martes, 9 de diciembre de 2014

Reflexión de noche: Amargados buitres

Quién no se ha preguntado alguna vez qué ha hecho uno para merecerse lo que le pasa. Yo sí. Me lo he preguntado a menudo. Y en el caso del que voy a hablar, me lo estoy preguntando en estos momentos. Y no, no tiene nada que ver con problemas económicos o de salud, hablo de algo que para mí es peor que eso, hablo de esos "amigos" vampiros que te chupan hasta la última gota de sangre que queda en tu cuerpo, aquellos que te sumen en una profunda desesperación, que intentan bajarte con ellos a su infierno. Hablo de esos perros de hortelano que ni comen ni dejan comer. Y sí, para mí es peor que otros problemas porque uno no escoge el Euribor que quiere pagar, o no puede evitar a un tarado que viene en contra dirección, o debe soportar a familiares impuestos. Para mí es peor porque a mis amigos los escojo yo, y en estos casos he errado en mi elección, y aunque somos humanos me da por culo equivocarme. Hablo de esa gente que no soportan ver que eres feliz, de esos capullos que dicen ser tus amigos y que cuando les cuentas emocionado que has encontrado el amor de tu vida en vez de un "me alegro por ti, ojalá te vaya bien", te sueltan un "no va a funcionar, no es para ti" y se quedan tan anchos mientras uno se queda de pasta de boniato pensando qué cojones le pasa a este. Hablo de esas personas egoístas y egocéntricas, de esas garrapatas que intentan hacerte la vida imposible creyendo que actuando así dejarás tu felicidad a un lado para que ellas vuelvan a ser tu foco de atención. Hablo de esos "amigos" envidiosos y mal follados que desean que todo vuelva a ser como antes, de esos cerdos que se alegran de tus desgracias, de esos que te dan la espalda porque no les has hecho caso al tomar sus imparciales consejos. Aquí una advertencia. Si tu vida es triste y aburrida es problema tuyo, tú la has escogido, no hagas pagar a los demás tus desgracias. Cuando me ha venido un amigo y me ha comentado un problema lo último que he pensado ha sido en alegrarme, y cuando me han dado una buena noticia lo único que he pensado ha sido que ojalá le vaya bien porque se lo merece. Está claro que no todo el mundo es como yo, pero hay que ser hijoputa para desearle a un amigo que sea infeliz. Esta gentuza me da asco. A decir verdad me dan asco todos aquellos que se creen el centro del universo, que creen que sin ellos soplando tus velas vas a ir seguro a la deriva. No hay nadie imprescindible, esto lo aprendí hace muchos años, algún día os daréis cuenta. Esos desgraciados que no saben hacer otra cosa que tocar los cojones cuando tú, su amigo del alma, ese idiota que se ha preocupado por ellos en los malos momentos y se ha alegrado con sus alegrías, estás en uno de los momentos más bonitos de tu vida, en los que quieres que tu nueva pareja comparta contigo y con ellos esos alegres momentos que tú tanto relatas y te das una y otra vez contra un muro de hipocresía. Sí, por desgracia todos, o la mayoría, tenemos a nuestro alrededor vampiros sociales, y algunos tienen más de uno. Hay que ser cabrón. Todos, seguro, que conocemos a alguien así, alguien que nos jura amistad hasta que ve peligrar su privilegiado status. Son amigos nuestros mientras vaya todo como ellos lo han planeado, y si el tren descarrila te vuelven la espalda en el mejor de los casos o te putean hasta que dices basta. Está claro que uno se lo niega al principio, él no es así, te dices, está pasando por un mal momento en su vida privada y aún tiene que asimilar mi buena noticia. Y una mierda. Su momento malo perdurará por los siglos de los siglos porque alguien tan malo no puede tener una vida tranquila y feliz. La envidia es el deporte nacional de este país y los cementerios están llenos de Judas Iscariotes. No quiero perder tampoco la ocasión de criticar aquí a otra especie de amigos, no tan malos como los anteriores pero sí más irrespetuosos. Son es@s amig@s que están a tu lado por el simple hecho de pegarte un polvo para saciar su curiosidad. No están enamorad@s de ti, ni lo estarán jamás, simplemente eres un trofeo en sus vitrinas. Gente egoísta y caprichosa que no les importa que tengas pareja para estar ahí y hacerte suy@s en el momento más inoportuno, cuando tienes las defensas bajas. Éstos me recuerdan a aquellos soldados rusos que cercados en Stalingrado, helados de frío, ni siquiera esperaban a que sus compatriotas muriesen para rajarles el vientre y así comer su hígado aún caliente. Sí señores, y de esta calaña hemos escuchado numerosas veces que son nuestros amigos. Seguro que en Stalingrado alguno también oyó eso de "yo estaré ahí hasta la muerte, para lo que necesites", aunque les faltó decir que "más te vale que no pase yo hambre ni frío porque entonces estás jodido". Es increíble como se te devuelven en ocasiones los favores hechos o los momentos en los que te convertiste en su almohada. Conozco de primera mano lo que me digo, lo he vivido, lo vivo y supongo (aunque no quiero creerlo) que lo seguiré viviendo. Y no, no lo entiendo porque yo no soy así, porque a mí, cuando me han dicho "no" no lo he interpretado como un "mañana puede". No es no, siempre. No me soluciona nada que sigas ahí si de mí sólo quieres que te escuche, que te comprenda o te folle. No, la gente así no la quiero a mi lado. Y duele comprobar que a pesar de tu experiencia y tus conocimientos tus "amigos" vampiros siguen rodeándote como buitres para alimentarse de tu carne. Lo peor de todo es que hasta que no notas el primer picotazo para comprobar que ya no puedes defenderte, no te das cuenta de que el simpático gorrión se ha convertido en una despiadada ave carroñera. Pues que les aproveche. Yo seguiré siendo como soy y actuaré con mis amigos como lo he hecho hasta ahora, no soy adivino. Sólo espero que mis amigos me comprendan el por qué de estas palabras.

martes, 2 de diciembre de 2014

Reflexión de noche: macho alfa

Me produce cierta gracia cuando alguien, ya sea amigo o conocido, te dice eso de "tío fóllatela". Yo siempre he respondido que no depende de mí solamente, que ella también tiene que querer, que no soy Brad Pitt. Que aquí la peña se cree que haces chas y aparecen a tu lado. Me hace gracia porque de boquilla, nos hinchamos a follar pero la realidad es un poco distinta. También me hace gracia ese orgullo que sacamos los machos, los reyes de la selva. De desear a hacer hay un abismo. Pero sí, me hace gracia como presumimos de nuestras conquistas y si no es así, si no conquistamos, soltamos el tan ridículo "porque yo no quiero" y nos quedamos tan anchos, como si fuese verdad. Y eso no se lo traga nadie. Vamos, ¡ni tú! Deseamos, ansiamos ser los leones de la sabana, ahí todo el día, tumbado al sol, lamiéndote las pelotas, esperando a que te traigan la comida a la boca y te pongan el culo en el hocico. Porque eso sí, ni el puto rey de la selva es capaz de decidir cuando folla, son ellas las que deciden cuando y con quién hasta en las hormigas. Soltamos la típica frase de "yo a esa me la follaría", memorizamos sus tetas y su culo, pensamos en cómo la follaríamos, estoy seguro que por detrás la mayoría, soltamos un suspiro y si con suerte estás en casa por lo menos la paja te la llevas. Que asco de genética, ¡por dios! Siglos de castración mental católica nos han hecho esto, que no follemos. Y no me extraña, porque en la edad media si te la jugabas podías acabar casado con la desgraciada del pueblo y tres churumbeles. Y para toda la vida. Aquellos sí que eran buenos tiempos para la prostitución, ahora la de las seis de la mañana sólo te echa un polvo y desaparece. Se acabó el negocio, sus santidades. Ahora el infierno no se lo cree ni cristo. Ya no nos chupamos el dedo, tenemos Wikipedia. Y a ver si tienes cojones a superar espiritualmente el orgasmo que se tiene cuando te corres en su boca. ¡Ala! Supéralo, listillo. El rey de la selva no está para poner la otra mejilla. Sólo está para follar. Buenos tiempos son estos, caigo ahora en la cuenta. No hay tabús, ni sábanas agujereadas de por medio. Antes podías morirte sin ver una tía desnuda, ahora lo imposible es morirte sin ver ni una. Volvemos a ceder al lado opuesto, al oscuro, al negro, diría yo. Pasamos de no follar para evitarse un quinto hijo a follar sin preocuparnos por ello. Hay que buscar un punto intermedio. Algo que nos permita pensar en otra cosa, que nos nuble la razón, que nos libre de no pensar en el escote de la secretaria hasta que lleguemos a casa. Un punto intermedio en el que no asociemos ninguna fruta al pecho de una mujer. Vamos muy salidos. Es el pez que se muerde la cola, no follo voy salido, voy salido no follo. Tenemos plena libertad en follar lo que no está escrito y el rey no tiene otra opción que lamerse las pelotas. Por esa regla de tres, a más represión, más folleteo. Eso podría desmontar mi teoría de represión católica, poco folleteo. Pero no debemos olvidar a las prostitutas medievales. Eran ellas las que ganaban o perdían batallas. Pero no hablo de prostitución, es muy lícita y sinceramente creo que hacen mucho por aquellos que tienen cualquier tipo de problema sexual o están faltos de cariño. Hacen una buena obra social. No, no hablo de eso, hablo de cubatas, no de black cards. De follar "sin pagar" (no vamos ahora a negar que una cena nos cuesta mínimo), y en eso el hombre mueve una casilla y cuenta veinte. Internet da al hombre esa clase de intimidad que permite vacilar a los colegas.
-Ayer follé.
-¿Con quién?
-Una que conocí en Internet.
Desmonta objetivamente ese argumento, es imposible. Hoy día es cierto que la red te da esa oportunidad. Pero ni con esas. Y si los solteros no follan, menos los casados. Pero hay una cosa que me hace dudar, muchas mujeres cuentan abiertamente la asiduidad con que hacen el amor. ¿Significa eso que el macho alfa folla y no lo cuenta? Nooooo. No me lo creo. Si follamos tenemos que contarlo, así que sólo hay dos opciones: o sólo conozco hombres que no follan (que son unos pocos bastantes) o hay por ahí una especie de camaleón-mariposa sexual. Vamos, que yo siempre digo que hay aquí tres cabrones que se están poniendo las botas. Pero tampoco habla mucho a su favor, porque pocas van bien folladas. Y supongo que eso es porque de tanto lamerse el cimbrel, éste se ha ablandado. Resumen de la reflexión: me rio de los "fantasmas", ruina de la Iglesia, follamos poco y mal. No ha sido una reflexión muy optimista, que digamos
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martes, 18 de noviembre de 2014

Mil maneras de amar: ansioso de ti

-Escúchame por favor. No he querido decir eso. No te enfades. ¿Quieres saber qué me gusta de ti? Está bien, te seré sincero. Además de por tu carácter y por tu físico, eso ya lo sabes, hay una razón más para amarte como te amo. Cuando nos ven juntos, paseando cogidos de la mano por la calle, los tíos se preguntan: qué tendrá el pringao este para llevar de su brazo (y si es observador verá que encima sonríes) a una pedazo de mujer así. Eso me gusta, ser envidiado por tener enamorada a una mujer de bandera, a una mujer como tú. El hombre es competidor por naturaleza, eso también lo sabes. Intentamos tener mejor coche que el vecino y mejor mujer también. Algunos ganan, otros pierden. O como digo yo, unos venden, otros compran. En este sentido, y por favor, no me malinterpretes, yo he ganado, soy vendedor. Y tú eres mi premio, mi copa, mi medalla de oro. Te vuelvo a repetir, no me malinterpretes. A mí me enorgullece tener enamorada a una mujer como tú. Es un orgullo y un placer. Muy pocos han conseguido y muchos no conseguirán tenerte a su lado. Yo sí, y me hace feliz, muy feliz. Yo tengo lo que ellos desean. Y ¿por qué no? Tú seguro que has sentido lo mismo. Seguro que te ha gustado sentirte envidiada en algún momento. ¿Ha sido así?
-Sí
-Es una sensación única, ¿verdad?, como tenerte a mi lado. Eres mi inspiración y mi espiración. Lo eres todo. No hay más allá. Eres un ángel subido en lo más alto del podio. Idiotas los que te han dejado marchar y desgraciados los que no te tendrán jamás. Ahora, tú eres mía y yo soy tuyo, lo reconozco. A pesar de que te lo diga poco. Ya me conoces, prefiero demostrarlo. Pero que no lo diga no quiere decir que no lo sienta. Siento algo indescriptible. Es un honor estar a tu lado. Contigo es muy fácil hablar, me es increíblemente fácil hablar contigo, y ya sabes lo burro que soy hablando. Lo comprendes todo y encima das soluciones. ¿Tú sabes las noches que me ahorras de pensar? Muchas. Bueno, sólo quería decirte que te amo. Que me gustaste el primer día que te ví y sigo enamorado de ti tres años después. Sigo esperando con ansiedad tenerte a mi lado, sigo deseando verte a cada momento. No me canso de ti. Nadie más me comprende como tú lo haces. Cariño, yo te amo.
Se hizo el silencio. Al minuto, se oyeron sollozos al otro lado de la puerta.
-¡Lo ves, cabron! ¿Ves qué me haces? ¿Cómo no te voy a amar con semejante pico?

Reflexión

Me acuesto pensando en la suerte que tengo de tener amigos como los que tengo. Es verdad. Para mí es imposible recordar una solitaria adolescencia. Siempre estábais ahí. Debo decir que mis amigos son amigos desde la más tierna infancia. Con una mirada nos lo decimos todo. Nos conocemos a la perfección, sabemos qué nos hace reír y lo que nos hace llorar. Yo pondría la mano en el fuego por todos ellos (en según qué cosas claro, que nos conocemos). Son amigos de verdad, amigos que no huyen de mis desgracias, que a su vez también son como las suyas. Y eran. Sabíamos divertirnos, eso sí. Debo decir también que muchas anécdotas se las debo a Moror, mi pueblo. Tengo tantos buenos momentos... Pero también he disfrutado de la desmadrada ciudad. He tenido noches igual de divertidas, viendo las lágrimas de San Lorenzo  como llevándome calabazas en la discoteca. El tener ambas cosas me ha enriquecido como persona. Sé disfrutar de una hoguera y de las luces de neón. Y eso ha sido, es y será (no os librareis de mí tan fácilmente) toda la vida.
Bien es cierto que algunas veces transgredimos lo legal. No hemos sido unos santos tampoco. Y ahora somos padres, unos padres estupendos. Y nuestros hijos se crían juntos, se quieren. Pero lo más importante es que nosotros queremos que se críen juntos.
Mis amigos me han dado momentos que guardo en un baúl para que el alzheimer no los encuentre. He tenido mucha suerte de teneros. No me arriepento de ningún momento pasado con vosotros, bueno sí, el de las putadas a unos cuantos. Esos momentos los he metido en otro baúl y el alzheimer hace el resto. Me siento orgulloso cuando digo a la gente que mis amigos son amigos de toda la vida. Han sido amigos y unos hijos de puta en las borracheras, pacientes en los fracasos amorosos, y prudentes en los consejos. En los consejos también, porque aunque uno acabase haciendo lo que le diese la real gana y se diese de morros él solito, gustaba oír "no lo hagas". Eso significaba que alguien se preocupaba por tí, alguien que era como tú y había pasado o estaba pasando por lo mismo. Hablar siempre fue un acierto y un placer. Si me pongo a pensar estoy seguro que saco una conversación profunda a solas con cada uno de vosotros. Gusta que se preocupen por uno. Eso era y es lo importante, que nos preocupábamos los unos por los otros, y lo seguimos haciendo.
A todos vosotros, que tantos años me habéis aguantado. A vosotros, a los que he hecho reír y ríen conmigo y a los que he hecho llorar y siguen a mi lado, deciros que no cambiaría un ápice de lo que he vivido junto a vosotros y lo que he aprendido, que no es poco, lo llevo siempre conmigo. Pediros disculpas y daros las gracias, me considero muy muy afortunado de que sigáis..., sigamos siendo amigos.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Ensayo: ¿Qué es la ética?

El principio básico de la humanidad desde que tiene uso de razón, e incluso se podría decir que mucho antes de ser homínidos, es la búsqueda de la convivencia en paz y armonía con ella misma y con su entorno. Desde la aparición de la filosofía en la antigua Grecia, los filósofos han intentado, con mayor o menor acierto, dar respuesta al significado de todo aquello que nos rodea, ya sean sentimientos, objetos tangibles y no tan tangibles. La evolución del ser humano, qué somos, cómo somos y cómo hemos llegado hasta aquí fue, ha sido y está siendo la raiz principal de la Filosofía. Dentro del cómo somos, el estudio de la ética, de la moral humana, de sus valores, es uno de los debates más discutidos. La búsqueda del significado de qué es bueno, qué es malo y su relatividad ha ocupado a lo largo de los siglos páginas y páginas de tratados filosóficos sin que se haya llegado aún, a día de hoy, a ningún consenso.
La palabra éthos fue escogida por los filósofos griegos para definir lo que hoy conocemos como “parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre” (Real Academia Española de la Lengua). En este sentido, la ética no pretende decirnos cómo somos sino cómo debemos ser y cómo debemos actuar. Pero el relativismo introducido por Franz Boas a finales del siglo XIX ha complicado sobremanera la idea de bien y de mal, ética y moralmente hablando.
No hay duda que para que nuestras acciones sean éticas debemos conocer primero el sentido de ético, cumpliendo así la máxima socrática y platónica de que sólo por ignorancia se obra mal. También Aristóteles señaló que es la experiencia, adquirida a través de hábitos y costumbres, ya sean individuales o sociales, la que nos hace ser éticos, introduciendo una regla: la finalidad de nuestros buenos actos debe ser la felicidad. Pero esta finalidad da un carácter egoista al acto, que es rechazado por filósofos como Kant, que advierte que debe ser el acto en sí mismo el que sea ético, sin estar influenciado por sentimientos y sin obtener beneficio propio a cambio, ya que si es así dejaría de ser deber moral para convertirse en una obligación.
Considerado esto, creo sinceramente que en la sociedad actual el sentido de ética (socialmente hablando) está siendo absorvido por la individualidad y el egoísmo. El utilitarismo personal y la obligación mandan en nuestras vidas. Nadie hace nada por nada, es decir, el altruismo brilla por su ausencia. La misma experiencia que nos enseña a actuar bien, también nos puede enseñar a actuar mal y quedar impune nuestro mal acto. Incluso los buenos actos están influenciados por intereses, tanto económicos como sentimentales, ya sea en favor de uno mismo o de su propia comunidad.
Nuestros pensamientos no están acordes con nuestros actos. La sociedad contemporánea sí puede ser empática en pensamiento, pero no lo es de obra. Se ha olvidado ese sentido de grupo que llevó en su día a revoluciones como la francesa o la industrial porque nadie se fia ya de nadie. Sólo hace falta oir en televisión o leer en un periódico las opiniones de los entrevistados respecto a huelgas de conductores de autobuses o aperturas de narcosalas. El "mientras a mí no me afecte que hagan lo que quieran" queda patente en lo que se ha llamado recientemente como “sociedades NITBY” (no en mi patio). Por esto creo que la sociedad actual es egoísta y poco ética. No digo que no nos escandalicemos cuando conocemos el mal sufrido por otros, simplemente digo, generalizando, que la humanidad actual no actúa en beneficio ajeno sin obtener un beneficio propio a cambio.
A la carencia de actos éticos de la sociedad actual, la ética se complica aún más si cabe con la aparición del relativismo, una ética tan relativa como personas existen en la tierra. Hume parte de la base que si nuestro acto es aprobado por nuestros sentimientos entonces es bueno. Pero este emotivismo también es relativo. Mi sentimiento de justicia aprueba el castigo al ladrón, pero castigar no es un buen acto, ya que no debería hacer feliz  ni siquiera al que lo aplica. Kant formula el imperativo categórico: "obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal". Pero, ¿cómo puedes desear que se castigue al ladrón si tú eres el ladrón? Porque una cosa sí está clara en esta vida, jamás se puede saber qué será de uno en el futuro.

Como conclusión diré que la ética es relativista, una ética para cada individuo, para cada comunidad y para cada momento histórico. La búsqueda del significado del bien universal es algo utópico, ya que cada uno de nosotros creemos que cuando obramos, obramos bien, hagamos lo que hagamos. El ladrón roba para dar de comer a su familia, y por lo tanto para él está obrando bien porque está salvando vidas. Pero el dueño de la tienda no creo que piense igual. Únicamente la regla negativa de “no hagas aquello que no te gustaría que te hiciesen” es en mi opinión la actuación más ética que puede obrar el hombre. Aunque seguro que el relativismo tendría algo que decir al respecto. 

