prefiere tener más dinero que el vecino que ser el menos rico del país. A esto se le llamó la paradoja de Easterlin: aunque los ricos sean más felices que los pobres, las sociedades más ricas no necesariamente tienen que ser más felices que las pobres.
Mi conclusión del estudio es fácil: mentimos como bellacos para no decir que nos alegramos de las desgracias del vecino. Cuando decimos que nos sentimos felices en nuestro trabajo es porque miramos para abajo y no para arriba. Cuando decimos que nos sentimos seguros es porque no salimos a altas horas de la noche de casa y no viajamos en transporte público. Por lo visto la corrupción, la violencia de género, el analfabetismo, la hipoteca, las subidas de los precios, la falta de ocio, el divorcio, la precariedad laboral, etc.., no nos hace infelices. Como bien dice uno de los políticos mejor valorados en España, monsieur Revilla, ¡viva el vino!