jueves, 17 de agosto de 2017

¿Por qué mienten los niños?

La mentira ha sido nuestra fiel amiga a lo largo de la historia y bien se merece un artículo, un libro o una enciclopedia entera. Todos, todos, hemos mentido alguna vez, sea para bien o para mal. Al contrario de lo que se pueda pensar, la mentira no es exclusiva de los adultos. Los niños empiezan a saborear la mentira a edades muy tempranas, tres o cuatro años, y depende de los padres que la mentira les acompañe el resto de sus vidas o que la vean como algo perjudicial para ellos y para los que les rodean.

Los motivos por los que mentimos pueden ser muy diversos pero en los niños el miedo a la cólera paterna es sin duda la causa más importante de las mentiras infantiles. Los niños prueban a los padres porque desean saber sus límites. El deseo de cualquier mentiroso es evitar responsabilidades y si no se le pilla el mentiroso aprende que se puede salir con la suya engañando para conseguir el éxito. Y si le funciona puede enseñar al niño a romper otras reglas. Si les funciona puede ser que sus fechorías no tengan límites. Puede que la mentira sea la primera señal de que se está gestando un problema. Si el niño puede colar sus mentiras sin ser descubierto, eso puede animarle a correr los riesgos que implican otros actos antisociales como robar. Es importante que ya de pequeños sean conscientes de que mentir está mal. Al crecer psíquicamente, si no se les advierte de pequeños, sus mentiras se pueden hacer más grandes, más continuas y más problemáticas para los padres. Aunque los preadolescentes o los adolescentes más jóvenes entienden la idea de que mentir está mal porque los demás ya no confiarán en nosotros, eso no es prioritario en sus mentes. Incluso los adultos no recuerdan siempre la consecuencia de una pérdida de confianza cuando están sopesando si mentir o no. Cuando se miente se merman las relaciones y puede que éstas ya no sean las mismas después de haber violado la confianza del otro con una mentira. La pérdida de confianza es difícil de reparar y a veces resulta irreparable (como deben saber muchos adultos que son engañados por sus parejas).

El hecho es que cuando no hay emoción de por medio es fácil mentir; es mucho más fácil mentir sobre hechos, planes, acciones o ideas que decir que uno no está enfadado, asustado o que siente cualquier otra emoción. Es mucho más fácil mentir sobre no haber estado enfadado ayer que esconder el enojo que se siente en el momento. Es más fácil esconder una ligera irritación que la furia. Incluso cuando la mentira no trata sobre emociones, las emociones que se suscitan al mentir —miedo a ser descubierto, culpabilidad por la mentira, o el reto y el estímulo que supone colar con éxito una mentira («el placer del engaño»)— pueden hacer que resulte más difícil mentir con éxito.

Las investigaciones con adultos indican que las personas no se sienten culpables por mentir a alguien a quien no respetan, con quien no comparten unos valores. Por ello se supone que los niños se sienten menos culpables cuando mienten a unos padres que les imponen unas normas que ellos consideran injustas, duras e inflexibles, igual que los adultos no sienten culpa alguna por mentirle a un jefe que consideran ha sido injusto con ellos, que cuando mienten a unos padres honrados y comprensivos. Y con una mentira colada con éxito el mentiroso reafirma su poder sobre su padre o su jefe y se venga así de su superior.

Así pues, la mentira puede hacernos ser peores personas, personas egocéntricas y vengativas. La mentira exitosa nos endiosa, nos hace creer superiores a nuestras víctimas y nos da la falsa seguridad de que hagamos lo que hagamos no nos pillarán jamás. Incluso puede convertir a personas normales en profesionales de la mentira, en estafadores y delincuentes hasta que el mentiroso se tope con alguien más mentiroso que él o más inteligente. Por eso es primordial hacerle saber al niño desde bien pequeño que los mentirosos son personas malas que acaban haciendo cosas malas y pueden que acaben sus días peor de lo que ellos creían.

Fases de la mentira

De 3 a 5 años.

Los niños de preescolar normalmente piensan en términos de lo que ellos quieren, y sea lo que sea eso, es lo correcto. Para ellos el mentir en sí no es malo si con ello consiguen lo que desean. En esta etapa es importante que los padres hagan saber a sus hijos que se sienten felices cuando les dicen la verdad y que no les gusta que les mientan.

De 5 a 6 años.