Mil maneras de amar: El juego del amor

-No estoy enamorado de ti
Se lo soltó así, de sopetón, mientras conducía para llevarla a casa, bajo la lluvia. Una frase acorde con el tiempo.
-¿Y? -respondió ella sin apartar la vista de la calzada.
Él la miró unos segundos, extrañado. No se esperaba aquella respuesta. Se esperaba todas la respuestas del mundo menos aquella. ¿Y? ¿Y? ¿Qué cojones significaba aquel "¿y?"? ¿Significaba que ella no lo amaba a él? ¿Que no le daba importancia al sentimiento que movía el mundo? ¿Que no le creía? ¿Qué quería decir? Aquel juego se le había vuelto en su contra. Esperaba haber visto en su rostro alguna señal que le dijese hacía dónde iban, si valía la pena dejarlo todo por ella. Pero nada más lejos de la realidad. Con un "yo tampoco a ti" la señal habría sido muy clara, aquella noche habría sido la última. Si ella se hubiese puesto a llorar habría sabido que ella sí lo amaba a él y sabría qué camino tomar. Pero su indiferencia lo había noqueado. Y ahora no sabía qué decir, sólo preguntar por aquel "¿y?".
-Sí - le dijo ella, fría como el acero -. ¿Y? ¿Qué problema hay? Yo tampoco estoy enamorada de ti.
¿Tampoco está enamorada de mi? No entendía nada. Sus hechos no coincidían con sus palabras. Ella hacía cosas que a él le daba a pensar que sí estaba loca por sus labios, por su cuerpo.
-Pero.... No te entiendo.
-¿Qué no entiendes? - le preguntó ella, esta vez mirándole a los ojos.
-No entiendo que me digas que me amas mientras follamos si no estás enamorada de mí. No entiendo que cruces la ciudad para verme sólo un par de horas. No entiendo que hayas dejado tu cómoda vida por mí. No lo entiendo.
-Dime, ¿qué es para ti estar enamorado?
Aquella pregunta le sorprendió. No sabía qué responder.
-Pues no sé, supongo que dejarlo todo por alguien. Yo quiero a mi lado a una mujer que lo dé todo por mí y yo por ella. Supongo que eso es amor. Recibir y dar.
-Pues eso, no estoy enamorada de ti. No lo voy a dejar todo por ti. No quiero dejar mi trabajo por ti, ni mis hijos, ni mis estudios, ni los domingos de cine. No pienso dejar nada por ti, y espero que tú no me lo pidas, porque si fuese así tendría la certeza de que eres tú quien no me ama a mí. ¿Crees que el amor es dedicación a una persona? ¿Que si cambiase mis momentos de soledad para pasarlos contigo te amaría más de lo que te amo? ¿Crees que pedirme que lo deje todo por ti significa que tú me amas más que yo a ti, que no soy capaz de pedirte que dejes nada por mí?
-¿No te sentirías alagada si yo me fuese a vivir a tu mismo edificio? ¿No demostraría mi amor por ti si te tratase como a una reina, si te hiciese la vida más fácil, si dijese que sí a todas tus peticiones? ¿Te demostraría mi amor si fuese tu geisha pero en hombre?
-No -respondió ella seria-. Serías un gilipollas, un calzonazos, un pagafantas, un hombre carente de carácter, inseguro, débil. No me gustan los hombres así. Si lo dejases todo por mí, yo te dejaría a ti.
 Nos empeñamos en ponerle nombre a cualquier relación. Que si amigos con derecho a roce, que si novios, que si marido y mujer... Eso son chorradas de culebrones, de películas de adolescentes. Para mí el amor es algo muy serio, es el altruismo expresado a la infinita potencia, y sinceramente, yo no moriría por ti, y espero que tú tampoco por mi. Es cierto que te digo que te amo mientras follamos, y no miento, pero esa maldita palabra salida de mi boca no significa lo que tú crees. O no lo sabes interpretar. ¿Prefieres que te diga que te quiero? Sabes que no me gusta esa palabra, significa posesión, y no quiero que seas mío, no quiero que dependas de mí. Llevamos juntos un año, creo que te conozco, sé cómo eres, y sigo contigo porque me gusta lo que veo. Estoy aquí, ahora, en este coche porque me siento feliz cuando estás a mi lado, porque eres un hombre inteligente, atento, cariñoso, sincero, responsable, y muy guapo. No sé si tú a todo eso le llamas amor. Por mi parte puedes llamarlo como quieras. Puedes llamarlo amor, cariño, amistad, atracción. Llámalo como te dé la gana. Yo sé lo que siento, y si me llamas mañana te cogeré el móvil, y si no me llamas pues esperaré. Y si me canso de esperar, te llamaré yo. Y si no me lo coges pues te enviaré un mensaje, y si no respondes dejaré de intentarlo. Y si quieres hablarlo, perfecto. Y si no quieres hablarme pues sabré que lo que yo siento por ti no es lo mismo que lo que tú sientes por mí, y con pena te diré adiós y seguiré con mi vida como lo he hecho siempre que me han dejado o yo he dejado. No, no me suicidaría por ti, hay que ser gilipollas para suicidarse por otra persona. Sí daría la vida, pero no me suicidaría. No te llevarás es gustazo -y ella le sonrió-.
>>Mira, yo no sé si estoy enamorada de ti o no. Soy feliz así. Ambos tenemos obligaciones, eso tenemos que respetarlo y entenderlo. Ambos llevamos vidas muy distintas, nos gustan cosas que al otro no le gustan. Pero respetarse, entenderse, hablarse, confesarse el uno al otro, eso sí creo que puede parecerse a lo que creo que tú llamas amor. Tú me respetas, me entiendes, me siento libre. ¿Sabes cuánto tiempo hacía que no me sentía encadenada a un hombre? Mucho. Y por eso, cada día que pasa me siento más unida a ti. Porque pasan los días y no me haces sentir que sea de tu propiedad. Soy consciente que el juego del amor es pasárselo bien con una persona hasta que te lo pasas bien con otra. No me bastan los "no estoy mal" o los "me tratan como a una reina", yo quiero ser feliz. Y a tu lado soy feliz. Y me gusta sentir mariposas en el estómago cada vez que te veo. Y cuando deje de sentirlas te lo haré saber. Esto es así. Así es el juego de "tu" amor.
Él la miró sorprendido y tras unos segundos sonrió.
-¿Lo ves? Por eso te amo -le dijo.

Novela cómica: García "bipolar" y Ramírez "mantequilla"

Presentación




Lo bello es siempre raro.
Lo que no es ligeramente deforme
presenta un aspecto inservible.

Charles Baudelaire

 Escritor, poeta y crítico francés.

Junio, año 2896

García

Yo era una persona normal y corriente, si por normal se entiende el trabajar nueve horas sin ver la luz del sol, llegar a casa ya habiendo oscurecido, ducharse, preparar la cena, limpiar lo ensuciado, hacer una lavadora, planchar la ropa del día siguiente, descansar fumando un Marlborito lait (cinco minutos, que no se diga) y acostarse para levantarse uno con fuerzas para poder soportar los distintos olores ferroviarios, obedecer al jefe, ignorar al compañero pelota, no babear al ver el generoso escote y el cinturón ancho que luce como minifalda la secretaria, no intoxicarte con la nauseabunda ensaladilla rusa del bar Pepe Botella, intentar moverte poco para no lucir enormes ronchas de sudor en las axilas y volver a casa de noche para repetir los mismos actos hasta la infinidad. Sí, me consideraba alguien normal, como su primo, su vecino, el del estanco o usted mismo, si no es ser un tipo raro comprar y leer un libro con semejante título.
Quiero exponer brevemente una excusa para mi usual y monótona vida. ¿Se imaginan la respuesta de Yeims Bon si se le preguntase cómo es su vida?
-¿Mi vida? Buf, ¡aburridísima! Todo el día viajando, matando a gente que ni siquiera conozco, esquivando balazos y acostándome siempre con impresionantes rubias cuya única preocupación es no despeinarse en el descapotable y vacilar a sus amigas de haberse acostado con un espía, aunque éste sea gordo, bajito, maloliente y eyaculador precoz. ¡Ay lo que daría por tener un trabajo de oficinista!
-¡Te lo cambio! -diría yo-, bueno, siempre y cuando pueda cepillarme dos rubias de esas antes de esquivar la primera y última bala.
Con esto quiero decir que el ser humano es egoísta, envidioso e inconformista desde que uno nada tranquilamente con diez millones de colegas en los huevos de su padre. Pero me desvío del tema principal, disculpe. Sigamos pues. Decía que me  consideraba, y me sigo considerando, un tipo normal. Soy barcelonés de tercera generación, paso de los cuarenta y hasta hace poco trabajaba en el departamento audiovisual de una gran empresa de publicidad y cuyo nombre no diré por no dar propaganda gratuita a semejantes hijos de puta desagradecidos. ¿Mi físico? Parecido a Yorch Cluni o a Dani Devito, lo dejo a la imaginación del lector, ya que es algo irrelevante para esta historia. Estoy divorciado de una fantástica mujer durante tres meses y una víbora promiscua el resto de su vida, que no fue mucho. Creo sinceramente que es por ella que hoy día estoy donde estoy. Me explicaré.
Me casé enamorado de mi ex. La conocí por casualidad, en un bar del centro de la ciudad tomando un jarabe de pomelo y martirizándome por mi monótona y solitaria vida. La verdad es que fue ella la que se me acercó, me preguntó cómo me llamaba y me invitó a una copa, pagando yo, por supuesto. La iniciativa demostrada por aquella mujer tendría que haberme extrañado, pero dadas mis tristes circunstancias me agarré a un clavo ardiendo. Y vaya si me quemé. A los tres meses me pidió matrimonio, poniéndose de rodillas y entregándome un anillo tan barato que al poco tiempo pasó del color dorado al color verde amusgado. La pedida me impresionó tanto que con lágrimas en los ojos le dije que sí sin pensármelo dos veces. Hágame caso, piense antes de actuar o de lo contrario puede verse metido en tal marrón que ni el mejor abogado del Estado podrá salvarle dignamente. Y se lo digo como un gran experimentado en marrones.
Como yo trabajaba y ella no, los preparativos de la boda quedaron a su cargo. La ceremonia fue de sueño, porque sueño fue lo que pasé para poderla pagar, trabajando durante un año en una gasolinera de la Zona Franca como expendedor en el turno de noche, además de mi trabajo real con horario de oficinista. Ni un jeque árabe habría tenido la boda que yo tuve. No sé cómo se lo hizo (bueno, ahora si lo sé) pero convenció al obispo de Barcelona para que nos casase en la Sagrada Familia. Alquiló una limosina Jamer para nuestros desplazamientos y tres autocares para los 67 invitados por las dos partes. No, los autocares no eran minis. Su explicación fue que deseaba la comodidad de sus familiares tras un largo viaje. Y lo entendí cuando recogí en el aeropuerto a la orca Ulises, su esposa Moby Dick y un séquito de treinta leones marinos, morsas y focas rayadas vestidos todos con pantalones de pana, ponchos mugrientos, gorritos de lana y más borrachos que Boris Llelsin en una barra libre de vodka. ¡Joder! Casi me da un patatús al ver a la familia Carpanta atravesar la puerta de "Llegadas". Suerte que al siguiente día de la boda regresarían a su casa con la excusa de no disponer de camas para todos ellos en nuestro humilde piso del barrio de Risa. María, mi ex, intentó, supongo que por los mismos medios que había conseguido casarnos en el visitado templo barcelonés, que acogiesen a su familia en el Palacio de Piedrabés durante unos días y a un módico precio, pero el secretario de Su Majestad el Rey, al que ni con cincuenta vidas podría pagarle aquel favor, respondió que el palacio no disponía de cuadras suficientes para albergar a tan opulentos ejemplares y que preguntase en el zoo, que por sus contactos se había enterado que habían trasladado a una familia de delfín y cuarenta pingüinos a Lepe, cuyo acuario estaba en pleno auge. Gracias a su negativa, al vuelo cerrado y la aparición asidua de un jovencísimo mozo de cuadra por casa por un caso de prostitución no remunerada que afectaba a mi amada María, la piara multicolor pasó únicamente una semana en nuestro humilde hogar. El banquete no fue menos. Reservó una sala en el Buyi y solicitó se sirviese un menú típico catalán: de primero fabada asturiana y de segundo filetes argentinos. De postre, eso sí, crema catalana servida en barreño. Y como el que paga manda, se hizo como dijo mi ex mujer. Así me encuentro a los treinta años, casado con una mujer que posee un pozo sin fondo en cada mano y otro entre las piernas, cuarenta "kilos" en cada hombro, el piso y la boda, y un futuro muy prometedor como moroso de "La Caisha".
Al mes de casarnos tenía yo un run run en la boca del estómago que me advertía de algo, aunque yo no me imaginaba qué podía ser, ya que mi zalamera ex esposa me juraba amor eterno cada noche, eso sí, sin tocarme un pelo, ni de arriba ni de abajo. A los pocos días me abandonó. Llegué a casa bien entrada la noche y me recibió una nota que decía: <<Amol, me boy ha vivir con el avojado que yeba nuestro diborsio. Me abría gustado desir esto ala cara pero Juan a aparcado en doble hila i no puede aguardar a que yeges. Siempre tulla. María>>. Después de leer la nota cien veces y comprobar que el armario empotrado donde guardaba su ropa estaba vacío, entendí que María me había dejado y recé a Toncruis que por lo menos hubiese tenido el detalle de no follarse al abogaducho ese en nuestro lecho. No tardaría mucho en comprobar lo inútil que era rezar, ya que cuando me senté en la cama para lamentarme de mi absurda vida noté cómo mi pantalón y la colcha estaban unidos por un chicle blando de menta. No era un chicle. Y tampoco sabía a menta. Gracias a Toncruise de algo sí estaba seguro: no estaba embarazada. Desde la noche de bodas no habíamos tenido contacto carnal alguno, ni siquiera un roce de manos, aunque con semejante elemento en casa no hubiese ofrecido mi mano derecha por mi pensamiento.
Roto de dolor, estirado en la aún húmeda cama, por el abandono de mi mujer me derrumbé, y aquel run run en la boca del estómago afloró en mí en forma de juramento: jamás, de ahora en adelante, nadie se reiría de mí ni me tomaría el pelo como habían hecho hasta aquel día. Y menos la desgraciada de mi ex mujer. Por cierto, mi apellido es García, pero mis amigos me llaman "el bipolar".

Ramírez

Al contrario que mi colega, yo no me considero una persona normal, y en mi opinión, considerando el tiempo que hace que le conozco, él tampoco lo es. El hecho es que me sugirió acompañarlo en esta aventura literaria y no pude negarme, literalmente. Así que como él, comenzaré mi humilde parte de la historia explicando a qué me dedico y cómo conseguí mi puesto de trabajo.
Dada mi elocuencia y mi destreza novelística antes demostrada, creo que muchos de ustedes conocerán ya mi profesión. Sí, en efecto, soy policía, concretamente inspector de la comisaría situada en el distrito de Huerto-Guindaja. Aun siendo hijo del ministro de Justicia, comencé mi carrera desde abajo, dirigiendo el tráfico en la intersección de la calle Maño con Caminata de Risa, uno de los cruces más conflictivos de toda la ciudad. Mi rápido ascenso, un mes y ya era inspector, se debió sobre todo a mi intuición, a mi arte manual y mi relación con Toncruis. Vamos, que se me cayó el pito de la boca, hice un gesto de fastidio que algunos conductores entendieron como vía libre y se armó un follón de la pirula, teniendo la suerte que entre los ocupantes de los coches siniestrados se encontraba Gianni Fiorello, uno de los capos mafiosos más buscados por la Internacional Polici. Gracias a este afortunado incidente, y siendo España un país donde los inútiles escalan más rápido en la pirámide social que un mono trepa un árbol, me vi, en poco tiempo, vistiendo de paisano, con mi pistola al cinto y la placa inmaculada en el bolsillo de la chaqueta.
Mi vida social es menos prometedora que mi profesión. Mi físico me ha obligado a vivir más solo que un león entre pingüinos. Mi cabello es naranja como una zanahoria, mi nariz tan grande y puntiaguda que incluso las águilas me acurrucan pensando que soy un pariente cercano, la piñata es una anarquía dental, cada diente por su lado, y para más inri, mis manos no logran mantener un objeto entre ellas más de cinco segundos. Por esto, en mi pequeño piso de 40 metros cuadrados no existe el vidrio o la cerámica, y la fregona está siempre preparada para solventar cualquier tipo de líquido caído de mis dedos. Vasos, platos, saleros, jaboneras, lámparas, etc., todo aquello que corra el riesgo de romperse es de plástico. No tengo televisor, ni espejos, ni lámparas de pie, ni mecheros, cerillas o cualquier cosa inflamable. Vivo cerca de mi hermano porque siempre pierdo las llaves de casa, pero desde que hace el turno de noche en los juzgados he dormido más veces en un cajero automático que días tiene el año. Como y ceno en bares por miedo a quemar la casa y mínimo cinco veces en una hora tengo que recoger el libro que esté leyendo del suelo. Mi única pasión, la lectura, es así porque es lo más inofensivo que he encontrado, harto de las broncas de mis vecinos de abajo por el ruido de las piezas de ajedrez al caerse.
Pero no todo son inconvenientes. Toncruis, sí, soy creyente, como para no serlo con semejante "don", ha querido que mi inefectividad manual se vea compensada por una suerte extrema, que tenga el trabajo que tengo y esté hoy aquí, escribiendo para usted y agachándome continuamente a recoger el bolígrafo. No, tampoco tengo ordenador. Ya ha podido leer el motivo de mi ascenso (y si no lo ha hecho déjeme decirle que se ha saltado una página), pero eso ha sido una gota de leche en el pastel de mi vida. Gracias a mis epilépticos dedos he salvado la vida en numerosas ocasiones, aunque sólo le pondré dos ejemplos para que se haga una idea. El primer día que dormí en esta casa fue de locos. Me moría de ganas de cenar un bocadillo de pimientos de padrón con chorizo, mi favorito, en mi nueva vajilla de Porquelanasa. Cuando fui a coger un plato, la estantería cedió y las 42 piezas de porcelana hindú (que compré, iluso de mí, pensando que mi casa se vería noche tras noche repleta de invitados) cayeron al suelo causando tal estruendo que el eterno vecino de abajo, más asustadizo que un ratón en una jaula llena de pitones, llamó a la policía, de la cual mi hermano y yo no formábamos parte aún ya que mi padre no se había beneficiado todavía a la mujer del alcalde. Esté tranquilo, todo el mundo sabe cómo llegó mi padre a ministro y el alcalde todavía no ha aprendido a leer. Como escribía, la policía llegó al edificio pero no llamó a mi puerta sino a la puerta de al lado, donde cuatro integristas manipulaban una bomba con la que pretendían volar el edificio entero. Poco después supe que el nieto del presidente americano se alojaba en el ático como estudiante de intercambio.
La segunda vez que salvé la vida sucedió estando yo opositando. Acompañaba a mi padre, que en esos momentos era ya teniente alcalde de la ciudad, a la inauguración de la calle Daviz Gustalamente, octavo presidente del país en democracia, cuando un loco apareció de la nada vociferando palabras inentendibles en petranco con una pistola en la mano y disparando a discreción. Yo, que llevaba un auricular con el que oía todo lo que se decían los guardaespaldas de mi padre, gentileza de éste para que estuviese quietecito y no tocase nada, intentaba bajar el volumen del gualqui, porque me estaba quedando sordo con tanto grito, cuando se me cayó de las manos. Me agaché para recogerlo y justo en ese momento el guardaespaldas que se interponía entre mi padre y yo cayó redondo encima mío con un balazo entre ceja y ceja. Tras el primer disparo cundió el pánico, la gente empezó a correr en todas direcciones y yo, con un armario empotrado aplastándome las costillas, seguía con la vista el gualqui, chutado por la gente y deslizándose de un lado al otro de la plaza. Por suerte, al tercer disparo del chiflado un policía le acertó en el pecho, muriendo allí mismo y yo salvando la vida.
Así, mi primer caso llegó en mi primer día como inspector. Aparentemente era un caso sin importancia, un marroncito para aquellos que investigaban casos realmente importantes como la desaparición de una octogenaria tortuga gigante de Aldabra escapada del zoo o el seguimiento a la famosa actriz Sonia Rodríguez, a la que un loco seguía a cualquier acto al que acudiese intentando acercarse para hacerle ve tú a saber qué y llevándose tortitas por una cañería por ello. En cambio, a mí me destinaban a la zona alta para solventar el complicado primer caso de mi carrera como inspector. Por cierto, me llamo Ramírez, pero todos mis amigos me conocen como "el mantequilla".


Capítulo primero

Nacimiento




Lloramos al nacer porque venimos a este
 inmenso escenario de dementes.

William Shakespeare  
Escritor británico.




