lunes, 3 de julio de 2017

La verdad nos hará libres

Alguien dijo, no sé quién (podría buscarlo en Google pero tampoco viene al caso), que la verdad nos hará libres. Es una frase de esas que te hacen asentir, que te convierten en un admirador en cubierto del filósofo en cuestión. ¡Qué gran verdad!, opinas nada más leerla. Pues bien, como sucede cada 7 de enero con las buenas acciones navideñas, una vez leída y admirada, la frase pierde todo su valor y nosotros volvemos a ser los mismos mentirosos que éramos antes de leerla. Pocos gilipollas, no seré yo quién los señale (incluyéndome a mí mismo), se la han creído y la han aplicado llevándose mil palos por actuar de buena fe. ¿Quién no ha dicho alguna vez que a él le gustan las personas sinceras? Pues para empezar esa persona ya está mintiendo. Sería más sincero decir que le gustan las personas sinceras siempre y cuando no sea usada en su contra, como las declaraciones a la policía. Sí, es así, nos gustan las personas hipócritas, que es un adjetivo muy distinto al de sincero. ¿Le gusta al feo oír de terceros (posiblemente más feos que él, por lo menos en alma) lo feo que es? ¿Le gusta a su pareja oír que el vestido nuevo que se ha comprado en rebajas con toda la ilusión del mundo le queda como el culo? No, rotundo no. Y si acaso le agradece su sinceridad, prepárense para estar un mes a pan y agua y su pareja de morros. A nadie le gusta que le recuerden sus miserias por muy verdaderas y realistas que sean. Eso sí, cuando hablamos con otros nos gusta la gente sincera y encima se enorgullecen de ser unas personas seguras de sí mismas. Segunda mentira. Las personas seguras de sí mismas no proclaman a los cuatro vientos que lo son porque lo son realmente. Ni somos sinceros ni estamos seguros de nuestra manera de ser. Es más, yo diría que cara la galería nos queremos pero en la intimidad nos odiamos y envidiamos al vecino sin hacer nada para ser mejor que él. Somos una sociedad débil, insegura, acomplejada y con muchos déficits de atención. No queremos sinceridad, queremos que nos regalen los oídos porque si no es así nos deprimimos, nos entran ataques de ansiedad o nos tiramos al metro (que ya va siendo hora de que alguien les diga a estos suicidas gilipollas que con veinte pastillas y una botella de vodka mueres durmiendo y no jodes a nadie). En nuestra infinita estupidez nos creemos perfectos y pobre de aquel que nos recuerde lo contrario porque le hacemos cruz y raya. Un/a amigo/a menos. Automáticamente al sincero lo tachamos de mentiroso (manda huevos, como diría otro mentiroso de aúpa) y al hipócrita lo ponemos de ejemplo al resto. Nos creemos antes al cobarde que nos halaga, aunque luego vaya echando pestes de nosotros a nuestra espalda, que al valiente que dice lo que piensa a la cara sin escudarse en una falsa sonrisa y demostrando su amor incondicional a nosotros, los gilipollas. Halagamos al débil por serlo, defendemos al conflictivo para evitar el conflicto con él, damos la razón a quien no la tiene y a quién critica a otros para que no haga lo mismo con nosotros sin saber que lo hace. No ponemos verdes a los demás para que no nos pongan verdes a nosotros aunque lo hagan igualmente. Nos interesa creernos las mentiras que nos dicen para vivir tranquilos, felices y seguros de nosotros mismos. Nos tragamos frases como “no es fea, es simpática”, “no es tonto, es vago o distraído”, “no viste hortera, es su estilo personal”, “no es anorexia, son nervios”, etc. MENTIRA, TODO MENTIRA. La televisión miente para no perder audiencia, los políticos mienten para no perder votos, los profesores mienten para no perder su trabajo, los bancos mienten para no perder clientes y nosotros mentimos para no perder “amigos”. Mentimos porque tememos ser la oveja negra o el patito feo de nuestro entorno. Mentimos a nuestros padres para que no nos castiguen y mentimos a nuestros hijos para no perder su cariño. Mentimos a nuestra pareja para no perder su amor, a nuestro médico, abogado, jefe, al juez y hasta a nosotros mismos. ¿Y criticar? Criticamos a todo quisqui porque nos creemos perfectos, eso sí, siempre a sus espaldas no vaya a ser que se enfaden con un ser tan bueno, compasivo, sincero, bondadoso y seguro de sí mismo como somos. Pero lo peor es la hipocresía con la que vivimos el critiqueo. Criticamos al idiota por serlo, pero si nos invita a cenar acudimos a la cita no sea caso que crea que yo creo que es un idiota. Criticamos al que no tiene gracia después de reírle las gracias, o criticamos el inglés de Rajoy, después de votarlo, aun sin saber nosotros decir en anglosajón del uno al diez.
La verdad no nos hace libres, al contrario, nos hace presos de nuestros miedos. La verdad nos arrincona en un cuarto oscuro del que nos es imposible salir porque nadie nos ayuda, ni nos comprende. La verdad nos convierte en seres solitarios, e incluso en cadáveres dependiendo de a quién molestemos. ¿Si les pregunto cómo prefieren vivir, cómo Snowden o cómo Trump a quién escogerían? La gente sincera y con valores, como Snowden, vive sola o está muerta. Siempre perseguidos por aquellos a los que molestan, seres vengativos que por no saber encajar una crítica ponen de su parte a los que son como ellos, la mayoría, para apartar de la sociedad al sincero diablo. Quedan pocos valientes y menos que quedarán cuando sean conscientes de que el rey de la selva vive enjaulado para que la hiena ocupe su lugar. La frase que sí creo yo verdadera es aquella que dice que el que bien te quiere te hará llorar. Y ahora seguro que está pensando qué gran verdad ha dicho este gilipollas. Buenas noches.