Los niños de esta edad se ven impresionados por el poder superior de los adultos. Cooperan mucho más, pero esta cooperación no está basada en la comprensión de las reglas, sino en querer obedecer a los adultos. Este es el periodo en que los niños creen que los padres siempre saben cuando el niño miente. Al igual que en la anterior etapa, el padre debe seguir insistiendo en que no le gusta que su hijo le mienta. El padre debe explicarle lo injusto que resulta la mentira para la persona a quien se miente. También es bueno que le pregunte a su hijo cómo se sentiría si alguien le mintiera a él o a ella para que se pueda poner en la piel del otro.

De los 6 a los 8 años.

Los niños ya no creen que los adultos siempre tengan razón. Su idea de justicia es la regla de oro, ojo por ojo, diente por diente. Es difícil para los niños que están en esta etapa comprender que mentir perjudica a otros. El padre debe intentar utilizar esa justicia del ojo por ojo para explicarles qué les ocurriría a su familia, amigos o escuela si todo el mundo mintiera y engañara.

De los 8 a los 12 años.

El niño quiere estar a la altura de las expectativas de los demás. Un período de conformidad, esta fase subraya lo que se ha llamado la moralidad del «niño bueno». A los adolescentes que se encuentran en esta etapa les importa tanto la aprobación de sus semejantes que otras preocupaciones morales se pueden ver debilitadas si entran en conflicto con lo que sus compañeros esperan de ellos. Es éste un período en que surge la conciencia, en el sentido de que los niños se ven motivados no solamente para evitar el castigo, sino para estar a la altura de su propia autoimagen. Los niños mienten en esta etapa para evitar desagradar a sus padres, para evitar el ridículo y ganar la aprobación de su mismo grupo de edad. En esta etapa se puede apelar a la preocupación del hijo por su reputación, explicando lo terrible que es tener fama de mentiroso. También se puede empezar a utilizar argumentos explicando cómo la sociedad se hundiría si todo el mundo mintiera.

Más de 12 años.

Los adolescentes se preocupan por ser buenos miembros de su comunidad, escuela o sociedad. En esta fase se puede englobar también a los adultos. Ahora pueden comprender el conflicto real entre la lealtad a un amigo que ha cometido una transgresión y la obligación hacia una sociedad amenazada por esa transgresión. Es un tiempo en que el padre puede hacer hincapié en lo que ocurre cuando se pierde la confianza. También puede recalcar ese punto a los niños más jóvenes, pero no espere que lo comprendan fácilmente.

¿Por qué se miente?

La mayoría de niños (y también de adultos) mienten para evitar el castigo, es decir, obtener un beneficio por un acto mal hecho. Los adultos mentimos para librarnos de pagar una multa, para conseguir un trabajo, para enamorar, para evitarnos la reprimenda del jefe, etc. Los niños son iguales a los adultos. A muy temprana edad aprenden a mentir, a acusar, a omitir o a hacer trampas para evitar un castigo, poder hacer una fiesta, comer dulces, etc. Pero hay que tener varias cosas en cuenta para conocer la causa de la mentira. Los padres o educadores deben preguntarse si fue el niño responsable de lo que hizo, si fue una acción deliberada, si sabía el niño que lo que hacía estaba mal hecho, qué daño se ha hecho, si alguien salió perjudicado y de qué manera, si se dañó algún tipo de propiedad, si se violó algún principio importante, si la mentira empeoró el hecho o si el daño habría sido menor si el niño no hubiera mentido. Los padres deben primero saber el motivo para comprender la mentira y conocer el daño para aplicar el castigo.

Pero los padres también pueden ser los culpables de la deshonrosa actitud de su hijo. Un padre que miente frecuentemente a su hijo, o que no suele cumplir las promesas que hace, no puede esperar que su hijo actúe de otra manera. Un padre que se basa en duros castigos o amenaza injustamente al niño puede descubrir que ese niño le obedece por miedo, no por respeto. Los psicólogos Hartshorne y May llegaron a esa conclusión en su estudio y otros dos estudios posteriores también han descubierto que los niños que más mienten provienen de hogares en los que los padres también suelen mentir o animan a romper las normas. Hartshorne y May también descubrieron que los niños que mentían provenían de hogares en los que existía una menor supervisión paterna. Así que la mayoría de veces los padres son los causantes y ni siquiera lo saben. En otro estudio realizado donde se preguntó a los padres con qué asiduidad mentían sus hijos, el 4% de los chicos cuyos padres dijeron que sus hijos «siempre decían la verdad» fueron condenados después por robo. El 12% de chicos cuyos padres dijeron «de vez en cuando suelta alguna mentirijilla» fueron condenados por robo. Y el 36 % de los chicos cuyos padres dijeron «cuenta mentiras deliberadas con bastante frecuencia» fueron condenados por robo dentro de los quince años siguientes.