García

Aquel 15 de junio volvía al trabajo después de estar un mes entero de baja, encerrado en casa, saliendo únicamente para comprar tabaco, pan, atún, garbanzos de lata y mayonesa. Correcto, un mes entero en bata, estirado en el sofá de pana, sin afeitarme, sin ducharme y tirándome mil pedos por día por culpa de los garbanzos, un antojo, dedicados todos a mi ex mujer, de la que no había vuelto a saber nada desde el día de su marcha. El día sería largo. Debía ponerme al día con los miles de cedés que ocuparían mi mesa, visionar los anuncios grabados, montarlos y hacer que pareciesen un anuncio bueno para luego pasarlos a formato 80:30, listos ya para engañar a la gente mostrándolos en televisión. Pero lo más duro fue soportar los abrazos, las palmaditas en la espalda y los consejos de mierda de compañeros que un mes antes ni siquiera te daban los buenos días en la cafetería. Poyatos "el becario" fue el que se llevó la palma de oro a la hipocresía. Aunque llevaba más de treinta años en la empresa, su apodo le venía por su incompetencia. Treinta años en el mismo cargo y aún preguntaba a cualquiera que pasase por allí cómo se hacía lo que le habían mandado hacer. Lo último que quería aquel primer día de trabajo era hablar, y menos de amor. Incluso había cogido el coche para no encontrarme a nadie del barrio y responder a preguntas indiscretas de chafarderos que fingían preocuparse por mi estado. El "lárgate Poyatos que no quiero hablar" no le bastó para darse por aludido de su molestia hacia mi persona y durante una hora tuve que soportar consejos sobre el amor de un puto solterón de cincuenta y pico de años que la única mujer que había dormido en su cama era su madre senil, con la que vivía, cuando por las noches veía una película de miedo filmada en la primera era. El gilipollas de Poyatos me alteró de tal manera que a punto estuve de romperle un televisor de cincuenta pulgadas en su vacía cabeza. Salvo eso, la mañana marchó bien. Me volqué en mi trabajo y no pensé en nada hasta casi la hora de plegar, cuando recibí una llamada.
-García, dígame.
-Cariño, soy yo, María.
-Qué coño quieres.
-Mi amol, Juan quiere hablar contigo por el tema del divorcio. Como no hicimos separación de bienes, me ha dicho que me pertoca la mitad del piso. Quiere ver el contrato del piso y de la hipoteca.
-¿Me dejas tirado, más cornudo que un rinoceronte gris y después de un mes de no saber nada de ti me llamas para esta mierda? ¡Que te den María!
-Mi amol, no te enfades. He estado de viaje, siento no haberte llamado.
-¡Y una mierda lo sientes!
-Mi amol relájate. Estoy grabando esta conversación y si no quieres verte durmiendo bajo un puente te sugiero que acudas a la cita con mi abogado. ¿Entiendes?
La muy raposa sabía cómo jugar sus cartas, y lo peor es que tenía razón. Si no quería verme más jodido de lo que estaba debía respirar hondo y tranquilizarme. ¿¡Por qué diablos tuve que casarme con semejante arpía!?
-Muy bien. ¿Qué tengo que hacer?
-A las siete en el despacho de mi abogado, calle Antonio Campana, número 2, ático primera, en el barrio de Quieropajitas de San Cagat. Pórtate bien y todo será más fácil para los dos. Te quiero -y colgó.
¿Te quiero? ¿Te quiero? ¡Me deja con una mano delante y otra detrás y encima me dice que me quiere! ¡Será buf! Corrí al lavabo, me encerré, di un par de puñetazos en la pared, uno de ellos resbaló en los lustrosos azulejos blancos y me abrí la cabeza contra la pared, cayendo desmayado al suelo de tanto estrés acumulado en dos minutos de charla telefónica con María. Me desperté cuando oí aporrear la puerta a Poyatos.
-¡García! ¡García!, ¿estás bien?
-Sí, muy bien. He resbalado.
Me miré al espejo y unas gotas de sangre seca adornaban mi despejada frente. Me lavé con agua, miré el reloj y salí echando ostias de la agencia. Si no quería complicar más las cosas debía partir ya hacia Sant Cugat. ¡Joder, que golpe!
Llegué al despacho cinco minutos antes de la cita. El coche había volado. Una secretaria gorda y fea que me recordó a la secretaria de unos cómics muy famosos en la España de la Primera Era, Mortadela y Filomeno creo recordar, me hizo esperar silbando una horrenda canción que sonaba en el hilo musical.
-Don Juan está con otra visita. Acabará en seguida. ¿Quiere café?
¿Café? La actual pareja de mi ex, el cabrón que me puso los cuernos un mes después de mi boda, me va a joder la vida y esta imbécil me ofrece café. ¿Qué quiere?, ¿que salgamos los dos volando por la ventana como Bataman y Rodin? Tenía los nervios tan alterados que si los encerrasen todos juntos en un autobús de tres pisos éste recorrería Barcelona-Lugo en una hora y sin atajos. Sentía como el diablo se apoderaba de mí. Debía calmarme, por mi bien, pero la gota había colmado el vaso ya con Poyatos.
-¿Señor García? Pase, por favor.
Cálmate García, me repetía a mí mismo, este pobre desgraciado no tiene la culpa de que tu mujer sea Satán con tetas, muy bonitas por cierto. Cálmate García.
Don Juan era más feo que un calendario chino. Orejas separadas, pelo canoso e insuficiente para tapar su enorme cabeza, gafas de culo de botella, escuálido, bajito y mal hecho. Eso sí, el cabrón tenía una gran foto colgada en la pared en la que daba la mano al rey Froilán de todos los Santos III, sonriendo ambos. Al ver la foto supe de inmediato qué quería María de aquel hombre: conseguir alojar a su querida familia en el Palacio de Piedrabés. Sonreí imaginando el final que le esperaba a aquel pobre desgraciado.
-¿Le hace gracia?
-Disculpe, no tiene nada que ver con... Nada, me ha venido a la cabeza una anécdota que... Es igual. ¿Qué desea mi mujer de mí?
-Seré claro. La mitad de todo lo que posee.
-¿Dónde está?
-No vendrá. No quiere verle. Ya le ha hecho bastante daño, ¿no cree?
Aquello empezaba mal. Decidí no estampar el autobús de mis nervios por exceso de velocidad. Además, no me iba a creer dijese lo que le dijese. Conocía demasiado bien las tretas de mi ex y en ese momento el ingenuo abogado creería que María estaba loca por él.
-Mire, el piso está a mi nombre, el coche está a mi nombre y el apartamento de la playa es heredado. Si quiere algo hable con mi abogado.
-Bien. ¿Quién es su abogado?
-Cuando lo tenga se lo haré saber. Buenas tardes.
El portazo al cerrar hizo retumbar las hermosas paredes de madera del bufete de abogados Pi & Ruleta. Cuando llegué a la calle mi cabreo era tal que me lié a patadas con una rueda de mi coche hasta que me doblé el empeine. Entré cojeando al coche y arranqué para llegar lo antes posible a casa. Decidí ir por la carretera del Rebase, una de las pocas carreteras que entraban a Barcelona en las que no se pagaba peaje. Cierto que había muchas curvas pero en aquel momento no podía permitirme gastar ni cinco céntimos en un chupa-chupa. Debía contratar a un buen abogado si no quería acabar como el antiguo linaje de Ubrique, subastando mis calzoncillos para poder comer.
Conducía cagándome en la madre que parió a mi ex, en el abogado enclenque y en el arquitecto del Palacio de Piedrabés cuando un hijoputa me adelantó en una curva con un coche en sentido contrario acercándose rápidamente. Frené y me lancé hacia la cuneta para que los otros dos coches no chocaran de frente, llevándome el gran susto de mi vida y aboyando el lateral de mi querido Merche 248KJ negro por cuatro sitios. Pité al cabrón que había puesto en riesgo la vida del otro conductor y la mía y como respuesta obtuve el dedo corazón levantado sacado por la ventanilla. Se puede imaginar el lector la contención de rabia que tuve que soportar en aquel momento. Para un hombre que no soporta las injusticias, yo, y después del día que había llevado explotó dentro de mí una cólera causando más daños en mi interior que la bomba nuclear lanzada por Corea sobre Tokyo en la III Guerra Mundial.
-Se acabó -me dije.
Recordé mis palabras el día que me abandonó María: nadie volverá a reírse de mí jamás. A duras penas conseguí seguir al cabrón del ágil dedo hasta entrar en Barcelona, cuando un semáforo en rojo nos hizo parar, encontrándose entre él y yo un coche con dos personas en su interior. Estaba seguro de que no me había visto la cara desencajada que llevaba. Estaba dispuesto a todo para darle su merecido a aquel desgraciado. Decidí seguirle hasta que se parase y bajase del coche para decirle cuatro palabras bien dichas. Tuve suerte. No tuve que esperar mucho. Cuando el semáforo se puso en verde giró hacia la izquierda, entrando en una solitaria y pendiente calle al finalizar la carretera. Quinientos metros más abajo su coche se paró, se oyó el freno de mano y el conductor bajó del coche. Estacioné justo detrás de él, con el espacio suficiente para no tener que hacer maniobras al abandonar el lugar. Mientras bajaba del coche pensaba qué decirle. Sin saber por qué cogí uno de esos martillitos que llevan los autobuses para romper los cristales en caso de accidente, mismo motivo por el que lo guardaba yo en el hueco de la puerta del conductor, a mano, por si acaso. Nada más verme sonrió. Era un joven de unos veinticuatro años, rapado y vestido con traje y corbata. Uno de esos niñatos que por vestir como visten se creen inmortales y con derecho a tratar a todo el mundo como si fuesen sus esclavos.
-¡Qué quieres imbécil! -me dijo.
¿Que qué quiero? Quiero que pidas perdón por tu conducta, que conduzcas como Toncruis manda, que no te creas superior a nadie, que mi mujer me deje vivir en paz, que su abogado se vaya a tomar por culo, que mi jefe me aumente el sueldo, que nadie me hable, que el mundo sea justo y quiero dejar de sentirme como la última mierda que cagó la Lirio, con 172 años. Pero en vez de decirle todo aquello me acerqué a él, levanté el martillo rompe lunetas y le asesté tal ostia en la cabeza que cayó redondo al suelo, comenzando a sangrar abundantemente por la cabeza.
-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Joder! ¡Me lo he cargado!
Se me había ido la olla muchísimo. Yo sólo bajaba para reprenderle su actitud y sin ton ni son le había agujereado la cabeza hasta poder distinguir masa encefálica. Me asusté, me asusté mucho. Me metí en el coche y me largué. ¡Toncruis! Estaba jodido.

Ramírez

!Ramírez a mi despacho!
Cuánto ansiaba oír aquellas palabras. Mi primer caso y con suerte el comisario me encargaría el de la tortuga desaparecida, sustituyendo así al chulo sabelotodo de Corrales, que aún no había conseguido ninguna pista sobre el paradero del octogenario reptil, consiguiendo así que los medios y la opinión pública tachase día sí y día también a la comisaría de Huerto-Guindaja de incompetente.
-Señor comisario. ¿Qué desea?
-Hay un muerto en la calle Samària. La guardia urbana ya ha acordonado la zona y te esperan para levantar el cadáver.
-Pero señor comisario, Corrales no ha hecho ningún avance sobre el caso Rita -nombre de la tortuga- y yo barajo varias pistas que...
-¡No pienso dejar el caso más importante de toda Barcelona a un novato como tú! Corrales sabe lo que se hace, tiene un expediente impoluto y lleno de casos resueltos, y a ti te ordeno que investigues el caso del muerto en la carretera del Rebase, ¿entendido? ¡Y ahora largo!
-Gracias señor, no se arrepentirá.
Al darle la mano para agradecerle la caquita de caso que me había encomendado, tropezaron mis dedos con su taza de té y se la tiré por encima.
-¡Joder! ¡Largo de aquí Ramírez! ¡Y no la jodas! -gritó con la cara roja de ira.
-Lo siento señor comisario. No se preocupe, no le defraudaré. Puede estar seguro de...
-¡Laaaaaaargo!
-Sí, señor comisario. Lo siento por el té.
Al cerrar la puerta del despacho del comisario oí cómo caía algo al suelo. Recordé que había dejado la taza tambaleándose encima de una pila de folios al borde de la mesa. Y recordé también el aprecio que tenía a una alfombra persa que le había regalado su esposa en un viaje a Turquía. ¡Mierda! La alfombra.
-¡Me cago en la puta Ramírez! -se oyó a lo lejos mientras yo ya me dirigía silbando de felicidad hacia mi nuevo coche asignado, un Peuyot 53 Half.
El coche era algo pequeño, pero los dos BVW de los que disponía la comisaría estaban asignados al caso "Rita" (si la tortuga llegaba al mar estábamos fastidiaditos y teníamos que ser más rápidos que ella) y al caso "actriz buenorra", para que dicha actriz fuese lo más cómoda posible en sus desplazamientos. Antes de sentarme en el coche, eché el asiento hacia atrás del todo, no es que yo sea alto, es más bien que el coche estaba pensado para ser conducido por enanos, elfos, duendes y demás calaña diminuta. Pronuncié las palabras "Barcelona", "calle Samària" y "rápido" para que el Tellevodondequieras me llevase a la escena del crimen antes de que algún iluminado quisiese hacer méritos y tocase algo que no debería haber tocado. No sé qué entendió el Tellevodondequieras por rápido pero tardé más de cuarenta minutos en recorrer apenas los tres kilómetros que separaban la comisaría de la calle Samària.
Cuando llegué, descubrí con asombro que sólo dos "tehaches" custodiaban el cuerpo difunto, apoyados ambos en el capó de su coche patrulla y charlando animosamente sin prestar la menor atención ni al cadáver ni a mi llegada. Y suerte de ello, porque al intentar bajarme de la caseta del perro con ruedas mi pie izquierdo se encontró con un suelto cinturón de seguridad que hizo tropezarme y pegarme una leche de mil demonios, besando el suelo como lo besaría una cabra con dos copas de más y tres patas de menos. Me toqué la nariz con cuidado y noté sangre caliente que caía de ella. Para disimular mi torpeza, y las consiguientes carcajadas de mis ex colegas, cubrí mi nariz aguileña con un pañuelo y me acerqué al cadáver sigilosamente.
-Buenas tardes, señores. ¿Qué tenemos aquí?  -dije sin destaparme la boca.
Los dos "tehaches" saltaron inmediatamente del capó, me saludaron con dos besos cada uno y me pusieron al corriente de la situación.
-Un fiambre, inspector. ¿Y ese pañuelo?
-¿No huelen? ¡Menuda peste! Debemos trasladarlo pronto, ya se está descomponiendo. ¿Han avisado a la ambulancia? -fue lo único que se me ocurrió.
Los dos urbanos se miraron extrañados por mi comentario pero me dejaron por loco, o por un olfato increíblemente sensible.
-No, no hemos avisado a la ambulancia. Está muerto -dijo uno de ellos, el del bigote a lo Xaplín.
-¡No protestéis! Avisad a la ambulancia mientras yo investigo por aquí a ver qué encuentro.
Me alejé un poco para cambiarme el pañuelo de la nariz sin que los dos urbanos me viesen, empezaba a notarlo empapado en sangre. Con el pañuelo nuevo tapando mis fosas nasales comencé mi tarea. Saqué mi grabadora, era uno de los pocos inspectors que quedaban en España que no usaba la "pmax", mi cámara de fotos de píxeles, a la antigua usanza, y examiné al susodicho.
-Parecía joven –foto-, unos veinticinco años –foto-, bien vestido, traje de Arturo Fernández –foto-, cabeza rapada al uno y un boquete en ella –foto al agujero craneal-. Se descarta arma de fuego, no hay pólvora alrededor de la herida. ¡Eh, vosotros! -llamé a los "tehaches" ya con menos miramientos-. Venid a ayudarme a mover el cadáver.
Los dos urbanos se me quedaron mirando, asombrados por la petición.
-Eso no es función nuestra -dijo el más veterano.
-Ni lo será jamás como no vengáis ahora mismo y giréis el cadáver. Nombre, placa y acuartelamiento. Yo mismo me encargaré de que seáis destinados a vigilar cabras en Piedrabés.
El más nuevo se acercó y el veterano le siguió a regañadientes. Al unísono, cada uno cogiendo de un brazo al muerto, giraron el cuerpo para ver algo espantoso.
-¡Joder! -dijo el novato pegando un salto hacia atrás.
-¡Me cago en todo! -dijo el otro girando la cara para ver la horrible escena-. ¡Si que era feo el hijoputa!
-No, señores -rectifiqué yo alardeando de la gran sabiduría que me había convertido en inspector-. No es su cara sino su último gesto facial. ¿Habéis interrogado a los vecinos?
            -Sí, señor inspector -respondió el novato-. Nadie sabe nada. Suponen que se trata del vecino del ocho porque hace un mes que se trasladó, pero nadie lo había visto hasta ahora. Dicen que era muy dentrovertido.
            -Intro, introvertido. ¡Joder Paquito!
            -Está bien, lo he entendido -dije yo-. Arma blanca, punzante, muerte en el acto –grabé.
            Busqué entre sus bolsillos su cartera, algo que me dijese cómo se llamaba aquel pobre desgraciado. La encontré en el bolsillo interior de la americana. Apolonio Quintiliano López -bonito nombre, pensé-, 26 años, hijo de José y Pedro y natural de Cuenca. Su DNIE sería suficiente para buscar más datos. El crimen por robo quedaba descartado. Busqué también las llaves de su casa, que encontré en la guantera de su coche, un Saet Elefante negro metalizado y muy bien cuidado pese a sus seiscientos mil kilómetros, con asientos de piel de mono y todos los extras. Me dispuse a entrar en su casa, para curiosear simplemente ya que tenía claro el móvil del crimen: crimen pasional. La casa tenía tan solo una planta, poco amueblada pero a la última. Pantalla tipo folio, colgada de la pared, cocina automática pirolítica, lavabo autolimpiador, cama de porespán blando y un vestidor enorme. Aquel tío tenía mucho dinero. Pero no encontré nada que me diese una pista de quién podía ser su asesino. Nada de fotos, ni en su mini PC ni en su pantalla visor. Vivía solo y parecía no tener a nadie en su vida que se mereciese estar presente en s recuerdos, aunque fuese en papel.   
            -¿Habéis buscado el arma del delito? –pregunté mientras salía por la puerta de la casa a los dos “tehaches”.
            -Sí –contestó el novato-. No hemos encontrado nada en los alrededores. ¿Quién cree que ha sido? ¿Por qué?
            -Está claro, querido Paquito. El crimen ha sido pasional. Asunto de faldas o de pantalones, eso habrá que averiguarlo cuando contactemos con su familia -dije yo con convencimiento.
            -¿Cómo lo ha sabido? –preguntó impresionado por mi elocuencia inspectoresca el novato Paquito.
            -Se descarta el robo. No se han llevado nada de su casa, ni siquiera los cinco mil florines que llevaba en la cartera –vi al viejo como se lamentaba, soltando un joder y resoplando al mismo tiempo que tiraba la cabeza hacia atrás. Seguramente habría querido inspeccionar el cadáver por su cuenta antes de mi llegada para birlar todo lo que de valor poseyera la víctima, y su compañero no se lo había permitido. Conozco a esta calaña-. El chico parece de buen ver, de buena familia y con un buen trabajo, narcotraficante o político, creo adivinar. Seguramente el desgraciado se liaría con su jefa o con su jefe y algún novio o novia celosa no aprobaría su relación. Lo que sí está claro es que ha sido un hombre quien le ha asesinado, ya que la fuerza que ha debido hacer para dejarle KO a la primera ha debido ser descomunal. Nos las vemos señores con un fortachón gay, excesivamente celoso y que vive en su entorno. Acotamos parámetros. Pan comido y en dos días estoy buscando a la puta tortuga que lleva a toda la comisaría de cabeza –y el novato aplaudió, con la consiguiente colleja de su compañero por pelota y cursi.
            Convencido de mis palabras y hecha la faena en el escenario del crimen, ahora sólo quedaba esperar la ambulancia y el diagnóstico forense. Y avisar a la familia, el peor trago. Trabajo de oficina.



Capítulo segundo

Crecimiento




Si tu llamas experiencias a tus dificultades y recuerdas
que cada experiencia te ayuda a madurar,
 vas a crecer vigoroso y feliz, no importa
cuán adversas parezcan las circunstancias.

Henry Miller  
Escritor estadounidense.




García

No fui consciente de lo que había hecho hasta que no llegué a casa y me senté en el sofá. ¿Cómo se me había ido el barril de esta manera? A mí, que me pasaba horas adiestrando moscas para que se marchasen por la ventana volando para no tener que matarlas. ¡Toncruis santo! ¡Acababa de matar a un hombre! Gilipollas, sí, pero un hombre. Intenté calmarme y pensar qué demonios debía hacer cuando volvieron a mí el ángel y el demonio: san García y Garcisatán. A lo hecho pecho -pensé-, ahora toca saber qué hacer en el siguiente paso.
            -Entrégate -dijo el ángel.
            ¡Sí hombre! Hola, buenas tardes señor agente, mire vengo a entregarme porque he matado a un gilipollas que me ha enseñado el dedo en un adelantamiento. ¿Loco? ¡No! Que va, simplemente mi mujer se ha largado con otro, como le pasa a la mayoría de hombres, y me ha cogido tal mala ostia que voy repartiendo martillazos a todo aquel que me toca los cojones. Sí, muy creíble. Al psiquiátrico de cabeza.
            -¡Que se jodan! -dijo el demonio-. Pagas una barbaridad de impuestos como para que encima le des la faena hecha a la puta policía.
            -A lo mejor rebajan tu pena por haberte entregado -dijo el ángel-.
            -Con la suerte que tienes, desgraciado, serás el primer reo que estrene la silla eléctrica en España -dijo el demonio.
            Opciones, pensé intentando sacarme de la cabeza a los dos diminutos tocacojones que tenía en cada hombro. Primera opción: entregarme. Desechada. No tengo antecedentes, creo que no he dejado ninguna huella, me he chupado todas las series de crímenes, desde Colombio a la Casita del descampado y Halcón Cresta, y conozco la metodología de la policía. Nunca sospecharán de mí. Tampoco tienen testigos y ahora mismo lavo la ropa, la quemo y me deshago del rompe lunetas. En una semana, si no tienen nada, archivarán el caso. Segunda opción: olvidarlo todo. Esto nunca ha pasado, yo iba de camino a casa desde Sant Cugat, llegué, me duché, cené y me fui a la cama a cagarme en la puta que parió a mi ex mujer y al cornudo de su abogado. Al final me decanté por la segunda opción y resolví seguir el caso por la televisión o por Internet, y si veía un acercamiento de la policía hacia mi persona me entregaría para rebajar algo la condena. Aun y así, no podía quitarme de la cabeza que me había vuelto un asesino. No logré controlar mis sentimientos y pagó un inocente por los tres meses de nervios acumulados en mi espalda. Bueno, siempre pagan justos por pecadores. ¡Que se joda la humanidad entera! Pero esto no quedaría así, la zorra de mi ex me había convertido en un homicida despiadado y cruel y se lo haría pagar, juré por Toncruis que pagaría por todo lo que me había hecho, en lo que me había convertido.
            Después de ducharme y cenar poco, de los nervios tenía el estómago cerrado, me senté a ver el canal local de noticias con un güisqui entre mis dedos de la mano derecha y un cigarro entre los dedos de la mano izquierda. Nada, ni una sola noticia de un muerto en la carretera del Rebase. Que si el cerco se estrecha para cazar a una puta tortuga, que si la actriz Sonia Rodríguez se va de compras, que si el Barcelona F.C. asciende a tercera regional, etc., pero nada de un muerto en la calle Samària. Mal asunto. ¿Y si no había muerto? ¡Imposible! Yo mismo le toqué el pulso y me cercioré de que había muerto. ¿Y si era un don nadie, al que nadie conociese, y por lo tanto nadie denunciase su desaparición? ¿Y si el pobre desgraciado todavía estaba tumbado en el suelo en aquella estrecha calle donde un tal Deivid Becjam había perdido las alpargatas? Con suerte los jabalís ya se habrían comido medio cuerpo. Concluí que era una buena noticia para mí que no hubiese noticia.
            La noche fue larga. No pude pegar ojo pensando en qué clase de monstruo me había convertido. Dejé la tele encendida para que me hiciese algo de compañía y procuré descansar antes de levantarme para ir al trabajo. García no ha pasado nada, tienes que estar igual de raro que siempre, que la gente no note que has cambiado, me dije. Porque aunque la mayoría de la pasma no tiene ni el Certificado de Conocimiento de Lectura no son tontos, y si ven colillas es que has fumado. 

Ramírez

            -¡Ramírez! A mi despacho de inmediato.
            -Sí señor comisario. ¿Qué desea? -pregunté retóricamente al abrir la puerta.
            -¿Cómo ves el caso?
            -Crimen pasional seguro. Padres gays, no se le conoce chorbita, viste con trajes empolvados, se hace la manicura, tiene dinero por una tubería...
            -Ramírez no soy tu sirvienta, si la tienes. ¡Háblame bien, coño!
            -Lo siento, señor comisario. Mucho dinero, nada relacionado con el deporte. Un claro caso de celos, señor comisario.
            -¿Qué dice la autopsia?
            -Bueno, Apostillo está en ello pero en una primera ojeada ha revelado que le atacaron por sorpresa. Un golpe certero en la sien con un martillo puntiagudo. No tuvo tiempo ni de defenderse.
            -¿Alguna imagen en su retina?
-Nada en principio. El golpe fue tan fuerte que afectó al sistema nervioso ocular. No tenemos ni una pista en el lugar del crimen. El asesino se lo había preparado a conciencia. Sabía la hora de llegada de la víctima, lo esperó, le asestó un golpe certero y se marchó, supongo que a pie porque no hay marcas de neumáticos en la calzada. En cuanto acabe el informe me pongo con la familia. Si hay suerte, en un par de días tenemos el caso resuelto. Por cierto, ¿cómo va Corrales con el caso "Rita"?
            -Igual. Nada de nada. Y encima el ayuntamiento nos está apretando de valiente. ¡Puta tortuga! ¿Dónde coño se habrá metido?
            -He leído algo sobre esas tortugas, señor comisario. Son buenas nadadoras y por lo visto viven en pantanos o lagos. ¿Corrales ha mirado en el pantano de San Adrián?
            -De verdad que eres imbécil Ramírez. Dos cosas: el caso es de Corrales, él sabrá qué hacer; y no des pistas a un compañero, aquí sois rivales y si él fracasa el caso se te asignará a ti, o a otro. El fracaso de uno es el triunfo de otro. ¿Es que no sabes cómo funciona el mundo? Y ahora largo de mi vista, ¡y no toques nada ni des portazos!
            No toqué nada ni di portazo alguno, pero al girarme para irme golpeé con mi pie la silla de las visitas, ésta chocó contra la mesa y el movimiento oscilatorio de la mesa tiró el cuadro en que el señor comisario aparecía abrazado a su nieto Fermín, rompiéndose el cristal y armando una buena. Y como de costumbre...
            -¡Me cago en la puta Ramírez!
            Las cosas estaban así. Ninguna pista sobre el muerto. Los familiares más cercanos lejos de Barcelona y ningún amigo o amante conocido. Ni una huella, ni móvil, ni nada. Un "caso muerto", en "argot" policíaco. Ahora quedaba el culo del vaso, el peor trago: afrontar con delicadeza la noticia de la muerte de un hombre y ponerla en conocimiento de sus padres. Además, sus padres vivían lejos y no podría decirles nada cara a cara. Sólo diré que aquellos cinco minutos fueron los más largos y tristes de mi vida. Los más veteranos siempre dicen que te acabas acostumbrando a dar malas noticias, que aunque estés a dos palmos del familiar lo ves y percibes todo muy lejano, fríamente. En mi caso no ha sido así, y sigo sufriendo cada vez que debo dar la noticia de defunción a unos padres, hermanos, tutores legales, etc. El mensajero no es culpable, pero también sufre.
            En dos días los padres de la víctima de mi primer caso estaban en Barcelona con sus respectivas parejas, divorciados nada más venirse su hijo a vivir a la ciudad, identificando el cuerpo a mi lado.
            -¿Conocían la vida que llevaba su hijo en Barcelona?
            -No -respondió Juan, el más entero de los dos.
            -¿Amigos?, ¿amantes?
            -No. Era un chico muy reservado, como su padre.
            -¿Cuál de los dos?
            -Perdón, como él -señalando a Pedro, a su lado y llorando aún.
            -¿Qué sabían de su hijo? Cualquier cosa. Jobis, manías, orientación sexual -sutilmente.
            -Por lo poco que sabemos era hetero, en eso no ha salido a ninguno de los dos. Le gustaba el teatro y la ópera...
            -¿Deportes? ¿Gimnasio?
            -¡Uy! Nada de nada. Odiaba sudar. Era un chico muy bueno, nunca se ha metido en líos, nada de drogas, dos chicas muy monas en su vida, ambas de Cuenca, buenas notas y un prometedor trabajo en Barcelona. No sabemos más.
            -Está bien. Supongo que necesitarán descansar. Les pediría que se quedasen por aquí unos días, por si les necesito.
            -Nos quedaremos una semana más o menos. Lo justo para el papeleo y recoger las cosas de Api. Nos alojaremos en su casa, si desea algo de nosotros.
            -Muchas gracias y lo siento de veras.
            -Gracias a usted y por favor, encuentre al asesino de nuestro hijo.
            -Así lo haré.
            Me encontraba ahora igual que al principio. Ni una sola pista y Corrales buceando por el pantano de San Adrián. Sólo quedaba dos oportunidades: una, el trabajo; dos, su correo electrónico.

 García

El día comenzaba mal. Ojeras negras, bolsas hasta los tobillos, nada de café y nada de leche. Mi desayuno fue un vaso de agua del grifo y un cigarro. Pero todo puede ir peor, y así fue. Mi víctima salía en la tele. Lo cierto es que hacía ya muchos años que un asesinato en Barcelona había dejado de ser noticia, pero la mala suerte me perseguía. Matías Prates bisnieto anunciaba el crimen en el noticiero matinal.
            -Cinco asesinatos esta noche en Barcelona. Esto no sería noticia si no fuese porque uno de estos asesinatos, el de un joven de veintiséis años, muerto a causa de una herida de arma blanca en la cabeza, está siendo investigado por el inspector Ramírez, hijo del ministro Ramírez, de Justicia. Negra nos lo cuenta desde Barcelona.
            -Así es Matías. Aunque no es una novedad en Barcelona, este asesinato llama la atención por el inspector que lo investiga: Ramírez. El hijo del ministro Ramírez afronta su primer caso como policía. Sabemos que en breves momentos debe aparecer por aquí para iniciar su jornada laboral.
            ¡Vaya suerte la mía! Diez mil crímenes anuales en la ciudad y el mío lo investiga el único policía que es conocido por la prensa amarilla, rosa, negra y su puta madre. Espero que en el trabajo no se hayan enterado que al sarasa del hijo del ministro más capullo y corrupto que hay en este país le han asignado un caso de asesinato. ¡Joder! Va a estar en el punto de mira hasta que lo resuelva, con la presión de ser un enchufado al que todo el mundo cree un incompetente. Y si cae el hijo cae el padre.
            -Entrégate ahora que puedes -me dijo mi ángel interno.
            ¡Que te den por el culo!, le respondí yo. Con toda la polémica que ha suscitado la pena de muerte promovida por su padre, si me entrego fijo que la estreno. ¡Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza! Siempre me había gustado esa frase, aunque no sabía cómo leches se había hecho famosa en la Primera Era.
            -¡Inspector Ramírez!, ¿es cierto que baraja varias hipótesis? -preguntó la periodista metiendo el micro dentro de la boca del panocha, que entraba en comisaría rodeado de periodistas.
            Pero nada pude saber porque el hijo del ministro, antes de soltar cuerda, tropezó con un escalón y él y los cien periodistas que le rodeaban fueron al suelo, rodando como sandías. ¡Ala! Y encima esto.
            Cuando llegué al trabajo no se hablaba de otra cosa. Que si el hijo del ministro es imbécil, que si ahora se sabrá si tiene el puesto por papá, que si no me gustaría estar en la piel del asesino, que si está media España buscándolo para que el hijito se cuelgue su medalla. Que si, que si, que si, que si, ¡quesitos "el ternero que llora" para todos, cabrones! Aunque lo cierto es que razón no les faltaba. Estaba jodido y si hubiese tenido dos cojones, en aquel preciso instante me hubiese cortado la yugular con un cuchillo jamonero.
            Intenté no pensar más en el inspector Ramírez y su entorno y concentrarme en el primer problema a resolver: buscar un abogado para que mi ex no me dejase con una mano delante y otra detrás. Entre video y video llamé a cinco casas de abogados para explicarles mi caso. En cuatro de ellas la minuta era tan elevada que tendría que volver a trabajar en la gasolinera para pagarla, pero esta vez el resto de mi vida. La quinta casa, "Lex cudrum", me cobraría poco, y con gusto llevarían el caso cuando les mencioné que el abogado de mi ex mujer se llamaba Juan y trabajaba para "Pi & Ruleta". Por lo visto uno de los socios del bufete había sido becario del abogado de María y deseaba darle en los morros.
            -No se preocupe -me dijo mi nuevo abogado-, el caso está ganado.
            ¡Perfecto! Ahora podía dedicarme por completo a comerme la cabeza por mi crimen y seguirlo en los programas del amor y el cachondeo.

Ramírez

-¡Ramírez! ¡A mi despacho!
            Hacía tres meses que no oía aquella frase. Tres meses con una sola pista y un desaparecido. Cuando hablé con los compañeros de trabajo de la víctima, sólo uno de ellos había tratado algo con el susodicho. Una noche habían plegado tarde de trabajar y decidieron tomar una copa juntos. La víctima le llevó a un club gay llamado Gladiator's, donde le dijo que había quedado con un amigo para hablar de negocios. Él aceptó, una copa hasta que llegara el amigo y después se marcharía. Y así fue.
            -¿Así que era gay? -pregunté.
            -No lo creo, pero nunca se sabe. Sólo me dijo que había quedado allí con un amigo, nada más.
            Me dirigí entonces al Gladiator's club, un bar gay muy famoso del barrio del Borene. Enseñé la foto de la víctima a los empleados del barito y un camarero, con más cuadrados en la barriga que espejos en casa de Miss Venezuela, me dijo que le había visto solamente dos veces, y las dos veces acompañado por un gay de mil pares de centímetros de tacón, aunque el chico de la foto no lo fuera.
            -¿Y cómo lo sabe que no era gay? -pregunté al camarero.
            -¿A usted qué le parece? Yo los huelo, como te huelo a ti, maricón.
            -Perdone, pero creo que se equivoca.
            -Yo no me equivoco nunca, maricón.
            No quise discutir algo tan banal como mi sexualidad de macho cabrío, aunque debo reconocer que aquel pechito depiladito y oleoso me estaba poniendo algo tontorrón.
            -¿Me puede describir al hombre que le acompañaba?
            -Hasta en el número de lunares, chato, pero corro el riesgo de mojarme toda -y suspiró-. Apunta maricón: blanco, español, metro ochenta, cuerpo Estalone, moreno, peinado a lo Pirs Borsnan, bigote a lo Tom Selec, ojitos Richar Guer, orejitas Val Quilmer, labios carnosos, a lo Uil Esmit..., es que soy fan de los clásicos. ¡Mira! -dijo señalándose el paquete-, tieso como un mástil. ¿Quieres bajármelo guapetón?
            -Va a ser que no. Gracias por todo.
            -De nada zanahoria. ¿Seguro que no quieres mi teléfono por si me acuerdo de algo más, chato?
            Salí de allí antes de que me perforasen como a un campo de aceite negro y me fui a comisaría, a intentar hacer un retrato robot con pegotes de actores antiguos. Sólo me podía pasar a mí. Ahora tendría que visionalizar no menos de diez películas para saber a quién se había referido el atractivo camarero del Gladiator's.
            Al acabar el colax, envié al dibujante al club, para que el camarero cachondo le diera el visto bueno. Y vamos si se lo dio.
            -Diga, señor comisario -dije entrando por la puerta sigilosamente.
            -¿Cómo coño va tu caso? -dijo con buen humor.
            -Seguimos buscando al gayón, perdón, al sospechoso señor comisario, aunque con los hombres de que dispongo va a ser difícil encontrarlo.
            -Dos "tehaches" Ramírez, es lo que hay.
            En tres meses la cabeza del comisario se había vuelto blanca como la coca colombiana.
            -¡Estoy hasta los huevos! La tortuga ha dado esquinazo a Corrales, la actriz buenorra no se va de la ciudad y la prensa amarilla rosácea me acribilla a preguntas sobre tu competencia. ¡Esos cabrones tienen más ganas que yo de que la cagues! Me importa una mierda si lo encuentras o no. Pilla a alguien parecido, enciérralo y cuando se haya olvidado todo lo soltamos. ¿De acuerdo?
            -Cáspita, señor comisario, habla igual que mi padre. Eso mismo me ha dicho esta mañana, cuando me ha llamado para saber cómo iba el caso.
            -Tanto tu padre como yo estamos en el punto de mira de todo el país. Joder, si ni siquiera puedo ir al lavabo de mi casa a mear sin que ningún paparatsi se me asome por la ventana y me pregunte por tu caso. ¡Hasta los cojones me tienes, Ramírez, hasta los cojones! Me da igual cómo resuelvas el caso pero ¡que sea ya!
            -Pero señor comisario...
            -Ni peros ni leches, ¡ya!
            -Entendido señor comisario. Por cierto, el domingo fui al zoo y hablé con el cuidador de Rita y...
            -De verdad que eres imbécil Ramírez, muy imbécil. ¡Laaaaaaargo! -al echarme el comisario pegó tal puñetazo en la mesa que el ventilador de techo se descolgó y cayó al suelo, rompiendo la silla del visitante en mil pedazos. Esta vez no gritó, solo se tapó la cara con las manos y creí oírlo llorar.
            Ahora tenía una semana para convencer a algún desgraciado que se hiciese pasar por asesino o visitar todos los baritos gays para dar con el sospechoso, o alguien que se le pareciese, para tranquilizar a mi padre, al comisario, a la prensa y a la sociedad en general.



Capítulo tercero

Reproducción




El amor propio, al igual que el mecanismo
de reproducción del genero humano, es necesario,
 nos causa placer y debemos ocultarlo.

Voltaire
 Filósofo y escritor francés.




García

Aunque los remordimientos por haber matado a un hombre seguían en mi interior, había pasado casi cuatro meses tranquilo por el hecho de no saber nada de mi ex y su abogado feo, orejudo y mijigato. La demanda se había desestimado y no sufría por perder mi piso, mi apartamento, mi coche y mis calzoncillos. Después de muchos disgustos, mi vida volvía a ser normal.
            El inspector Ramírez había dado con el asesino del Rebase hacía poco menos de un mes: un gay enorme, con bigote a lo cowboy que se decía ser el amante del muerto y que tras una discusión al gigante se le fue la mano. Y todos contentos, ya que el ministro de justicia, su hijo inspector y el comisario de Huerto-Guindaja dejaban de ser noticia en todos los medios, centrándose la prensa en el descubrimiento a orillas del Pisuerga, entre Salinas y Paredes de Nava, de la tumba de un rey blanco sin nariz de un país llamado Pop y cuyo nombre era Maiquel. Un caso que tenía en jaque a todos los historiadores, ya que no se conocía un país antiguo con dicho nombre (después de la III Guerra Mundial todos los archivos históricos habían desaparecido como por arte de magia y tan solo habían quedado videos particulares y algunas películas que nos habían dado una idea de cómo habían vivido cinco siglos atrás nuestros antepasados), aunque se barajaba que había sido el tercer rey visigodo de Hispania y que llevaba enterrado no menos de veinte siglos por su mal estado de conservación. La verdad es que entre tanto rey de países que no se sabía muy bien de donde salían, Soul, Rock, Jazz, Country, Heavy, etc.…, los historiadores andaban locos intentando recomponer la historia de nuestro planeta, desde la antigüedad hasta el siglo pasado.
            Como iba diciendo, poco a poco iba recuperando la normalidad cuando una maldita tarde recibo una llamada de mi ex mujer para tocarme los huevos y enviarme de vuelta al infierno, de donde hacía nada y menos había salido.
            -Buenas tardes mi amol.
            -¡Es que nunca vas a dejarme en paz! ¿Qué coño quieres esta vez? ¿Mi alma? -pregunté más cabreado que un mono capado.
            -Mi amol no te enojes conmigo, llamo para darte una buena noticia.
            -¡Te han diagnosticado un traspisoma terminal!
            -Uy no mi amol, ¡que bromista eres! No mi amol, ¡adivina!
            -¿Adivina? Hace cuatro meses que no sé nada de ti, me llamas para ponerme de mala leche ¿y encima me propones jueguecitos imbéciles? ¡Que te jodan!
            Me disponía a colgar cuando...
            -¡Vas a ser padre!
            -De la cabra de mi pueblo, no te jode. No vengas con paquirrinadas.
            -De verdad mi amol. ¡Vamos a tener un hijo!
            -¿Te has follado a media ciudad y vas a tener un hijo del único hombre que no te ha tocado un pelo en casi dos? ¡Vete a la mierda!
            -No mi amol, estás equivocado. ¿Te acuerdas en la noche de bodas, cuando me dijiste que me lo tragase? Pues no me lo tragué, lo escupí en un taper y lo guardé en el congelador, porque aunque no te lo creas yo siempre he querido tener un hijo tuyo, porque te amo.
            -¡Vete a la mierda maldita zorra! ¡Serás capaz! Pienso negarlo todo. Ese hijo no es mío, no puede serlo.
            -Mi abogado se pondrá en contacto contigo, te harás cargo de tu hijo y volveremos a ser una familia como antes. Porque no dudes que el niño que llevo en mi vientre es también tuyo, amol -y colgó.
            Joder con mi ex. Volvía a estar hundido y lo peor era que la creía muy capaz de haber guardado mi semen y, después de ver fracasada su primera tentativa de arruinarme, contraatacar ahora con algo más seguro, sin importarle el futuro de su hijo, ni el mío. María no había perdido la cualidad de ponerme de los nervios.
            Aún me quedé en la oficina unas horas más, intentando editar un anuncio que debía emitirse dos días después, en hora punta, durante la retransmisión del programa documental "Grandes personajes del siglo XXI" dedicado a la figura de la presidenta de la Real academia de la Lengua y ex ministra de cultura Velén Estevan. ¡Qué principio de siglo más glorioso!, y no como ahora, donde el más ilustre español es un mono que pinta con el culo y una tortuga de cien kilos que lleva ya medio año dando esquinazo a la policía.
            Cuando acabé la edición, y rojo de ira, bajé a la calle y me dispuse a entrar al metro para irme a casa y rezar a Toncruis para que me salvase de tal infortunio. Después de tanto tiempo en coche y la petición de dos créditos para pagar la gasolina, aquel era el primer día que viajaba en transporte público. En el metro, en la estación de Antiguo Teatro Quemado, un romanov (así llamamos a los que proceden del este de Europa) me birló la cartera aprovechando uno de los numerosos frenazos del convoy para meter su mano en mi bolsillo y robarme el DNIE, la cartilla de racionamiento electrónico y dos mil florines, fortuna que había sacado del banco para pagar la factura del agua. Lo noté rápido y miré a mi alrededor para encontrar al ladrón y recuperar así mi monedero. Vi a un hombre que se apartaba de mí, mirándome de soslayo, y supuse que había sido él el ladrón. Pero a esas alturas me daba igual si me había robado el romanov o la vieja barbuda que tenía a mi lado. Concluí que fuese o no, el romanov pagaría la mala ostia que llevaba en aquel preciso instante. Ni por un momento pensé en los cuatro meses tan jodidos que había pasado por un ataque irrefrenable de ira, sólo pensaba en el vagón lleno de gentuza maloliente, los dos mil florines y la putada que me había hecho María, empeñada en joderme la vida. Ni la cárcel, ni la pena de muerte, ni el sentimiento de padre que empezaba a aflorar en mí impidieron que siguiese al cabrón que me había robado la cartera cuando se bajó del metro en la siguiente parada: Estatua Alta Cagada. Confiado en que nadie le seguía, subió a la calle y caminó despacio adentrándose en el antiguo barrio del Sinvivir, ahora en obras.
            Tras el atentado perpetrado por integristas chinos contra la Catedral Rara Coloreada para joder a los miles de japoneses que año tras año visitaban Barcelona para admirar el monumento, el alcalde en aquellos momentos del siglo XXI, Pedrito Lapuerta, ordenó derribar todo el casco antiguo de Barcelona y construir allí pisos de lujo para políticos, funcionarios, deportistas de élite y artistas y acabar así con la clase baja de Barcelona, concentrada en la parte más vieja de la ciudad, el actual barrio De Las Meadas. Pero no todo fue coser y cantar. La expulsión de los más pobres de sus casas y el destierro de todos aquellos que no hablasen su idioma provocó manifestaciones y disturbios en toda la antigua Cataluña. La Asociación por los Derechos y Libertades de los Sin Lengua (L.A.L.S.D) denunció al alcalde ante el tribunal mundial de Scopge por la expulsión de la ciudad de más de cinco millones de catalano-no-parlantes. El tribunal, tras veinte años de deliberación, impuso una multa multimillonaria a Barcelona que la dejó en la ruina absoluta. Los edificios no se acabaron nunca y los expulsados ocuparon el barrio, instalándose en el inacabado barrio de lujo que pretendía hacer de Barcelona la ciudad más poderosa del mundo. Y por allí perseguía yo a mi ladrón.
            Mientras caminaba a diez pasos de él, éste se metió por una calle con el piso levantado y solitaria. Se sentó en una piedra y vi como se sacaba del bolsillo mi cartera y la inspeccionaba con poca prisa. Escondido tras un portal de hormigón de un edificio inacabado, en la esquina de la calle, tracé el plan Reccar: recuperación cartera.
            Miré a mi alrededor. El lugar estaba deshabitado, en silencio y en ruinas. Entre el ladrón y yo se interponía un adoquín de dos palmos de largo y menos de uno de ancho: el arma. En silencio caminé hasta la piedra, la cogí con mi mano derecha y ensimismado como estaba contando mi dinero el manilargo ni siquiera me vio plantarme frente a él y arrearle tal pedrazo en la cabeza que cayó al suelo sin decir ni "mu". Cogí el dinero, la cartilla de racionamiento electrónico y mi DNIE, dejé la cartera vacía a su lado y me largué por donde había llegado, arrastrando los pies para borrar las huellas de mis zapatos. Y ¡ala!, cuatro meses más de mierda.