Algunos padres, leyendo esto, se preguntarán por qué su hijo miente y el del vecino no. Es decir, ¿qué distingue a esos niños que no mienten ni engañan de los que sí lo hacen? Para contestar a esta pregunta Ekman ha tenido en cuenta tres características del niño: la inteligencia, la inadaptación y la personalidad (además de influencias externas como padres, amigos y ambiente familiar). Los estudios han demostrado que los niños con coeficiente intelectual por debajo de la media mienten más que el resto. ¿Por qué? Pues porque el niño menos listo tiene que hacer trampas para estar a la misma altura que el resto. Imaginemos un exámen. Al “listo” no le hará falta copiar para sacar buena nota. Si el “tonto” quiere sacar la misma nota que el “listo” se verá obligado a copiar. Y si le añadimos un padre exigente y un entorno burlón tenemos un mentiroso crónico al que la vida lo puede llevar por derroteros muy equivocados. Pero también puede haber tramposos en pruebas atléticas, en manualidades, etc. El coeficiente intelectual puede ayudar a no hacer trampas en algunos casos pero el entrenamiento físico puede ayudar en otros. Así que lo correcto sería decir que los niños con talentos especiales —sea el que sea ese talento— tienen menos probabilidades de engañar cuando ese talento les puede llevar al éxito. Pero también el niño talentoso puede mentir. Ser inteligente puede llevar a la honradez, pero también a la compulsividad. La alta inteligencia de un niño puede llevarle a perfeccionar la mentira hasta extremos insospechados y por lo tanto a salirse con la suya siempre que quiera. El hecho de saberse conocedor de tal poder le puede convertir en un ser manipulador y egocéntrico. En este caso también pueden ayudar los progenitores. Si los padres también son manipuladores verán la característica de su hijo con orgullo y el niño seguirá manipulando a sus anchas. Por el contrario, si los padres de un niño manipulador son ingenuos, esto provoca que el niño no sea cazado en sus mentiras y obtenga así todo lo que quiera con un mínimo esfuerzo y sin consecuencias. Ya sean inteligentes o no, lo que sí esta demostrado es que el 65% de los niños con desórdenes de conducta son mentirosos, por el 13% de otros con problemas de neurosis. En un estudio entre jóvenes americanos casi el 90% de los chicos inadaptados de dieciséis años, y casi el 70 por ciento de chicas de la misma edad, mienten y engañan. Como contraste, menos del 20 por ciento de chicos y chicas normales del mismo grupo de edad lo hacen.

Tipos de mentiras

Mentiras piadosas

Los niños no ven como mentira estas mentiras piadosas. Puede que la mentira sea la única manera de proteger a otra persona de un daño. Puede que la mentira sea la única manera de reclamar intimidad cuando otras personas nos invaden el territorio. Puede que la mentira esté motivada por la lealtad, y a veces el conservar esa lealtad es más importante que cualquier impulso de decir la verdad. Las mentiras que se cuentan porque el receptor de la mentira supuestamente quiere ser engañado a veces tampoco son graves ni perjudiciales. Existen situaciones, por supuesto, en que el mentiroso puede preferir pensar que el otro quiere ser engañado cuando ése no es precisamente el caso. Cuando el mentiroso piensa que la mentira no hará daño a nadie, ni siquiera a la persona a quien va dirigida, la culpabilidad está relativamente ausente. También la culpa está ausente cuando les dicen que mientan. Por lo tanto, mentir cuando le preguntan si le gusta el vestido que lleva puesto o su juguete favorito para no dañar la autoestima del otro no está mal visto ni por niños ni por adultos. Pero la polémica está servida porque sigue siendo mentir aunque sea para no dañar al que pregunta.