Ramírez

Llevaba ya unos días sin poder dormir pensando en el pobre desgraciado que había acusado de matar a mi víctima. Se le había arrestado por escándalo público en el consulado venezolano. Estaba fuera de sí, gritaba insultos contra el presidente de aquel condado norteamericano y solicitaba audiencia inmediata con el coordinador de asuntos especiales venezolanos en España. El chalado se llamaba Marcelino (qué daño habían hecho las telenovelas sudamericanas a la cultura nominal española) Uretra Pedrón y actualmente estaba en paro y sin un céntimo ahorrado. No quedó clara su queja contra el condado de Venezuela porque se filtró a la prensa que aquel desgraciado concordaba a la perfección con la descripción del hombre de bigote que había hablado con mi víctima en el bar Gladiator's, según el camarero. Así, recibí dos llamadas felicitándome por el inesperado arresto: la de mi comisario y la de mi padre. En ese momento intuí que algo extraño estaba pasando pero la fama que me dio la prensa y  las felicitaciones de los altos cargos gubernamentales me subieron al limbo y me olvidé de aquel palangana y su más que posible inocencia.
            Durante dos semanas fui el héroe del país, y se me subió a la cabeza. Incluso perdí la virginidad con una periodista feúcha de la tele local a la que no olvidaré jamás por encabezonarse en lamer mis partes con los aparatos bucales puestos, y dejarme la cosita como la espalda del malogrado domador de leones Cipriano Cascabel, "el Cipri".
Pasada la euforia de mi simulado triunfo, el suicidio de mi sospechoso en la cárcel Maniquí me bajó a la tierra.
            Todo era muy extraño. Dos días antes había amenazado con tirar de la colcha y al día siguiente de su muerte su compañero de celda había quedado en libertad. Y en su búsqueda me encontraba yo cuando a las diez de la noche me despertó el teléfono 6G de mi mesita de noche.
            -Diga. Uy, ¡cáspita!
            -¿Hola? ¿Inspector Ramírez?
            -Sí soy yo, perdón. ¡Reconcholis, otra vez!
            -¿Está bien inspector?
            -Espere un momento. -Me tumbé en la cama y presioné el teléfono con mi oreja contra el colchón para que no se me escurriese más de las manos-. Ahora sí. ¿Quién es?
            -Inspector Ramírez le llamo de la comisaría Fantasma. Creo que tenemos al hombre que andaba buscando.
            -¿"El pitita"?
            -Correcto.
            -¡Estupendo! Que nadie hable con él hasta que yo llegue, ¿entendido? Nadie.
            -No se preocupe por ello. Está muerto.
-¡Caquita! Bueno, enseguida voy.
            ¡Que mala suerte la mía! Pero a medida que las muertes se sucedían cobraba más fuerza la hipótesis de que el asesinato de Apolonio Quintiliano no había sido casual y que algo muy gordo y podrido tenía entre manos. El caso también olía mal.
            Conduje mi Peuyot hasta la comisaría Fantasma, en el barrio Sinvivir, a toda velocidad pero respetando la velocidad máxima de 10 km/h en cascos urbanos. Dos horas después había llegado. Aparqué como pude, literalmente hablando, porque el coche no me frenó y me empotré contra los pivotes antialunizaje de lo que había sido, años a, una tienda de golosinas. Nota a recordar: pie derecho, freno, pie izquierdo, embrague. El único coche manual que quedaba en el mundo y me tenía que tocar a mí. Gracias a Toncruis la velocidad no era excesiva y pude volver a casa con él. Entré en la comisaría Fantasma temiéndome que el muerto no me dijese ni "mu". Cierto, pero hacía unos años que un científico etíope había descubierto que unos pocos polvos de polen vertidos en orina de macaco e introducidos en la boca del difunto mediante el gota a gota hacían que las cuerdas vocales reprodujesen la última palabra dicha por el muerto. No me pregunten cómo lo descubrió, pero desde entonces el meado de macaco y el polen floral estaban cotizadísimos.
            -Soy el inspector Ramírez. Creo que me han llamado -le dije al mozo que guardaba la puerta.
            -Correcto. El forense le espera para realizar la prueba del mono. Bajando las escaleras a la derecha, cruce todo el pasillo, gire a la izquierda, a medio pasillo otra vez a la izquierda, segunda puerta a la derecha, pase el arco, derecha, izquierda, derecha, un, dos, tres.
            -¿Qué?
            -Le acompaño, será mejor.
            -Gracias.
            Después de caminar dos kilómetros, según mi reloj cuentametros, dando más vueltas que un ciego en el laberinto de Huerto, entramos en la morgue, donde el forense preparaba la pócima y la introducía en el escupegotas. Con todo el suspense del mundo y sin dirigirme la palabra, el forense introdujo en la boca del "pitita" tres gotas y un cuarto, y el muerto habló.
            -Qué coño...
            El forense me miró desconcertado, yo le rehusé la mirada por ser vizco y ponerme nervioso cada vez que debía mirarle a los ojos y miré al mozo. Éste, pensándose que le  pedía opinión, habló.
            -Está claro, ¿no? Ha sido una mujer con minifalda y sin bragas -concluyó.
            El forense y yo negamos con la cabeza dando el tema por concluido y al mozo por un caso perdido.
            -¿Causa de la muerte? -pregunté.
            -Golpe en la cabeza con una piedra -me dijo señalando la mortal herida.
            -¿Prueba de retina?
            -Negativa. Estaba mirando una cartera que encontramos vacía en el lugar de los hechos.
            -¿Huellas en la cartera?
            -Nada, es de piel.
            -¡Caquita! Otro asesinato sin asesino.
            Aquel asunto se estaba poniendo feo. Un trabajador normal, un ciudadano anónimo muere en la puerta de su casa. El principal sospechoso sin aparecer, el inocente que ocupa su lugar amenaza con tirar de la colcha y a los dos días muere, su compañero de celda queda libre y al día siguiente muere asesinado. Filtraciones a la prensa, presiones hacia mi persona, la tortuga sin aparecer... Esto huele fatal, huele a conspiración. Ahora tendría que empezar desde el principio, en solitario y sin levantar mucho revuelo. ¡Caquita otra vez!
            Al día siguiente, nada más entrar en comisaría, el grito del comisario hizo retumbar las paredes.
            -¡Ramírez a mi despacho!
            -¡Sí, señor comisario!
            Una vez más el comisario me llamaba a su despacho, pero esta vez ignoraba el motivo. Supuse que sería por el destrozo del coche asignado a mí persona y lo primero que hice, después de tropezarme con la nueva alfombra que había comprado su mujer para su despacho y romperme la nariz contra la mesa del despacho, fue disculparme por la abolladura del Peuyot.
            -¿Abolladura? Radiador nuevo, las dos ruedas delanteras nuevas, el eje de transmisión nuevo... ¿Me quieres explicar cómo coño llegaste a casa con semejante panorama?
            Fui a abrir la boca para responder a su pregunta, cubriéndome la sangrante nariz con un pañuelo blanco que siempre llevaba en el bolsillo dada mi propensa manía a tropezar con cosas, pero el comisario me calló.
            -Da igual. Se te asignará otro coche, lo tienes en el aparcamiento. Y más vale que este lo trates bien, la próxima avería se te descontará del sueldo. Pero no te he llamado por eso. Te he asignado un nuevo caso, ya que el de la calle Samària está cerrado.
            -¿Cerrado? ¡No es posible!
            -Ramírez no me grite.
            -Pero señor comisario no puedo dejar ahora el caso. No sé lo que pasa pero el asesinato de Samària no ha sido una casualidad. Algo huele mal en todo este asunto. Dos personas relacionadas con el primer asesinato han muerto en condiciones extrañas, nada se sabe de la primera víctima salvo que trabajaba y vivía en Barcelona. El inocente que...
            -El sospechoso, Ramírez, el sospechoso.
            -El sospechoso se suicida en la celda tras declarar que tiraría de la colcha y su compañero de celda muere de una pedrada en la cabeza. ¿No cree que es todo muy extraño?
            -El primer caso está resuelto, cazamos al culpable. Que éste se suicidase en su celda no es culpa nuestra y después de montar la que montó en el consulado tampoco es que estuviese mucho en sus caudales, ¿no crees? El tercer asesinato es fácil, un ratero asesinado por otro ratero. Además, no nos concierne. Ahora es un caso que debe llevar la comisaría Fantasma. No tienes caso Ramírez, estás libre. Tómate unas vacaciones. Ha sido un primer año para ti muy duro y creo que te iría bien descansar un poco. Coge el barco de papá y lárgate por ahí con cuatro putas y mucho alcohol. Te lo mereces.
            -¿Me está apartando del caso, señor comisario?
            -Ya te he dicho que no hay caso. No me toques los cojones Ramírez.
            -No necesito unas vacaciones, y sí, aún hay caso. Usted sabe tan bien como yo que aquí hay perro enjaulado...
            -Gato encerrado, se dice gato encerrado -dijo el comisario negando con la cabeza y dejándome por imposible.
            -Bueno, pues gato encerrado. Y que usted ahora me aparte del caso me da la razón en todo lo que pienso. No quiero dejar el caso.
            -A ver Ramírez, cómo coño te digo yo esto... ¡A la puta calle joder! No quiero ver tu fea cara pecosa en quince días, ¿de acuerdo? No quiero dejar el caso -dijo repitiendo mis palabras con burla-. ¿Pero quién coño te has creído que eres? Eres un inspector enchufado y tocacojones al que tengo que aguantar porque su papá es quién es y encima el desgraciado se me sube a la chepa -parecía que hablaba solo porque ni siquiera me miraba-. No quiero dejar el caso. Tú dejas lo que yo te diga y haces otro tanto de lo mismo. Si te digo que hagas el burro rebuznas, si te digo que te folles un gato te lo follas, si te digo que le depiles el bigote a mi mujer se lo depilas y si te digo que te tomes unas vacaciones te las tomas, ¡joder! Tú no estás aquí para pensar por ti mismo, aquí eres un inspector más, aunque tu padre sea el mismísimo presidente del gobierno, ¿entendido? ¡Laaaaaaaaaaaargo de mi vista Ramírez!
            -A sus órdenes señor -jopeta qué rapapolvo, pensé-. Sólo pido que no me envíe de vacaciones, déjeme en la comisaría, asígneme otro caso, el de los pendientes de la señora Lupita, pero por favor no me envíe de vacaciones, ¡no sabría qué hacer! Me gusta mi trabajo y no tengo dónde ir ni con quién. Aquí por lo menos veo a gente, salgo a tomar copas con mis compañeros y me siento útil. Por favor señor comisario, asígneme otro caso, mándeme limpiar los lavabos pero no me dé vacaciones, se lo suplico.
            Supongo que el llorar a lágrima estendida tumbado en su escritorio ablandó su corazón y decidió asignarme otro caso, aunque aún no sabía cual. En breve me diría algo pero lo que sí estaba seguro que un caso de asesinato ni por asomo.

García

La verdad es que no me sentía ya tan mal como la primera vez. Me iba acostumbrando a ser un asesino en serie, sobretodo porque nadie sospechaba de mí. Lo que me traía de cabeza era mi anormal conducta. Era extraño el hecho de haber superado ya mi separación de María y cómo, después de pasado ya casi un año, me irritaba de tal manera el hablar con ella o con su puto abogado. Era oír su voz, o la de su querido Juan, y entrarme un no sé qué por el cuerpo que me alteraba hasta el punto de llegar a matar sin pensarlo dos veces. Tras los asesinatos, llegaba a casa y lloraba como un niño por haber matado a una persona inocente, un gilipollas y un ratero, sí, pero en resumen gente inocente. Aunque en este segundo asesinato no hubiese llorado tanto como en el primero, también me sentí fatal, me odiaba a mí mismo por haberme convertido en un ser irracional, dejado llevar por las emociones más primitivas que afloraban en mí en momentos puntuales. ¿A dónde podía llegar a parar si no refrenaba mi ira? A matar al pelota de Poyatos, a mi portera, a violar a la vecina del quinto, a matar al presidente, al consejero delegado del Banco mundial... Cada vez aguantaba menos, me enfurecía con pensar tan solo en mi ex mujer llamándome "mi amol". ¡Zorra!, ¡zorra! y ¡zorra! Ya iba siendo hora que pagase por todo lo que me había hecho. No, no, me dije. Si ella muriese yo sería el primer sospechoso. ¡Y todos los cabrones que se está follando qué! Yo, sólo yo, sería el sospechoso porque sólo a mí me estaba jodiendo la vida.
Un hijo, ¡será perra! No sabía qué pretendía con hacerme padre. Cierto es que tal y como me dijo mi abogado, mientras no tuviese un hijo todo aquello que estaba a mi nombre sería mío. ¿Pero y si la japuta paría? ¿Y si realmente fuese mío? Pensé, pensé y pensé y no hallé respuesta alguna a mi desesperante situación. Debía trazar un plan para acabar con mi ex o irme del país y empezar una nueva vida, no había otra solución. Todo me daba vueltas, no le veía salida al túnel. Todas las noches soñaba lo mismo: yo en la cárcel, esperando a ser ejecutado y cinco mil tiarrones detrás mío esperando su turno para darme por culo porque María había sido amante de todos ellos y yo les había aguado la fiesta, así que ahora la fiesta era yo. Día tras día, me levantaba sudando como un cerdo, con tantas agujetas en el culo que me impedían sentarme con normalidad de la fuerza que hacía para que nada entrase por un orificio que es solamente de salida. Mis ojeras ya me llegaban a los tobillos, me dormía editando videos, algo que me costaría el puesto de trabajo, ya que cuando se pasaban los anuncios a los clientes parecían más tomas falsas que publicidad en sí. Mi jefe me había dado ya un ultimátum: o espabilaba o a la calle, por muy puta que fuese mi mujer y muchas lágrimas que derramase en su hombro. Mi mundo se venía abajo y yo no podía levantarlo. Ni podía ni sabía cómo hacerlo.
            Internet, libros especializados, doctores, psicólogos, psiquiatras, todos me daban la misma respuesta: auto control García, auto control y antidepresivos en vena. Tómese esto cinco veces al día y ya verá... Ya verá ¿qué?, ¿como parezco un pajarito bajo la lluvia?, perdido, desorientado, esquivando los golpes como podía y sin poder usar las alas para volar. Un puto pajarito más drogado que Romerinho en una discoteca del centro a las cinco de la mañana. Romerinho a mi lado parecía un abstemio. La pastilla roja después de las comidas, la amarilla antes de ir a dormir, la blanca nada más levantarse, la negra para sus días de fiesta, la azul por si quiere echar un polvo, que eso es otra, ¡ni una maldita paja me podía hacer para olvidarme de todo sin tenerme que empastillar! ¡Jodidas pastillas que todo lo solucionan y que nada resuelven! Mi vida no pintaba bien, y la única manera de poder sobrevivir era dejar de tomarme todas aquellas mierdas y empezar a vivir, redirigir mi vida hacía donde estaba antes de casarme. Volver a los veintitrés años por ejemplo. Meter todas mis preocupaciones en un baúl, guardarlas en un rinconcito olvidado de mi cerebro y empezar de nuevo. Auto control García, auto control.
            Lo primero que intenté mejorar fue mi vida laboral, porque sin dinero no eres nada y nada haces. Cada vez que me entraba el sueño me iba a la cocina, me preparaba un café y una rayita de coca y ¡venga!, a la carga. Lo mejor que podían haber hecho en el siglo XXI había sido legalizar la cocaína y la marihuana. Gracias a eso, muchas empresas se revalorizaron, las ganancias fueron significativas, ya que la faena de tres hombres ahora la hacía uno "encocao". Crecieron como setas los drogancos, los bares donde se podía consumir, las clínicas de estética no daban a basto poniendo tabiques nasales de platino y purgando la sangre de los incansables trabajadores cada dos meses. Y las mujeres y hombres del país andaban felices por la calle por el buen sexo que se tenía. Casi todo el mundo ganó con la legalización de las llamadas drogas blandas en España. Y digo casi todo el mundo porque a partir de entonces los chalés de los guardias civiles y los policías nacionales que trabajaban en aduanas redujeron su número hasta que no quedó ninguno.
            Lo dicho, reconduje mi vida laboral gracias a la cocaína en pequeñas y al café en grandes dosis. Comencé a salir alguna que otra noche con mis compañeros de trabajo, para tener un mínimo de vida social, y decidí también comprarme un biciclomotor con el que me ahorraría dos cosas: los sudores matutinos del transporte público y los atascos automovilísticos. Intentaría así no encolerizarme a la mínima y evitando causas evitaría también efectos. Un problema menos, el más importante.
Tras volver a ser el currante solitario en el trabajo, me interesé por las investigaciones llevadas a cabo por la policía de mis delitos. Leí todos los artículos escritos en la prensa sobre mis dos asesinatos y me llevé una grata sorpresa al comprobar que el primero era un caso cerrado y en el segundo se sospechaba de algún ratero o mendigo, aunque era mucha casualidad que el compañero de celda del acusado por el caso Samària hubiese muerto pocos días después de que áquel se hubiese suicidado en la cárcel. Aun y así, ni una sospecha hacia mi persona. Por el momento podía estar tranquilo. Pero mis dos asesinatos no quedaron impunes en mi cabeza, ni mucho menos Pensaba cada día en entregarme y pagar así por mis crímenes, ya que me considero una persona que es consecuente con sus actos, pero no ahora, porque corría el riesgo de que mi ex se quedase con mis posesiones si realmente estaba embarazada de mí y yo iba a la cárcel.
            Así, entonces, quedaba todo. Intentaría seguir mi vida con normalidad hasta que María me dejase en paz, después me entregaría a la policía para pagar por mis pecados e intentando hasta entonces controlar mis picos de ira para no hacer daño a nadie más. Todo iría viento en popa hasta que volviese a oir el "mi amol" de la puta de mi ex, algo que esperaba que fuese más tarde que pronto.

Ramírez

Con la excusa de aprender de los mejores estudiando casos archivados hasta que no se me asignase un nuevo caso, me encerré en el sótano de la comisaría para empezar desde el principio: saberlo todo de  Apolonio Quintiliano López, de 26 años, hijo de José y Pedro, natural de Cuenca. Empecé por los archivos de Cuenca. Nacido el 7 de abril de 2870, Apolonio había sido un niño normal. Ninguna enfermadad salvo las corrientes, SIDA a los cinco años y cáncer de huesos a los siete. Había estudiado en el colegio cienciológico Brat Pit, siendo un buen alumno y destacando en idiomas y arte de la guerra. A los doce años estudió en la universidad primaria Investigación, sacando sobresalientes en casi todas las asignaturas. A los dieciséis ingresa voluntario en el ejército, en la nueva academia de suboficiales de Talarn, y a los veinticinco ingresa en la empresa Repumarksa, especializada en relaciones públicas y marketing, siendo un empleado más en el departamento de grandes empresas nacionales. Dos cosas me extrañaron de ese currículum. La primera fue la total ausencia de datos durante su estancia militar. Nueve años desaparecidos, ni cargo, ni rango, ni misiones, etc. Nada de nada siendo soldado, si lo fue. La segunda me vino en forma de pregunta: ¿cómo llega un chaval con estudios en investigación y militar a una empresa de marketing? Con tan buenas notas podría haber conseguido un trabajo en cualquier empresa de detectives o de cazarecompensas. ¿Qué había pasado en aquellos nueve años?
            Me puse de inmediato en contacto con el Ministerio de Defensa y Ataque para esclarecer aquella laguna temporal. Pregunté por Ataúlfo Lastrancas, hijo del ministro y amigo mío desde la infancia, ya que nuestros padres militaban en el mismo partido y ocupaban ambos altos cargos (Lastrancas también se acostaba con la mujer del alcalde). Como suele suceder desde que el hombre camina de pie, Lastrancas había colocado a su hijo en el ministerio, en el departamento de Distribución y Logística, es decir, el desgraciado que reparte las cartas entre los funcionarios. Todos los documentos que llegan al ministerio pasan por sus manos, encargándose él de abrirlos, leerlos y volverlos a cerrar para que el destinatario no sospeche nada. Así, Lastrancas junior, como yo le llamaba, sabía más que su propio padre de lo que acontecía en el ministerio. Y si algo se había escrito de Apolonio, él seguro lo había leído.
            -¡Que pasa Lastrancas! ¿Cómo te va la vida?
            -¡Ramírez! ¡Cuánto tiempo! Que honor recibir la llamada del inspector de moda. ¿Enfrascado en un nuevo caso?
            -Oficialmente sí, extraoficialmente no. No se te ve el pelo por el club ultimamente.
            -Es cierto, pero es que tengo un asuntillo entre manos.
            -¿Otra vez pasando información confidencial a la prensa? Se te va a caer el pelo un día de estos. ¿Esta vez qué? ¿OIEE's u otro atentado con opio?
            -¡Mucho mejor! Los objetos identificados del espacio exterior ya no son noticia y los atentados con gas de opio son incluso deseados. Esta vez el asunto tiene que ver con mujeres.
            -Un día de estos acabarás con una bala en la cabeza.
            -Posiblemente. ¿Y tú qué? He oido que has rechazado las vacaciones. El caso Samària no está claro ¿verdad?
            El cabrón de Lastrancas lo sabía todo de todo el mundo y eso siempre me había crispado. El ministerio de su padre espíaba a todos aquellos que ocupasen un cargo importante y desde el primer día que su padre había sido nombrado ministro su querido hijo chafardeaba todos los documentos que pasaban cerca de sus ojos. Y su prodigiosa memoria lo retenía todo, nombres, fechas, lugares, todo.
            -¡Cómo te odio pepón!
            -Eso también lo sé. Pide por esa boquita deforme.
            -Apolonio Quintiliano, todo lo que sepas.
            -Te envío un informe en varios días. Por cierto Ramírez, tienes también que hacerme un favor. En el sobre te doy las instrucciones. Recuerda mirar el pegamento identificatorio y si ves que lo han abierto me lo haces saber, ¿ok?
            -Ok. Como siempre.
            -Sí. Por cierto, la periodista que te dejó marcado...
            -¿Cómo pepitas sabes tú eso?
            -Lastrancas junior lo sabe todo, mai fren. No te hagas ilusiones, tu padre pagó a una prostituta como regalo de primer caso cerrado. Y no veas lo que nos hemos reido en el ministerio con la historia de los aparatos. No sabía que te iban esas cosas, Ramirín.
            -¡Me defeco en las tumbas de tus parientes!
            -Siempre me han hecho gracia tus insultos. Menudo capullo estás hecho.
            -Ya lo sé, pero qué quieres, me han criado los tonistas. De todas formas, si me entero que has sido tú el que se ha ido de la boca...
            -Tranqui Ramírez, tranqui. Aunque yo lo supe el mismo día que te pasó, callé como un mudo. Sé quién fue y no temas, yo te vengaré. Le estoy preparando una buena al cerdo que te delató.
            -Gracias, supongo. Cuídate percherón, y a ver si nos vemos por el club.
            -Está hecho, cerdaco. Chao.
            Colgué el teléfono odiando a la circuncisa de mi abuela por tener a semejante cabrita como hijo. Aunque si Lastrancas iba a vengarme, no quisiera estar yo en la posición del caracol que se había ido de la lengua. Desde bien pequeñito, Lastrancas había tenido una prodigiosa imaginación para fastidiar a aquellos que se metían con él. De una manera u otra, Lastrancas se las ingeniaba siempre para dejar descapacitado de por vida al pobre infeliz que le hacía la puñeta. Todos los cojos, mancos, ciegos o impotentes que corrían por Madrid o Barcelona se habían cruzado alguna vez con Lastrancas junior. Su broma favorita era el guante de ácido. Así llamaba a una película invisible empapada en ácido corrosivo y que se adhería a la piel como salamandra a las paredes blancas y lisas. Cuando deseaba hacerle una bromita a algún desalentado que se burlase de él, marchaba al lavabo y pegaba la película al tirador de la cisterna del water. Lastrancas tenía fijación, y verdadero asco, por aquellos que no se lavaban las manos después de ir al servicio. Los limpios se salvaban, ya que el ácido se iba con agua y jabón. Los guarros perdían la sensibilidad en aquella parte del cuerpo que se tocasen inmediatamente después de mear. Por esto, desde que lo descubrí un día en el club cambiando un tirador de cisterna de pie por uno de mano, me lavo las manos cien veces al día. Nunca se sabe por dónde ha podido pasar Lastrancas junior.
            Lo que me dejó intrigado fue qué querría de mí Lastrancas, ya que él tenía acceso a todos los documentos que podían hacerse en el país. El ministerio de Defensa y Ataque lo sabía todo de todos, menos de algunos peces gordos, cuya información sólo poseía el ministerio de Televisión. Y entre ministerios, no se daban ni los buenos días.
            Dos días más tarde recibí un sobre sin remitente y a mi nombre. Con la luz ultravioleta de mi pequeña linterna de llavero, observé que el sobre no había sido abierto. No todos somos como tú, Lastrancas, pensé. Después de que se me cayese la linterna al suelo, golpearme la frente contra la mesa al agacharme a recogerla, golpearme en la nuca al incorporarme, caérseme la pantalla de ordenador en la espalda, resbalarme de la silla golpeándome el coxis y esperar veinte minutos a que se me pasase el dolor de cabeza con un trapo mojado envolviéndola, logré abrir el sobre y leer su contenido.

Capullo, aquí tienes lo que me pediste. Es lo único que he podido encontrar. Por lo visto, al ministerio no le ha gustado nada la muerte de tu hombre y ha borrado su fichero de inmediato. Algo huele mal. Ve con cuidado, a los sabuesos de mi padre no les importa que seas el hijo de un ministro para romperte la cabeza y simular un accidente. Tu caso se complica.
Por lo que respecta a tu venganza, el soplón ha recibido lo suyo. El muy gilipollas se chupó la mano antes de meneársela, después de interrogar a una buena amiga mía acusada falsamente de prostitución canina, así que ahora está en casa intentando explicar con gestos a su mujer por qué tiene la lengua hinchada, el nabo rojo y no se le sube. Ya te pasaré el disc.
Suerte.
PD: Quema los documentos una vez los hayas leído.

            ¡Pobre desgraciado!, pensé. No sabía con quién se metía. Debo admitir que sentí un enorme placer imaginándome la cara de aquel humano al comprobar que su lengua dormida no podía articular una sola palabra. Y no te digo nada cuando viese su miembro despellejarse a tiras, como si tuviese la lepra. Le estaba bien empleado, ¡por soplón! De todas formas, ya hablaría con mi lechero padre.
            Me guardé la carta en el bolsillo de mi pantalón y saqué dos hojas del sobre. En la primera hoja estaba escrito el favor que debía hacerle a Lastrancas. Según escribía, una vez a la semana, generalmente los miércoles, su padre viajaba a Barcelona para entrevistarse con el gobernador catalán para acercar posturas en lo concerniente a las bases militares españolas. Según Lastrancas, las reuniones con el gobernador, sospechaba él, eran una mera excusa para acudir a Barcelona una vez por semana. Había descubierto por una llamada hecha por el gobernador un miércoles por la tarde que su padre no viajaba a Barcelona por asuntos militares, y como su curiosidad rebasaba la velocidad del sonido, quiso que yo siguiese a su padre por Barcelona e informarle de qué lugares visitaba y con quién se veía. Un sólo miércoles bastaría. Supuse que el ministro Lastrancas tendría una aventura, así que no vi inconveniente en seguirle. Estábamos a jueves, tendría por lo tanto seis días para investigar a Apolonio Quintiliano y su hoja de servicios, que me enviaba Lastrancas junior con un "que te aproveche" escrito en el margen superior izquierdo.
            La verdad es que no leí nada raro. Ascendido a sargento al año de ser militar presentándose voluntario al Cuerpo de Espionaje, Contraespionaje y Contracontraespionaje. Dadas sus buenas notas en la carrera de Investigación, no me sorprendió en absoluto su decisión de hacerse perro lazarillo, como se llama a los espías en ámbitos políticos. Graduado entre los cinco primeros de su promoción, su primer destino sería China, en la operación llamada "Hormigas del bosque". Recordaba aquella operación por que se armó un escándalo de no te menees. Los servicios secretos españoles, junto a los portugueses, habían descubierto que a los restaurantes chinos de ambos países se les suministraba desde China un azúcar muy adictivo que se añadía a la salsa agridulce. En España, los restaurantes chinos vieron como la competencia gastronómica desaparecía como por arte de magia y los locales orientales llenaban un día tras otro, hasta el punto que el mismo presidente del gobierno había sido ingresado en un psiquiátrico para tratar su adicción a las bolitas de cerdo en salsa. Familias enteras comían y cenaban en los más de treinta millones de restaurantes chinos que inundaban el país. En la hoja de servicios de Apolonio se hacía mención a una medalla al mérito por descubrir el antídoto de la adicción provocada por el azúcar chino: el licor de lagarto. Los españoles, más dados al café para hacer bajar el arroz frito y las extrañas setas que condimentan los platos, habíamos sido las primeras víctimas de una conjura internacional china para hacerse con el control de la economía mundial. Gracias a Apolonio, aquella conjura había quedado en agua de Ebro. Tras su excelente trabajo en China, fue destinado a Sudamérica. Casos cerrados en Urugay, Paraguay, Colombia y Honduras. Todos relacionados con el espionaje de inmigración, ya se sabe, contrabando de tortilla de patatas, jamón de guijuelo, farinato y cosas así. Su última misión fue en Venezuela, caso "esclavo", top secret. Y algo debería pasarle en la región estadounidense porque vuelve a España como civil. Renunció allí mismo a su estado militar, supongo yo que por un asunto de faldas, o pantalones. De todos modos tendría que investigar qué era aquello del caso "esclavo". Y para eso necesitaba ver a un colega.
            -¡Qué pasa Conchones! Cuánto tiempo sin saber de ti. ¿Qué es de tu vida?
            -Pues ya ves, currando. ¿Y tú? ¿Cómo está el inspector de moda? ¿A quién estás tocando los cojones ahora, a parte de mí?
            A Pértigo Conchones no es que le cayese muy bien. Por mi culpa cumplía condena de trabajo, como decía él. En su día, le había puesto una multa por no ceder el paso a un perro, un chihuahua para ser más exactos, que pretendía cruzar la calle cogido a su amo. La verdad es que no hubiese sido tan estricto si dicha raza no estuviese en peligro de extinción. Le di el alto y él aparcó su biciclomotor a dos manzanas de donde yo estaba. Caminé esas dos manzanas, me acerqué a él, le expuse mis motivos para multarle, se cagó en mi puta madre, literalmente, yo le tomé su código de barras, le pedí sus datos y se largó con toda rapidez esta vez cagándose en todos mis muertos, literalmente otra vez. Recuerdo que pensé: <<¡qué chico tan majo!, no me importaría volverlo a ver>>. Y así fue, aunque la segunda vez le hizo menos gracia que la primera verme. Yo entregué la multa en Jefatura y me olvidé del tema, hasta que un día de bajón me dio por llamarle y quedar para tomar un jarabe, contra la tos, ¡tirando la casa por la ventana!. Conchones bien lo valía. Pero por mucho que lo intenté no logré recordar su nombre. Póstigo, Palmido, Percherón..., ¡me traspongo en los nombres normales! Decidí mirar en el archivo de multas para hacer memoria, pero me llevé una sorpresa. No solo la multa había desaparecido sino que el ayuntamiento le debía una indemnización de un millón de florines helvéticos por habérsele parado sin motivo, llegando, por ello, tarde a clase de equitación. ¡Jolines con Conchones! Notifiqué el error a mis superiores, mis superiores investigaron con ahínco y lo arrestaron tras demostrar que Conchones se había introducido en el servicio informático del ayuntamiento y cambiado el pagar por recibir. En el juicio, gracias a mi declaración, se le condenó a Conchones a trabajar para el ayuntamiento, con contrato indefinido, cincuenta horas semanales y mil florines al mes, intentando atrapar a aquellos que, como él, quisiesen desfalcar al gobierno catalán. El dinero es más sagrado que Toncruis.
Y ahí estaba Pértigo, en su despacho de tres metros cuadrados, con su ordenador Espectrum de mil cas frente a él, su polo manchado de café, su pelo chafado peinado con la raya al medio y sus gafas culo de chibeca. Que feo es el petete, pensé, ¡pero tan simpático!
            -¿No te alegras de verme?
            -No -dijo secamente, aunque en realidad yo sabía que sí-. ¿Qué coño quieres, maricón?
-¡Que no soy maricón, jopeta!
-¿Jopeta? ¡Joder! Eres más maricón que un baduino manco, Ramírez.
            -Lo que tú digas, Conchones. Al caso. Vengo a pedirle un favor a mi amigo informático.
            -Tulipán no está -dijo sin levantar la vista de la pantalla, tecleando rápidamente el teclado con sus ágiles dedos blancos-. Tiene fiesta.
            -Hablo de ti, tonto.
            -Tú y yo no somos amigos. ¡Déjame en paz!
            Conchones me estaba tocando ya su apellido, y me puse violento.
            -No quería hacer esto, pero no me dejas otra alternativa. A las siete te recojo y, tomando un café, te explico qué quiero de ti. Si te niegas, te arresto y te mando a la cárcel un par de días por desacato, a que te pongan el trasero como un pez globo, ¿entendido, "amigo"?
            Conchones no dijo ni sí, ni no, se limitó a asentir con la cabeza y siguió a lo suyo.
            -Hasta las siete en el bar Imbornal. Creo que ya lo conoces -Pértigo asintió-. ¡Ah! Por cierto, y tráete ese pedazo de ordenador con el que entras en todos los archivos que tienes prohibido entrar. Hasta luego.
            -Que te jodan, Ramírez.




Capítulo Cuarto

Envejecimiento




Envejecer es como escalar una gran montaña:
mientras se sube las fuerzas disminuyen,
pero la mirada es más libre,
la vista más amplia y serena.

Ingmar Bergman
Cineasta sueco.




García

Aquella mañana me levanté con un sueño terrible. Si por mí hubiese sido me habría meado encima con tal de seguir durmiendo. Mil tambores retumbaban en mi cabeza y me sentía algo mareado. Recordé que días antes de mis dos asesinatos me había sentido igual, mareado, con dolor de cabeza y con mucho sueño. Pero aquel día el dolor parecía multiplicado por mil. Entonces me temí lo peor. Mis ansias de matar volvían a aflorar en mí en menos de dos semanas. Cada vez pasaba menos tiempo entre uno y otro asesinato. Dentro de poco, pensé, voy a ir matando por la calle a todo aquel que se cruce en mi camino. Autocontrol, García, autocontrol. Pero el dolor de cabeza persistía y no dejaba de bostezar. La ciudad estaba aún silenciosa y el sol seguía escondido en su cueva. Me levanté como pude, y descalzo, me dirigí al baño a mear y asearme antes de acudir al trabajo. Era miércoles, y aquella mañana me reunía con los directivos de  los grandes almacenes Aldisa para mostrarles la edición definitiva del anuncio más caro y largo de la historia de la publicidad reciente. Un cortometraje dirigido por Amenadovar Podisky, el más grande y director de películas como "La guerra que nos jodió a todos", "Cuando las azucenas flotan en el río", y "Si aquí huele es que el asesino se ha pedido", todo un clásico del cine de suspense. En el anuncio, un hombre y una mujer, encarnado él por el actorazo, en mi humilde opinión, J. W. C. S. R. Po Ci y ella por la petarda Pentrisca Cara de Aguilucho, una joven promesa del país que le chupaba la cola a un oso hormiguero si hacía falta para que le concediesen un papel, por malo que fuese (además, era la única actriz del mundo que se atrevía a enseñar los seis dedos del pie, algo que en el anuncio se explotaba más que a los koalas cazando ratones), despertaban solos en el mundo. Después de vestirse (aquí es donde la cámara está un minuto de reloj enfocando las idas y venidas de los pies de Pentrisca Cara de Aguilucho), y desayunar sin dirigirse la palabra, el director quería ser realista, ambos salen a la calle y descubren que están solos. Ella grita de pánico, él, con esa clase que le caracteriza, la abraza y la mira seductoramente. En realidad la mira con cara de asco, ya que el pobre J. W. C. S. R. Po Ci no podía mirarla a la cara sin contenerse la vomitera, pero esperemos que los de Aldisa no se den cuenta de ello. Mientras caminan por las calles desiertas de Nueva Nueva Delhi, un capricho del capullo de Cartoncito Puigdevalley, creativo de la agencia y responsable de la idea, él dirige miradas a cochazos, mansiones y joyas mientras ella niega con la cabeza. Entonces, a lo lejos, ella divisa un Aldisacenter, le mira, él la mira también y cogidos de la mano corren hasta allí, él elegantemente, vestido de traje y corbata, ella como un pato mareado, vestida con un traje regional de Nueva Nueva Delhi, falda de volantes roja, top verde, redecilla de pelo y, naturalmente, descalza, otra "maravillosa" idea de Cartoncito. Justo antes de entrar al megamercado, el despertador suena y los dos protagonistas despiertan de muy buen humor. Las escenas se repiten, como en el sueño. Se duchan, se visten, otro minuto más enseñando los atractivos seis dedos del pie de la actriz, desayunan sin dirigirse la palabra y salen a la calle, cada uno con su maletín de trabajo, él de traje y corbata, ella traje regional hortera y descalza. Miran a los lados, no ven nada que se mueva ni a nadie que camine por la calle, se miran, sonríen pícaramente, él, porque ella pone la boca como si la estuviesen ahorcando, y cogidos de la mano corren calle abajo con el slogan sobreimpresionado en la pantalla: "Megamercados Aldisacenter; disfrutarás comprando". Tentado estuve de dejar en el anuncio la ostia que se pega la patosa actriz corriebdo calle abajo como último plano mientras  J. W. C. S. R. Po Ci se descojonaba de risa golpeándose las piernas con las palmas de las manos, pero seguro que el cabrón de Cartoncito se hubiese llevado miles de halagos por tan estúpida idea, ya que de pequeño se cayó en una charca de mierda y desde entonces la suerte le sonrie día sí, día también.
            Tras la edición del anuncio, tenía pensado pasarme por Gallo's shop para que me la picase un pollo y así desestresarme un poco de tan jodida mañana. Así que dejé la oficina situada en el lujoso barrio del Buen Vigilacabras y caminé algo más de diez kilómetros hasta llegar al centro de la ciudad en busca de relax. Caminaba feliz, sin prisa, disfrutando de uno de esos pocos días en los que la contaminación te deja deducir la redondeada silueta del divino astro. Comí por el camino, en la calle Padilla con Aragón, en uno de esos bares cutres de barrio lleno de borrachos sesentones y cuyo camarero-cocinero-propietario lleva las uñas más negras que un mecánico de hidroavionetas y fuma mientras frie patatas. Gracias a Toncruis que la cocina estaba cerrada y no vi la preparación de mis patas de rata al ajoarrieroquetecomesuna. Dos horas y siete cervezas más tarde, el asunto Romerinho había dado para mucho, salía yo del bar más caliente que un loro asao, y el relax se me hacía obligatorio. ¡Puto Romerinho y su bacanal entre parte y parte del partido contra el Yeclano! Llegaba ya a Gallo's shop, que no pisaba desde el día mismo de mi boda, cuando tropecé con un tío feo y pecoso que ni siquiera me pidió perdón por enviarme tres metros más allá de un codazo, empotrándome así contra un escaparate de bolsos de cartón, la última moda para las jovencitas. Cuando me levanté y vi su cara, un extraño deseo de matarlo vino a mi mente y no pude remediar levantar el brazo en alto para sacudir al feo de los cojones un par de ostias bien dadas por tan humillante acto. En la esquina vislumbré el llamativo cartel de Gallo's shop, donde podría relajarme un poco. Tres pasos más y lograría superar el día sin otra muerte en mi conciencia. Pero mientras pensaba en ello, el muy desgraciado ya había sacado el quico (así se le llamaban a las pistolas antes del bombazo que envió todo a la mierda en el año 2056) y, apuntándome a la cabeza, me enseñaba la placa de policía con la otra mano y gritaba a viva voz:
            -¡Alto sinvergüenza!, o te pego un tiro en la sien que te dejo más seco que el Caspio.
            Ahí supe que estaba jodido, y sorprendentemente para mí me puse a llorar y a suplicarle que no me vaciara el casco de un tiro.
            -Disculpe señor policía, disculpe mi osadía pero salía caliente del bar. Ya sabe, la bacanal de Romerinho con el Yeclano -le dije con las palmas de las manos juntas frente al pecho y arrollidado sobre una mierda de perro que se le había escapado a mi agudizada vista-. Por cierto, su cara me suena.
            -No me soples los cataplines, que ya me gustaría ojazos -dijo en voz muy baja-. ¿Puedo dejarte ir sin temor a que hagas alguna tontería? -me preguntó ya más calmado.
            -Me disponía a entrar a Gallo's shop para relajarme un poco, señor policía -dije sollozando.
-Tú sí que sabes ladrón -me respondió-. ¡Circula avestruz!
            El policía rarito siguó su camino mientras yo me apuraba a dar un paso cogiendo cada pierna con los dos brazos para intentar avanzarlas poco a poco. El deseo irremediable de matar a aquel hombre me impedía caminar hacia adelante, hacia las picaduras de pollo que tanto me relajaban. Gracias a Toncruis, cuando me giré para lanzarme contra el pecoso y clavarle una llave en la nuca, éste había desaparecido, y con él mis ansias de venganza.
Ya en Gallo's shop, tumbado sobre una toalla de esparto, dentro de un ataúd de vidrio con cinco polluelos picoteándo mi cuerpo desnudo, me hice aspas del poderoso sentimiento que había acudido a mí al ver a aquel endeble y feúcho policía con el que tiempo después guardaría una extraña relación. De todos modos, las llamadas de mi ex debían terminar si no quería acabar bajo tierra en la mejor época de mi vida.

Ramírez

Tras el encontronazo con aquel fánatico del futbol más cabreado que un mono sin miembro, anduve hasta el bar donde había quedado con mi querido Pértigo Conchones. Cinco minutos y había llegado al lugar convenido. Era un pequeño antro que había visitado a menudo cuando dirigía el tráfico en Paseo de Gracia. Me gustaba porque tenía una diminuta sala interior con cuatro sillas, una mesa, un ventilador y un televisor. Allí me sentaba cuando, estresado por el tráfico, necesitaba algo de silencio.
            -Buenas tardes, inspector.
            -Buenas tardes, Deslocalizada. ¿Está libre la salita?
            -Sí, señor inspector. ¿Lo de siempre?
            -No. Hoy celebro algo, aunque no sé bien el qué. Me traes una botella de antitosivo regalizado añejo y dos vasitos. Espero visita.
            -¿Quién es ella?, si se puede preguntar. -Él, y es trabajo. Que no nos molesten. Es joven, con cara de empollón y traerá un ordenador bajo el brazo. Le dices que pase.
            -Muy bien, señor inspector.
            -Gracias Deslocalizada.
            Deslocalizada había sido de gran ayuda el poco tiempo que fui "tehache". Era alta, delgada como una antena de coche, cabello castaño mal cuidado y una sonrisa que hacía vomitar. Siempre me quiso como a un hermano, me aconsejaba en lo que podía y me enseñó todo lo que sé sobre ladrones y sexo. Y siempre que podía me escapaba al Imbornal para charlar con una buena amiga.
            Cerré la puerta de la pequeña sala y me senté. Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta la carta de Lastrancas y le volví a echar un vistazo antes de que Conchones llegase. Operación esclavo, Apolonio Quintiliano, Venezuela, años 2885-2895. Al poco llegó Deslocalizada con la botella de antitosivo, dos vasitos rallados de tanto lavado soportado y dando paso a Conchones, que se había mojado la entrepierna con agua simulando haberse meado encima para acortar nuestra reunión.
            -Gracias Deslocalizada. Hola Pértigo, siéntate a mi lado. ¿Un vasito? -dije señalando la botella con el mentón-.  Antitosivo regalizado añejo, tú lo vales. Por cierto, tu estúpida idea de mearte encima, si es meado claro, para que nuestra reunión se abrevie no ha funcionado. Estaremos aquí hasta que averigües lo que quiero saber. Es más, si te sientes incómodo, Deslocalizada no tendrá ningún problema en secarte los pantalones y los calzoncillos en la plancha, si no tienes inconveniente de que te vea desnudo, Perti.
            -Estoy bien. Me he mojado un poco secándome las manos. ¿Empezamos? Ha sido un día de mucho trabajo y quiero llegar a casa cuanto antes. ¿Qué buscas? -dijo mientras abría el ordenador y se colocaba con el dedo corazón las inmensas gafas de pasta atigresada.
            -Operación esclavo, Apolonio Quintiliano, Venezuela, años 2885-2895.
            Pértigo Conchones tecleó con rapidez aquellas palabras y una serie de claves y contraclaves para meterse en las entrañas de los archivos del gobierno español. Media hora más tarde, tras beberme el antitosivo yo solo y pegar un par de moquitos en la pared, Pértigo habló.
            -¡Tualá!
            -Vualá, preciosidad.
            -¡Lo digo como me sale de los cojones!
            -Otra vacilada y te pego un tiro en la coronilla pelada esa que tienes y te lanzo luego a los cerdos de Deslocalizada, ¿entendido?
            Pértigo no dijo nada. Únicamente giró la pantalla del ordenador hacia mí y yo leí.
            Allí estaba todo, fechas, extractos bancarios, vuelos entre Venezuela y España y un telegrama dirigido a su capitán en el que se leía:

Lo que sospechábamos. Paro. Venezuela vende al mejor postor su máquina de cumplir deseos. Paro. Los interesados son: Rigodoft S.A. (Alemania), gobierno taiwanés, gobierno angoleño, 2pilastrum S. A. (Uruguay), y Pi & Ruleta (España). Paro. Solicito asilo. Paro. Me han descubierto. Paro. E.N. 1367. C.R.N.C. Paro y Sobo.