Omisión u ocultación

Esconder no resulta más justificable, moral ni correcto que falsificar. Simplemente son técnicas diferentes de mentir. Todo el mundo, niño o adulto, prefiere encubrir la verdad antes que decir algo falso. Es más fácil. El ocultador no tiene que recordar ni defender una línea falsa. Y el esconder no parece tan malo. Parece peor, tanto para el que miente como para aquel a quien se miente, ser víctima de una aseveración falsa («¡Me mentiste en mi propia cara!») que de una ocultación. Para falsificar hay que ir un paso más allá. Es más difícil volver atrás.Con la ocultación, el mentiroso puede pensar (o, una vez descubierto, sostener) que estaba a punto de confesar y que no hubiera mentido si se le hubiera preguntado directamente. Puede que eso incluso sea cierto.

La omisión está bien vista por los niños, para ellos no hablar es no mentir. Incluso mejor porque el que omite puede excusarse creyendo que ni su padre ni su madre quieren saberlo en realidad. Esa línea de defensa no aparece normalmente hasta la adolescencia; y no se acaba ahí. La asesora y columnista Ann Landers suele decir a su público adulto que no confiesen infidelidades pasadas, que dejen las cosas tal como están. Pero para el autor, omitir es sinónimo de mentir, ya que el actor sabe que ha hecho algo malo aunque no lo diga.

Hacer trampa

El hacer trampa es otro tipo de mentira con el que los niños están muy familiarizados. De hecho, cuando se preguntó a los niños que se entrevistaron para el estudio del libro si había algún otro tipo de mentira sobre el que no les hubiéramos interrogado, contestaban: «Hacer trampas». Las trampas son engaños que usan aquellos que saben que actuando bien, que cumpliendo las reglas no sacarán beneficio y mienten o engañan para conseguir el éxito. El niño debe saber que al hacer trampa se engaña únicamente a sí mismo y le falta al respeto a aquel que por esfuerzo es mejor que él.

Mentira deliberada

La mentira deliberada es la mentira en sí misma. Es la peor de todas las mentiras, ya que el actor usa su inteligencia para engañar a los demás buscando sólo su propio beneficio. Incluso hay un más que es el vivir de la mentira. Los mentirosos profesionales no dejan temas al azar, ni cabos sueltos. Preparan sus respuestas con antelación y memorizan una respuesta creíble para todas las preguntas que creen que su presa les podría plantear. Este detallado estudio puede llevar a que el mentiroso se crea sus propias mentiras y ser así aún más convincente en su engaño. Éstos son los más peligrosos, los que tienen menos escrúpulos y los que delinquen más.

Evitar la humillación y la vergüenza

Mentir para evitar la humillación es algo perdonable, incluso comprendido. El niño que dice que se ha mojado en la fuente porque no quiere reconocer que se ha hecho pipi encima nos da pena. La humillación para un niño ante sus iguales puede causar fuertes traumas emocionales y por ello es casi comprensible que mientan para no ser el “meón” de clase.

Acusar

Los niños sopesan a muy temprana edad si deben delatar a un amigo o no intentando descubrir el motivo del infractor, la extensión del daño, la reciprocidad y la lealtad, y también si algún inocente pudiera resultar afectado. Según los estudios, los niños defienden al niño bueno y acusan al niño malo aunque ambos hayan cometido la misma infracción si el infractor va a saber quién lo ha delatado. Si el chivatazo queda en secreto los niños delatan al infractor sea bueno o malo. Saben que chivarse es malo y por lo tanto evitan las acusaciones públicas. Pero en su interior saben que lo hecho por el otro está mal y si no hay consecuencias para ellos están dispuestos a delatar al infractor por su mal acto.

Presumir

El presumir o exagerar es otra de las mentiras más comunes tanto en niños como en adultos. El motivo es el mismo: aumentar la propia condición o categoría, aparecer ante los demás como más importante, glamouroso y estimulante. El relato exagerado suele ser más interesante y halagador que el que no se adorna. Alardean siempre ante quienes les creen.

Deseo de intimidad

El deseo de obtener o mantener la intimidad es otra razón frecuente por la cual mienten los niños. Ello es especialmente cierto en los niños de más edad. Algunos padres mienten a sus hijos por la misma razón. Cuando el niño oye un intercambio amoroso o una pelea a través de la puerta del dormitorio, los padres normalmente ocultan la verdad con un relato falso. «Ese ruido no fue nada, tu padre que tropezó.» «Nadie gemía, te lo debes haber imaginado.» «No estaba gritando, sólo le estaba contando a tu madre cómo uno le gritó al jefe.»