            -¿Qué es E.N. 1367 C.R.N.C.? -me pregunté.
            -Espero Noticias, apartado de correos 1367, Caranicas. ¿Qué? ¡No me mires así! ¿Olvidaste que soy funcionario de justicia?
            -Es cierto. ¿Alguna respuesta al telegrama?
            -¿A ver? - y Conchones volvió ateclear-. Sí, hay dos más pero muy breves.
            -Un nombre y te vuelves. Paro. -leí.
            -Aquí tienes el nombre -señaló Conchones con el dedo-. Mra Prrik d l Vrgcta Gdalpña 2.
            -¿Albanokosovar? -pregunté. Conchones comenzó a reir, lo que me pareció una burla hacia mi persona-. Pértigo, que soy de gatillo fácil.
            -Más bien de gatillazo, diría yo.
            Al oir aquello, tranquilamente saqué la pistola de su funda, le apunté a la cabeza y sin querer apreté el gatillo. Suerte que desde que había matado al gato del alcalde por error el día que me licencié, el primer compartimento estaba siempre vacío. Aun y así, al oir el clic del arma, Conchones enmudeció y se puso más blanco que la momia de la paloma de la paz.
            -El primero está vacío, el segundo te aseguro que no lo está. El nombre, Conchones, que me estás tocando ya las pecas.
            -María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos. ¿Me puedo ir?
            -Sí. Anda tonto dame un beso, que no ha sido nada.
            Pértigo Conchones, aún blanco, me dio un beso en la mejilla con los pantalones más mojados si cabe que cuando llegó y se fue por donde había venido. Yo, satisfecho, apuré la botella y repasé las notas. Ya sabía qué había hecho Apolonio en Venezuela y por qué había vuelto a España como civil. Ahora sólo quedaba averiguar quién era y dónde se escondía María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos.
            Al día siguiente me volví a encerrar en el archivo de la comisaría esperando encontrar algún dato sobre María Jalapeña, o algo así. Lo cierto era que había transcurrido un mes de mis vacaciones pagadas y todo seguía igual. La actriz Sonia Rodríguez se había enamorado de un pobre desgraciado, un escritor mediocre que trabajaba escribiendo guiones para el programa "Cocina tú que tienes dos buenas sartenes" y al que ella había acudido como invitada para explicarnos a todos cómo se prepara un buen plato de sardinas frías enlatadas amenizadas con patata cruda y dos hojas de lechuga como adorno. Tras encontrar al amor de su vida, la actriz recorría ahora la ciudad, acompañada por diez agentes de paisano, buscando un palacio donde poder consumar su amor. Por otro lado, el caso "Rita" seguía igual o peor que al principio. Después de casi un año sin pistas fiables sobre el paradero de la tortuga casi centenaria, y calculando que puede llegar a recorrer un kilómetro diario, a estas alturas la huesuda podía estar tanto comiendo queso de roquefort en Francia como poniéndose hasta la concha de paella valenciana. Y Corrales al borde de la locura. El caso le estaba afectando tanto que se había divorciado de su mujer, llevaba coleta y se vestía con los calzoncillos y la camiseta interior encima del uniforme porque según él actuaban mejor que los chalecos antibalas de PVC. El comisario estaba siendo criticado en las altas esferas por la mala imagen que estaba dando de las fuerzas de seguridad del Estado, pero se negaba a retirar del caso al inútil de Corrales porque era admitir que se había equivocado al darle dicho caso, después de todo lo que había elogiado a su inspector favorito durante un largo año. El desquicio era tal que el comisario incluso había prohibido hacer declaraciones a los medios porque estaba convencido de que la tortuga veía las noticias y conocía así los pasos a seguir de la policía en su captura. Y a todo esto, yo más ancho que barrilete, viéndolas venir y rebotándolas todas.
            Introduje el nombre de María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos en el ordenador del archivo y me apareció un mensaje invitándome a introducir la clave sepia. Ningún problema, un simple mensaje a Lastrancas y lo sabría en menos de un minuto.

Enviado: Clave Sepia. Gracias.

Respondido: Antoñita Fantástica. Otra que me debes, mamón.

            Introduje la clave y se me abrió la pantalla del Ministerio de Defensa y Ataque. En "buscar" puse el nombre de  María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos y allí estaba lo que llevaba buscando hacía tiempo.

Nombre:  María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos

Lugar de Nacimiento: Caranicas, Venezuela, Estados Unidos

Fecha de nacimiento: 22 de Febrero de 2863.

Estados: Casada y divorciada con Marcelino Uretra (2880-2888), Casada con Esper Antó García (2893) y actualmente en fase de reconciliación.

Domicilio actual: Desconocido

Profesion: Profesional del engaño

Historial: Llegada a España bajo el amparo del gobierno. Testigo Protegido por el Ministerio de Defensa y Ataque

Contactos: Cónsul venezolano Facundo Churruca y Ministro de  Defensa y Ataque Caminacón Lastrancas.

Nota: Sin enaguas

            El caso era que el nombre de su primer esposo me sonaba y no sabía de qué. Me golpeé la cabeza tres veces contra la pared hasta caer desmayado al suelo. Era un pequeño truco para recordar cosas olvidadas. Cuando despertaba al cabo de dos o tres horas me venía a la cabeza lo que quería recordar. Infalible. Y así sucedió. Marcelino Uretra fue el pobre desgraciado que entró a grito pelado en el consulado del condado de Venezuela pidiendo entrevistarse con... ¡Facundo Churruca!
            ¿Para qué lechecitas querría ver al cónsul? ¡El interrogatorio! Pero entonces caí que los papeles del caso se habían destruido por orden de... ¡Caminacón Lastrancas! Debía recordar el único interrogatorio de Marcelino Uretra al que asistí. Otra vez. Tres cabezazos contra la pared, pum, pum, pum, dos horas desmayado y ¡vualá!, ya me acordaba. Iba a tener un dolor de cabeza de recaspita durante varias semanas, pero había valido la pena.
Ahora recordaba perfectamente el interrogatorio de Marcelino Uretra.
            Sentado en una pequeña sala acolchada de la comisaría central, respondía con el silencio las preguntas del interrogador Viudo Cóncor Namenta, el más duro de la ciudad. Pero en una de estas preguntas sin responder, a Viudo se le hincharon las albóndigas y le pegó dos totazos con el revés de la mano que lo dejó tambaleándose en la silla durante un minuto.
            -Tiene que hablar ya. Viudo se ha enterado que su abogado está en camino -me dijo el policía con el que presenciaba el interrogatorio detrás del cristal viselado.
            -¡Para qué querías ver al cónsul, desgraciado! -le preguntó Viudo.
            -Está bien, se lo diré. Quiero saber dónde está mi esposa. Sé que vino a España y deseo hacerle unas preguntas.
            -¿Qué preguntas?
            -Quiero que me diga por qué se fue de casa y...
            -Mi cliente no desea hacer ningún comentario más hasta el juicio -dijo el abogado nada más entrar en la pequeña sala-. Y ahora déjennos a solas. Gracias.
            Recuerdo la cara de enfado de Viudo al recibir la tarjeta de visita del abogado gafotas, bajito y esquelético que se encargaría de defender a Marcelino Uretra. Encendí mi anillo-agenda para llamar a Viudo, con el que había tomado un par de castañas pilongas en los días sucesivos al interrogatorio y al suicidio de Marcelino para esclarecer los hechos. Le llamé a su despacho pero nadie contestó. Miré la hora. ¡Boñiga! Se me había pasado que con los dos desmayos era ya la hora de plegar. Ya llamaría al día siguiente a Viudo para charlar con él.
            Ya en casa repasé los hechos una vez más en mi ordenador. Al espía Apolonio se le asigna el caso "esclavo" en el condado americano de Venezuela. Descubre que el gobierno de Venezuela quiere vender al mejor postor una máquina que cumple deseos y que los interesados son: Rigodoft S.A. De Alemania, el gobierno taiwanés, el gobierno angoleño, 2pilastrum S. A. De Uruguay y Pi & Ruleta de España. Pide volver a España porque le han descubierto, pero antes da un nombre: María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos, venezolana, casada con Marcelino Uretra, testigo Protegido por el Ministerio de Defensa y Ataque y sin enaguas. ¿Qué carajillo significaba "sin enaguas"? Apolonio es asesinado y pocos días después Marcelino Uretra entra en el consulado venezolano como un loco para conocer el paradero de su mujer, quien por lo visto abandona el hogar comarital sin dar explicación alguna a su marido. Hasta aquí todo claro, trío amoroso, lo que yo decía. Lo que no me cuadra es el suicidio de Marcelino y la excarcelación y posterior asesinato de su compañero de celda. ¿Casualidad? Y conociendo la historia es más que posible que sí fuese Marcelino el asesino  Apolonio. Apunto para el día siguiente las tareas a hacer, por orden:

1.      Llamar a Viudo.
2.      Motivos para  Rigodoft S.A.,  el gobierno taiwanés, el gobierno angoleño, 2pilastrum S. A. y Pi & Ruleta de España para hacerse con una máquina de cumplir deseos.
3.      Averiguar paradero de la tal María Jalupeña.
4.      Conocer qué juez excarcela al compañero de celda de Marcelino.
5.      Rebozar la pared del archivo de la comisaría para evitar preguntas tendenciosas.

      -Diga.
-Buenos días. Quería hablar con Viudo Cóncor.
-Al habla.
-Ramírez, inspector de la comisaría de Huerto-Guindaja.
-¡El inspector de moda! Dime.
-De Huerto, no de Moda. Quería hablar con el inspector Viudo Cóncor.
-Al habla Ramírez. ¿Qué quieres?
-¿También Ramírez? ¡Qué casualidad! ¿Sabe que nuestro apellido es muy poco común? Viene de uno que...
-¡Que no soy Ramírez, coño! ¡Que soy Cóncor, Ramírez!
-¡No! Cóncor Ramírez no. Quiero hablar con el inspector Cóncor Namenta.
-Espere un segundo.
Un momento de silencio.
-Inspector Cóncor al habla.
-¿Cóncor Ramírez o Cóncor Namenta?
-Inspector Viudo Cóncor Namenta al habla. ¡Joder Ramírez mira que eres difícil!
-¿Difícil yo? ¡El abusalagartos que se ha puesto al teléfono antes sí que es difícil! Por cierto, tenía tu misma voz.
Se oyó un suspiro al otro lado del inalámbrico.
-Bueno, ya está. ¿Qué quieres Ramírez?
-¿Cómo estás, Viudo?
-Bien Ramírez, bien. Al grano que tengo faena.
-Muy bien. ¿Recuerdas quién era el abogado de Marcelino Uretra?
-¿Todavía andas con eso? ¡Déjalo ya! No vale la pena remover mierda para encontrar un pulpo.
-Lo sé, pero es por entretenimiento. Mi comisario no quiere asignarme el caso "Rita" y yo no quiero coger vacaciones. Además, creo que tengo algo.
-¿Importante?
-Creo que sí. Si lo deseas puedo mantenerte al corriente.
-Prefiero que no lo hagas. Ya me las tuve con el cónsul una vez. Querías saber quién defendió a Marcelino Uretra, ¿no es así?
-Positivo.
-Afirmativo Ramírez, afirmativo. Pues si mal no recuerdo creo que se llamaba Juan Pi, del bufete...
            -¡Pi & Ruleta! Gracias Viudo, te debo una.
            -Cuídate Ramírez. Hasta pronto.
            -Chao.
            Ahora todo estaba más claro aún. Juan Pi era el amante de la esposa de Marcelino, que también había tenido como amante a Apolonio. Y como el abogaducho temía por su vida, tal y como le había pasado a Apolonio, decidió ser él, mediante un asesino a sueldo, el que acabase con la vida de su futuro asesino. Todo aclarado, ahora solo faltaba dar con María Jaltaseña y confirmar mi hipótesis. Pero de momento debía prepararme para espiar al ministro Lastrancas a su llegada a Barcelona, el día siguiente.



Capítulo quinto

Muerte




La satisfacción es la muerte.

George Bernard Shaw
 Escritor irlandés.




García

Me había despertado otra vez con mucho sueño. Me fue casi imposible abrir los ojos y a tientas me metí en la ducha, despertándome de golpe al abrir el grifo del agua fría. Subsané mi error en medio milisegundo, cerrando el agua fría y abriendo la caliente. Tras descubrir también agua fría sobre mi cuerpo helado supe que me habían cortado el gas. ¡Hijos de puta! Ni siquiera me habían enviado un aviso, y eso que yo había pagado cienciológicamente todos los recibos desde que vivía allí. Puse el oído en la pared para saber si mi vecino tenía agua caliente, ya que nos duchábamos cada día a la misma hora. Pero mi vecino tenía agua caliente, ya que en vez de alaridos canturreaba la nueva versión de "La gallina Cocouá", último gran éxito de Los Zancos. Me mojé un poco aguantando la respiración, me enjaboné como pude y me enjuagué con aceite de oliva corporal. Helado hasta los garbanzos, me vestí cagándome en la madre que parió al fundador de Gas Sobrenatural y decidí entrar en caliente con un buen tazón de migas de pan rehogadas en agua con gas calentita. ¡Hijos de puta! La luz también cortada. Me cagué en un tal Tomás Edison Jr. y decidí bajar al bar chino que había en la esquina del bloque para desayunar como Toncruis manda. ¡Hijos de puta! "Celado pol defunchión del miau que casaba las latas, ¿sí?", leí en un papel enganchado a la puerta con dos enormes chiclets. Me cagué en la Muralla china, en el perro pekinés y en los rollitos de primavera antes de decidir coger un taxi para no cagarme en nadie más hasta mi llegada al trabajo. Por suerte, en el taxi no tuve problema alguno hasta la hora de levantarme para pagar la cursa, cuando descubrí que me había sentado encima de un caramelo de bellota y éste se me había enganchado al pantalón tan bien que al estirar me arranqué hasta los calzoncillos. Menos mal que había salido de casa con la gabardina y no con la torera de luces. Sintiendo un escalofrío muy molesto en la rabadilla, subí los quince pisos de altura hasta la oficina por las escaleras, para entrar en calor. Un café y bajaría a la calle a comprar unos pantalones nuevos. Todo tiene solución.
            -Buenos días Dorotea -la secretaria.
            -Buenos días García. Antes de nada, te esperan en la gran sala los cinco jefes.
            -¿Los cinco?
            -Los cinco. Buenas noticias seguro. Los de Aldisa han quedado muy satisfechos con el trabajo. También quieren ver a Cartoncito, aunque llegará algo más tarde.
            -¡Perfecto! Necesitaba hoy una buena noticia, con la mañana de mierda que llevo. Me tomo un café y voy para allí.
            -Nada de café. Hace ya media hora que te esperan. Me han dado órdenes de que en cuanto llegases, directo a la gran sala.
            -¿Nada de café? Pues nada de café.
            Los cinco jefes se reunían tan solo para felicitar o ascender a sus trabajadores. Si deseaban despedir a alguien únicamente te entrevistabas con el más cabrón de todos: Satán Do Buenas Estancias. El señor Do Buenas Estancias era un huérfano sin escrúpulos que había ascendido a fuerza de joder a todo aquel que se cruzaba en su camino. Incluso se decía que habían llegado a interrogarle por dos asesinatos aún sin esclarecer. Y parecía disfrutar con su trabajo, ya que siempre que despedía a alguien salía de la sala descojonándose de risa, el muy cabrón. Pero conmigo aquello no iba a pasar porque estaban los cinco, y aquello era buena señal.
            Caminé hacia la gran sala silbando de alegría. Un ascenso no me iba a ir mal del todo ahora que empezaba a rehacer mi vida. En aquel momento había olvidado a la compañía del gas, la eléctrica, al chino, a los caramelos Melos e incluso aquel café que tanta falta me hacía para mantenerme despierto.
            -Pase.
            -Buenos días. ¿Me solicitaban?
            -Acomódese García. Puede quitarse la gabardina si lo desea.
            -Gracias pero estoy algo destemplado y si no les molesta...
            -No nos molesta, García. Además, seremos breves. ¿Un café?
            -Sí, muchas gracias.
            Me hablaba Erik Van der Suido Forde Laif. Él había fundado aquella maravillosa empresa en la que trabajaba. Le gustaba dar buenas noticias y evitaba dar las malas por miedo a posibles represalias. No era malo con sus trabajadores, pagaba bien y animaba a todos por igual. Siempre decía que un trabajador contento le ahorraba dinero, ya que cumplía por dos hombres. Era bajito, calvo, delgado, con cara de bonachón y muy ágil para su edad, de la que siempre presumía: 116 años. Él mismo me sirvió el café.
            -Antes de nada felicitarle por su labor en la campaña Aldisa. El anuncio ha sido todo un éxito y nuestros clientes están muy satisfechos -dijo mientras volvía a su cómoda butaca con paso lento pero seguro. Los otros cuatro asintieron con la cabeza.
            -Gracias señor Van der Suido, pero me he limitado únicamente a hacer mi trabajo.
            -Y muy bien, por cierto -dijo Van der Suido, ya sentado-. Continúe señor Do Buenas Estancias.
            Aquí las piernas me comenzaron a temblar y no lograba mantener la taza de café quieta en mi mano derecha.
            -Su trabajo ha sido excelente -dijo con aquella cara de Doberbull que su madre le había dado y a la que jamás conoció-. Consideramos que su talento está desperdiciado en esta empresa -y mi ego por las nubes-. Tiene un futuro muy prometedor y no deseamos ser nosotros quien le corte las alas. Se merece mucho más de lo que tiene y por eso le despedimos.
            Mi qué se oyó a veinte kilómetros a la redonda.
            -¿Me despiden porque soy demasiado bueno para ustedes?
            -Sí -contestó el cara perro con una sonrisa en su rostro-. Su proyección personal puede llegar a lo más alto. Puede ser recordado como el mejor editor de la historia cinematográfica y cuando eso llegue se acordará de nosotros.
            -¡Y mientras no llegue me cagaré en sus putas palabras! ¡Desgraciados! ¡Serán mamones! ¡No pueden despedirme! ¿Y si me niego? ¿Y si les digo que sólo quiero ser una persona normal, anónima? ¿Que puedo ser malo en mi trabajo? No me interesa la fama o el reconocimiento público. Solamente quiero pagar mis facturas, levantarme a las siete de la mañana, ducharme y venir a trabajar feliz y contento. ¿Es eso mucho pedir?
            Estaba de pie en la mesa, escupiendo al hablar y enseñándoles medio culo por haberme quitado la gabardina por el inhumano calentón. De pronto me vi en uno de los diez espejos de la gran sala, rojo de ira, con espuma en la boca, el pelo despeinado y el culo al aire. No supe nunca si sus razones fueron verdaderas, una prueba o una simple excusa para despedirme pero sí ví en aquel momento, por mi manera de actuar, que merecía el despido. Entonces me arrodillé y comencé a llorar. Mi alma caía a un pozo del que me sería muy difícil salir.
            Salí de la gran sala con las manos tapándo mi avergonzado rostro. Dejé allí la gabardina. En mi estado, con el diablo invitándome a pasar la noche en su adosado con chimenea, todo me daba igual, como si un elefante me enculaba mientras nos revolviamos en lodo. Y al mismo paso que, el hasta hacía unos minutos, el bonachón de mi jefe, me marché por donde había llegado aquella fatídica mañana. Y faltaba aún la perla de la ostra. Sin decir nada, la secretaria se me acercó, me dio un papel doblado por la mitad y me acarició el brazo como se le acaricia el lomo a un caballo minutos antes de que muera. Ya en el ascensor, sin quererme despedir de nadie, abrí la nota.

<<Ha llamado tu mujer. Dice que te espera en el hotel Tiralacaña, habitación CAS. Estará allí todo el día y que es importante. Ha dicho que siente lo de la luz y el gas>>.

            Yo sí que lo sentía. Pensé que de extraviados al lago y que ya era hora zanjar aquel desastroso matrimonio y que me devolviera las llaves de casa y mi orgullo.
            Me senté en la barra del primer bar que encontré, pedí un café de opio y un churro para relajarme mientras le echaba un vistazo al callejero de la ciudad para conocer el paradero del hotel en el que me había citado mi querida ex esposa y que tan amablemente me había traído el pingüino con patas que se hacía llamar "metrge". Entonces, para mi desesperación comprendí por qué el café estaba delicioso y el churro aún caliente: me había sentado en el Mongo's bar, uno de los cafés más caros de Barcelona, compartiendo barra con políticos, artistas y lampistas de alta alcurnia. La broma de ir mirando al suelo por mi depresión me iba a costar el sueldo de un mes. Aún así pagué y degusté el café y el churro como si fuese el último café de opio y el último churro grasiento de mi vida, y muy mal encaminado no iba.
            Ganas no me faltaban de tumbarme en medio de la calzada para que me pasase por encima un coche, un autobús o un tanque del ejército, que aquellos días estaban de maniobras por el centro de la ciudad. Pero con la suerte que había tenido aquella mañana aún saldría ileso, provocando un accidente en la vía pública y siendo multado con cien años de cárcel y cincuenta millones de florines de multa por escándalo público y daños al material militar. Cabizbajo, deprimido y con un futuro menos prometedor que la selección española de criket, anduve tres horas hasta llegar a las afueras de Corelá, a una solitaria calle con unas pocas casas abandonadas y un edificio de nueve plantas de altura semiderruido con un letrero gris donde se leía "Hotel Tiralacaña". Con todo el dinero que me había birlado, pensé, ya podría haber buscado un lugar más limpio donde encontrarnos. Jodiendo hasta el final, me dije en voz alta.
            La caminata me había abierto el apetito y la sed, así que entré directo al bar del hotel, pedí un plato combinado de cucarachas fritas con guarnición, un zumo de pistacho y le dije al camarero que lo apuntase en la cuenta de la habitación CAS. Me tomé mi tiempo, saboreando aquellas cucarachas rebosantes de aceite refrito unas mil veces y las castañas crudas que hacían de guarnición.
            A las cuatro de la tarde subía por las escaleras del hotel hasta llegar al tercer piso, el C, frente a la puerta AS. Llamé al timbre, María preguntó quién era, tu ex marido, respondí haciéndome el duro, ella abrió y al primer paso que di noté un fuerte golpe en la coronilla y me desmayé.