Abusos sexuales

Cuando un niño miente en temas sobre abuso sexual del padre, en muchas ocasiones es porque le ha lavado el cerebro una madre vengativa o enfermiza que proyecta sus propias fantasías inconscientes en el cónyuge. En estos casos, los detalles sobre las actividades sexuales se obtienen con mucha facilidad o incluso puede que el niño las ofrezca de manera espontánea. El niño muestra poca o ninguna emoción al describir los abusos y muchas veces utiliza terminología adulta.
Por otro lado, las auténticas víctimas de incesto son más bien reacios a contar detalles sobre los abusos.

Soluciones

Explíquele a su hijo cómo el mentir afecta a la confianza, y lo difícil que resulta convivir con alguien cuando no hay confianza. Asegúrese de que su hijo comprende que usted no va a aceptar las mentiras, y por qué. Involúcrese de manera más activa en la educación moral de su hijo. Ayude a su hijo a comprender que hay muchas cosas más por las que interesarse que tener poder sobre los demás. Hágale saber que no hay nada más importante que la confianza entre iguales. Frases como “si has hecho algo que sabes que yo desapruebo, no tengas miedo de decírmelo”, “recuérdame que no me enfade”, “puede que tengas que hacer algo para compensarlo, pero me sentiré muy orgulloso de ti por decirme la verdad”, “realmente no quiero escuchar más excusas sobre por qué no estás en casa a tu hora y lo cierto es que necesito saber cuándo vas a volver a casa porque me preocupa tu seguridad y necesito saber dónde estás” o “si no vas a llegar a casa a la hora, debes telefonear” son frases amables que ayudan a la sinceridad del menor porque les evita un enfado y un castigo. Lo más importante es recordar que no hay que responder con irritación, con un enojo nacido del hecho de sentirse dolido, traicionado o desafiado. Intente comprender por qué ha surgido la mentira, el motivo por el que se miente. En muchas ocasiones esa comprensión le permitirá hablar con su hijo de manera tal que el niño pueda ser sincero, y ello eliminará el motivo por el cual el niño miente. Recordemos que los niños mienten sobretodo por temor a la ira paterna y al consiguiente castigo. Si el padre no se enfada y suaviza el castigo al hijo por decirle la verdad posiblemente la próxima vez sea más sincero con él. También el padre debe intentar poner a su hijo en la piel de su víctima. Un niño al que repetidamente le hablan del efecto que su mala conducta tiene sobre los demás tiene más posibilidades de interiorizar la lección y de no volver a caer en ese tipo de conducta. El niño que es castigado físicamente por su comportamiento o a quien se retira el cariño tiene menos posibilidades de aprender la lección y por lo tanto mentirá para que ese cariño anhelado no se le retire.

Para muchas mentiras los padres deberían tener dos castigos, uno por la ofensa y otro por la mentira que quería encubrirla. El culpable debería comprender que se trata de dos castigos diferentes, por dos faltas diferentes. El castigo por mentir debería reflejar las consecuencias de la ruptura de confianza. Un acto terrible, una mentira desesperada para ocultarlo, necesita ser castigado pero también perdonado.

Conclusiones

Está estudiado que el niño que miente asiduamente tiene más posibilidades de tener problemas con la justicia que el que dice la verdad. De los niños que mienten también se dice que toman alcohol o drogas, frecuentan malas compañías y pertenecen a pandillas, son testarudos, provocan incendios y echan la culpa a los demás. Por definición, esos niños inadaptados no están teniendo éxito en sus vidas. Están rompiendo las normas impuestas por sus padres, la escuela y la sociedad y son descubiertos en sus transgresiones. Los niños que rompen reglas van a mentir si quieren evitar el castigo por sus transgresiones o si no pueden conseguir lo que quieren sin mentir. Todo ello simplemente sugiere que el mentir es una característica, no una causa, de la mala adaptación. La mentira reafirma el derecho del niño, su derecho a desafiarnos, su derecho a la intimidad, su derecho a decidir qué cosas va a contar y qué cosas no. La mentira genera desconfianza, traiciona la confianza. La mentira implica que no se tiene en cuenta a la persona a quien se miente. Puede llegar a ser casi imposible vivir con alguien que mienta con regularidad. Si usted no quiere vivir un infierno y quiere que su hijo sea feliz puede hacer dos cosas: hablar con él y darle ejemplo.

Extraído del libro Cómo detectar mentiras en los niños de Paul Ekman.