Ramírez

La mañana había sido como otra cualquiera. Sonó el cú-cú despertador a las seis de la mañana, abracé a Tedioso, un enorme peluche con el que había dormido todas las noches desde que tenía uso de razón, y silvando me dirigí a la ducha. La verdad es que aquel día estaba yo feliz. Tenía un trabajo que adoraba, me sentía útil para la sociedad y aquella mañana por fín tendría motivos para salir del archivo de la comisaría, donde había estado recluido un mes entero. Espiar había sido desde niño mi vocación frustrada, pero con mi handicap era inútil pasar desapercibido.             Ya que no tenía tiempo que perder, decidí vestirme y desayunar de camino al aeropuerto, en una de las cafeterías móviles de la cadena La Gran Castilla, aquel día apostada entre las calles Aprestadora y Buenos Aires Dos. Para pasar desapercibido había alquilado un utilitario el día anterior, un Kiako 56 Tdigtshz, que aunque pequeño e incómodo era manejable y muy rápido. Ya en el coche me  coloqué bien la peluca tipo Jarpo March, me puse las Ratiban de sol último modelo, rosas, por supuesto, con incrustaciones diamantiles azules, y encendí el coche mas chulo yo que un pez rayado montado en un caballito de mar. Después de parar a tomar un café y un polvorón de coco,  llegué con las energías renovadas al aeropuerto de Barcelona, aparcando el coche en la fila de los Motortaxis, que con aquel frío estaban haciendo el diciembre. Me apeé y caminando busqué en el interior del aeropuerto los letreros de "Llegadas de vuelos", buscando aquellos que hacían el trayecto Madrid-Barcelona. El siguiente llegaba a las 08:30, así que tenía aún una hora para pasear, ir de compras o hacer de vientre, algo que se me antojaba urgente por el café bebido con prisas y que no describiré por pudor.
            El vuelo de las 8:30 había aterrizado y yo esperaba a unos pasos de distancia de la cinta de salida a que el ministro Lastrancas asomase su aceitosa cabellera por la puerta, pero nada de nada. Seguiría esperando. El próximo vuelo llegaba dos horas más tarde, así que aproveché para echarme un sueñecito en el interior del Kiako.
            En el vuelo de las diez y media tampoco llegó el ministro, ni en el de las doce treinta, pero sí en el de las catorce y media, vestido con gabardina, gafas oscuras, chándal negro y rojo y un maletín de piel de cocodrilo. Me fue muy difícil identificarlo, ya que el muy zorro se había camuflado como un auténtico profesional. Por suerte, recordaba yo a la perfección aquel andar inimitable que debía a su padre vegetariano, un defecto genético que le procuró una pierna un palmo más larga que la otra y que el ministro maldecía cada vez que debía subir escalones.
            -¡Maldito cabrón! -mascullaba entre dientes-. ¡No podría haberse hinchado a chuletas de cordero como hacemos todos!
            Intenté adelantarme a él para esperarle ya con el coche encendido pero con las prisas no vi el carro lleno de maletas con el que tropecé y me llevé cinco o seis improperios del mozo que lo conducía. Pero el ministro Lastrancas ni tan siquiera se giró. A la salida, y con gran suerte para mí, el ministro cogió justamente el motortaxi aparcado delante de mi coche, al que llegaba yo corriendo y con la lengua fuera de la boca por el cansancio. Al salir de mi estacionamiento recibí una fuerte pitada de un chiripitiflautico al que según él le había cortado el paso, frenando por ello bruscamente y golpeándose la frente contra el volante. Por supuesto, y sin pararme, grabé en la memoria la matrícula del coche para empurarlo al llegar a comisaría por injuriar gravemente a un funcionario del estado, penalizado con una multa de un millón de florines. Gracias a Toncruise no perdí de vista el motortaxi del ministro, que marchaba sin prisa dirección Barcelona.
            Entrando ya a la ciudad, el motortaxi cogió el desvío hacia Corelá. Sin llegar a adentrarse en el pequeño pueblo, giró a la izquierda, parando en frente mismo de un semiderruido hotel llamado "Tiralacaña". El ministro se apeó, pagó la cursa al conductor y entró en el hotel sin percatar mi presencia. No cabía duda, el ministro tenía una amante.
            Esperé unos pocos minutos y entré yo también al hotel.
            -Buenas tardes, señor. ¿Qué desea? -me preguntó el recepcionista.
            Saqué la placa del bolsillo y la puse encima del mostrador.
            -Deseo la habitación de al lado del hombre que acaba de entrar.
            -¿Del señor Esclavo?
            -¿Esclavo? -dije sorprendido.
            El inútil del ministro se había puesto de seudónimo el nombre de la operación que llevó a cabo Apolonio en Venezuela. Mi infalible olfato me decía que algo olía a podrido.
            -¿Es usted inspector de sanidad?
            -¿Qué?
            -Como ha dicho que algo huele a podrido -dijo el recepcionista sudando la gota gorda a pesar del frío que se vivía en el hotelucho.
            Sin dejarme responder el cobarde recepcionista comenzó a largar sin dejar un pero.
            -Señor inspector, le aseguro que las larvas han sido compradas legalmente. Tengo aquí mismo la factura.
            -¿Las larvas? ¿Está seguro de lo que me dice? -pregunté yo sin tener pajolera idea de qué conchas me hablaba.
            -Sí, el problema es el agua arsenizada. Por lo visto al contacto con las babas larvosas crea un olor fétido que asusta. No sea muy cruel con nosotros. Le aseguro que las larvas son de primera calidad. ¿Desea la habitación CAR? Es suya. Y como muestra de buena voluntad, diré al cocinero que prepare unas larvas con miel y yo mismo se las subo inmediatamente. ¿Algo para beber?
            -Leche merengada.
            -¡Perfecto! Tenga la llave y gracias por su visita.
            -De nada -dije muy serio-. Y recuerde que les estoy vigilando.
            El recepcionista sonrió de mala gana mientras yo cogía las llaves y subía al tercer piso para espiar al ministro y pasar así informe a su hijo de las misteriosas escapadas del padre.
            La habitación CAR era tan pequeña como sobria. Una cama con un colchón sucio y de muelles oxidados, una butaca de piel con manchas de pintura blanca y una mesita de noche de plástico marrón. Las paredes estaban empapeladas con cenefas azules separadas por siluetas de elefantitos rosáceos. El suelo estaba enmoquetado, y por la suciedad que había en él parecía no haberse cambiado en cincuenta años. Qué decir tiene que ni siquiera me atreví a mirar bajo las sabanas. Limpié con el pañuelo el trozo de pared donde debía apoyar la oreja para escuchar qué sucedía al otro lado, una vez el ministro acabase de comer. Para mi sorpresa oí una voz de hombre que no con muy buenos modales mandaba callar a lo que parecía ser o una señorita de mala vida o un animal salvaje, ya que la palabra zorra la escuché nítidamente. Después se hizo el silencio.
            Al poco subió el recepcionista con el plato de larvas, que por supuesto no iba a probar, y la leche merengada, que me bebí de un solo trago. Poco tiempo después alguien llamó al timbre de la habitación CAS. El ministro Lastrancas había acabado de comer.



García

Al despertar me vi atado a una silla, la boca amordazada y un gilipollas aguantando frente a mí un molinillo de viento de colorines mientras me susurraba al oido "debes matar al ministro Lastrancas". La verdad es que no podía apartar la mirada de aquellas cuatro hojas de colores que giraban rápidamente. El cerdo me estaba hipnotizando.
            Cuando el molinillo dejó de girar, volví a ser yo. Entonces me percaté que María estaba a mi lado, también atada a una silla pero sin tener la boca tapada. Sangraba su mejilla izquierda y me miraba como si me fuese a pedir perdón.
            -Lo siento -me dijo-. Este cabrón me ha obligado.
            -¡Calla zorra! -y el cabrón le dio tal ostia que María y la silla cayeron al suelo.
            En aquel momento me entraron unas ganas de enviar a Marte de un puñetazo a aquel enano gafotas y calvo al que me parecía que ya conocía. María me había hecho la vida imposible, me había hundido en la miseria, pero todavía era mi esposa y no se merecía aquel maltrato. Me moví intentando soltarme pero fue inútil. También me fue imposible amenazarle, ya que el pañuelo que tenía metido en la boca no me dejaba decir ni mu. El enano cabrón levantó a María del suelo y sin decir palabra sacó de su pantalón una pequeña pistola con la que apuntó a la cabeza de María.
            -Esto va a ir así, querida. Tu ex esposo, arruinado y desesperado, sin trabajo y sin esperanza, te va a pegar un tiro que te va dejar seca. Después matará a Lastrancas, tu amante, en cuanto lo vea entrar por la puerta. Y por último, arrepentido de tan macabro acto, se suicidará. Claro que no será él quien se dispare, sino yo.
            En pleno discurso del gafotas se oyó picar a la puerta.
            -¿María? Soy Lastrancas.
            -¡Contesta! -susurró el enano.
            -Ya abro, señor ministro.
            El enano, pistola en mano, abrió la puerta.
            -¡Señor ministro! ¡Qué sorpresa! Pase, pase -le dijo sarcásticamente apuntándole en el corazón, porque a la cabeza no llegaba, con la diminuta pistola plateada.
            -¡Señor Pi! ¿Qué coño hace? -preguntó el ministro mientras, sumiso, se dejaba atar las manos por detrás de la espalda.
            -Señor ministro, no me diga que aún no se ha enterado de qué va todo esto.
            -Creo imaginarlo. Usted es...
            -No, no, no, por favor -hizo callar el señor Pi a Lastrancas poniéndole el cañón en la boca-. Me ha costado mucho trabajo llegar hasta aquí para que usted me quite el protagonismo. Déjeme explicar a mí la historia, ¿quiere?
            -¡No faltaría más! Por favor, deleítenos.
            -Está bien. La historia comienza hace muchos años. Trabajaba yo defendiendo al mafioso Itler, supongo que el señor ministro se acordará de aquello.
            -¡Cómo no! Menudo cabronazo aquel Itler. Se decía ser un gran admirador de un político de la Primera Era, un mamón que se cargó a millones de personas. La verdad es que no se sabe mucho de aquella época.
            -Bueno, el caso es que defendiendo yo a mi cliente, éste me puso al día de aquel misterioso personaje y de sus macabros experimentos con animales y hombres, especialmente con unos individuos llamados judíos. Pero lo que atrajo mi atención fue un invento que me mencionó y que dominaba la mente humana. Con aquel extraño objeto en tu poder podías dominar la mente de cualquiera y que ellos hiciesen lo que se les mandara. ¿Imaginan poseer tal poder? ¡Podría ser uno el amo del mundo! Por lo visto corría el rumor entre los entendidos de que aquel invento se había salvado de la destrucción de la Última Guerra, pero nadie sabía dónde podría estar.
            >>Después de aquella confesión, como el ministro Lastrancas bien sabe, Itler tuvo un pequeño percance en su celda y murió sin tan siquiera ser juzgado. A mí me hicieron socio del bufete y me dispuse desde ese momento a intentar encontrar el "dominador de mentes", como lo había bautizado.
            >>Durante dos años no tuve éxito ninguno. Leí todo lo que se había escrito sobre la Segunda Guerra Mundial, el tal Jitler y sus inventos, pero no saqué nada en claro. Hasta que un día llega a mis oidos que en el Estado de Venezuela un arqueólogo ha descubierto un extraño aparato compuesto por una especie de molinillo de viento conectado a una caja de hierro parecida a una batería de coche. La estaban analizando cuatro científicos reconocidos, entre ellos un venezolano, esposo de esta mujer.
            Atado, con la boca tapada y yo enterándome de que María ya había estado casada con un científico venezolano. Estaba a punto de explotar y mientras, el enano, seguía con su historia, caminando lentamente por la pordiosera habitación, y en la que quedaban no pocas sorpresas para mí.
            -Marcelino Uretra Pedrón-interrumpió el ministro con su grave voz.
            -Correcto -prosiguió el abogado Juan Pi, al que acababa de reconocer-. Marcelino Uretra Pedrón trabajaba en cubierto para el gobierno americano, y era más espía que científico. Él estaba allí para hacer desaparecer aquel extraño objeto, ya que el gobierno intuía lo que yo ya sabía.
            >>Volé de inmediato a Venezuela para intentar hacerme con el "dominador de mentes", por las buenas o por las malas. Una vez allí contraté los servicios de un detective privado para conocer el paradero del aparato y las medidas de seguridad sobre su protección. Para mi sorpresa, las medidas de seguridad eran muy deficientes y el gobierno americano y yo no eramos los únicos interesados en el antiguo invento. Mi detective me informó de que un espía español llamado Apolonio había seducido a la mujer de uno de los científicos y que se disponía en breve a la sustracción del aparato desconocido. Es decir, Apolonio había seducido a María, aquí la susodicha, y ésta le había dado todos los datos para que el espía se hiciese con el aparato.
            -¡El muy cerdo me prometió una vida llena de lujos en España si le ayudaba! -dijo María muy enfadada-. Cuando llegué a...
            -¡Nadie te ha dado permiso para hablar! -y el enano le arreó tal hostia que el ministro y yo giramos la cara de dolor-. ¡Aquí sólo hablo yo! Ya te llegará el turno, bonita.
            >>Pero el maricón de Apolonio perdía la cabeza por un buen rabo de toro y mi detective era un Mujira. Tras una noche de borrachera, Apolonio, que largaba lo indecible mientras masticaba la almohada, le dijo a mi detective, con pelos y señales, el plan para robar el "dominador de mentes". Mi detective me informó a mí, y yo me presenté en su casa cuando él recogía ya las cosas para venirse a España con mi aparato bajo el brazo. Sin esperarlo, le aticé con la culata del revolver y desaparecí de allí con este maravilloso invento -dijo señalando el ridículo molinillo.
            -¡Eso es mentira! -dijo María roja de ira-. Apolonio era muy hombre. Me explicó, después de tres horas de sexo brutales -matizó sin ningún pudor hacia mi persona-, que vos le habíais torturado y obligado a trabajar para él.
            -Ingenua zorra -dijo el abogado acercándose amezante a María-. ¿Por qué crees que duraba tres horas? Bastante tenía el pobre desgraciado para empalmarse contigo, como me pasaba a mí y a este desgraciado -dijo señalándome.
            Lo cierto es que me moría de ganas de replicar al enano cabreado sobre mi hombría, pero con el pañuelo en la boca tan solo podía mugir. No es que no se me levantase, es que mi mujer no hacía nada por levantármela. Pero yo siempre he cumplido como un semental y mis diez minutos no me los quitaba nadie. En cuanto pueda, pensé, voy a decirles cuatro cosas a la ninfómana de mi ex, al enano con pistola e incluso al puto ministro, que cuando intentaba desatarse perdía el equilibrio por impedirle su cojera apoyarse en el suelo con ambas piernas y caía así de boca justo en mis nobles partes. No sé si era por la maquinita de los huevos o porque no paraba de refregar su nariz en mis éstos pero me estaban entrando unas ganas de descuartizarlo que no sabe bien el lector.
            -El hecho es que a los pocos meses de volver a Barcelona recibí una llamada de Apolonio pidiendo entrevistarse conmigo, y a lo que yo accedí. Por lo visto, el ministro aquí presente deseaba negociar conmigo para que destruyese el objeto en cuestión, cosa que no iba a hacer ni de gracia. En aquellos días salía yo con una mujer que apareció en mi bufete con la excusa de llevarle su divorcio. María no sabía que yo ya la conocía y que sabía también que leches hacía allí. Gracias a que estaba casada con uno de los científicos que habían estudiado la máquina y se follaba a Apolonio, el ministro la persuadió para hacer de chivo espiatorio utilizando sus armas de mujer, que por cierto son bien pocas. Cuando llegó a España le procuraron unos apellidos falsos y la instaron a casarse con el primer desgraciado que encontrase para que la excusa del divorcio pareciese real. Y este pobre desgraciado cayó en la trampa de cuatro patas.
            Se me estaban hinchando ya los cojones. Había sido un simple pelele en manos de mi ex y del gobierno, estaba atado en una silla con chinches, tenía la boca tapada y la cara de un ministro al que me moría de ganas de matar metida en mi entrepierna. Y quedaba por escuchar lo peor.
            -Cuando María entró en mi despacho -prosiguió el gafotas-, lo vi todo claro. Le dije que no podía quedarse en casa de su marido, que se instalase conmigo, a lo que ella accedió sin pestañear, ya que le iba como anillo al dedo para su misión. Después cité con una hora de diferencia y en el mismo día a Apolonio y al desgraciado este para estrenar el nuevo modelo del "denominador de mentes" y deshacerme así de dos pájaros de un tiro. La nueva versión del "denominador de mentes" consistía en hipnotizar al sujeto a distancia, mediante alguna canción o algún mensaje por el hilo musical de mi despacho. Y funcionó. Obligué a Apolonio a esperar al nuevo esposo de María y de camino para casa provocarle un pequeño accidente. Al señor García le insté a que matase a Apolonio. Y así sucedió todo.
            Aquello ya pasaba de castaño oscuro y se volvía negro amarronado. El muy cabrón me había utilizado para... matar al amante de mi mujer, un espía marica que trabajaba para el ministro Lastrancas. Y yo inocente, claro, ya que estaba hipnotizado. En ese momento descubrí el enorme poder de aquella máquina, comprendí algo de la actuación del calvorota y me tranquilicé al saber que no era un asesino descontrolado. Deseé que siguiese con el relato. Quería descubrir cómo había hecho para hipnotizarme por segunda vez. Posiblemente muriese en aquel hotelucho de mierda pero ahora sabía que Toncruis me acogería en el paraíso.
            -Pero algo destartaló mis planes. Para crear el nuevo modelo del "denominador de mentes"  había secuestrado a Marcelino Uretra Pedrón con la amenaza de que mataría a su queridísima mujer si no trabajaba para mí. Al principio creyó que era un farol, pero cuando le enseñé por las cámaras de uno de los cinco sótanos que tengo en casa a su mujercita durmiendo plácidamente en mi cama, comenzó a trabajar día y noche en mi proyecto.
            >>La vida me sonreía. Mi invento funcionaba, el bufete aumentaba su clientela mes a mes y yo poseía tal poder que incluso la casa real me agasajaba con regalos y fiestas en mi honor. Todo era perfecto hasta que el capullo de Marcelino apareció en el consulado venezolano vociferando como un loco. Me ofrecí de inmediato a defenderle y dejé claro que no lo entrevistasen hasta que yo llegase, como así fue. Al verme palideció. Le dije que si hablaba, su mujer acabaría enterrada junto a su cuerpo. Al día siguiente, Marcelino Uretra Pedrón se suicidó en su celda.
            María comenzó a llorar mientras el ministro intentaba levantarse para enviar a la mierda al abogado.
            -¡Y una mierda se suicidó! -dijo mientras el enano lo cogía por el pescuezo y le levantaba la cara apoyada en mis piernas para oir bien lo que decía-. ¡Y una mierda se suicidó! Tú lo mataste a través de su compañero de celda. Luego pagaste la fianza y el cabrón del "pitita" salió libre, para encontrarlo a los pocos días muerto en el barrio de Sin Vivir de una pedrada.
            El enano me miró y por fín me sacó la mordaza esperando confesara mis crímenes.
            -¡Vamos hombre! ¡No me jodas! -dije-. Pero si sólo he estado en su despacho una vez. No pudo hipnotizarme para matar a aquel tio.
            -Cierto es que solamente ha estado en mi despacho una vez, pero tu querida mujer no te devolvió las llaves de casa. ¿O Me equivoco?
            -La madre que la parió a ella, a usted y al...mmmmm -y me volvió a tapar la boca.
            -Entré en casa del señor García, de noche, y le insté a matar al "pitita", al que había hipnotizado anteriormente para que cuando viese al señor García le robase la cartera. Lo que no esperaba que sucediese tan pronto. Y lo que tampoco esperaba que los casos fuesen asignados al inútil del inspector Ramírez. Todo ha salido rodado, hasta hoy. ¿Alguna pregunta?
            Intenté hablar y el enano se acercó a mí para quitarme de nuevo el pañuelo de la boca.
            -¿Y? -me preguntó.
            -Que me cago en tu puta madre, y os voy a matar a todos. A ti por enano cabrón, a la zorra de mi ex por joderme la vida y al ministro porque me has hipnotizado y le tengo unas ganas...
            El abogado se descuajaringaba de risa, lo que me ponía más furioso aún, pero antes de volver a los insultos me tapó la boca con el pañuelo, que estaba más babeado que el muñeco de trapo de un pitbull.
            -Acabemos con esto. Señor ministro, el maletín.
            -Aquí lo tiene. Quinientos mil millones de florines...
            -Por una máquina que no va a ver jamás en sus manos. Un buen trato, ¿no cree?
            Pero en ese preciso momento todo cambió. Un gilipollas con peluca rosa y más feo que pegarle a un padre asomó por la ventana, caminando poco a poco por la cornisa para no caerse y matarse. El enano no se percató, entusiasmado como estaba contando los florines que le habían llovido del Ministerio, hasta que el capullo del ministro preguntó qué hacía el imbécil de Ramírez con aquel ridículo disfraz y asomado a la ventana en calzoncillos. El enano, sin pensarlo dos veces miró y disparó.




Ramírez

Con lo de inútil de Ramírez se colmaba el vaso. Ya había escuchado bastante y todo estaba claro. Como yo pensaba, todos los crímenes estaban ligados entre sí. La señora María había desatado los celos de su amante, el famoso abogado Juan Pi, follándose todo lo que se movía a su alrededor. Primero Apolonio Quintiliano, después su primer marido, el "pitita", y ahora, de un plumazo se iba a cargar a su segundo esposo, a ella y al ministro Lastrancas. Había que actuar.
            Al principio pensé en derribar la puerta y entrar a pecho descubierto gritando "alto, inspector" pero me eché atrás no fuese que tras la puerta se encontrase uno de los rehenes y con el ímpetu desnucarle por caérsele la puerta encima. Ojeé la habitación buscando una nueva idea y vi la mediana ventana de fino cristal que daba claridad al cuarto. Me asomé a ella y vi una estrecha cornisa llena de cacas de paloma que envolvía todo el edificio. Decidí, como había visto tantas veces en las películas antiguas de policías, caminar por la cornisa hasta la habitación contigua para conocer la situación exacta de rehenes y secuestrador. Abrí la ventana con valor y sin llegar a sacar un pie por ella se volvió a cerrar. El enganche de la parte superior estaba roto, así que tendría que salir al exterior con cuidado, sujetando con una mano la hoja inferior para que no me partiese la crisma y la operación "celos injustos", como yo mismo la había bautizado, quedase abortada. Con gran esfuerzo, y sujetando primero la hoja con la mano y después con la cabeza, conseguí no perder el equilibrio en la resbaladiza cornisa para darme la vuelta y dar con la cara en la pared. Como pude, sin hacer ningún movimiento brusco, me saqué la pistola del cinto y con ella en la mano intenté andar muy despacio y lateralmente hasta llegar a la ventana de la habitación CAS. Pero al primer movimiento y si saber cómo, los pantalones resbalaron por mis caderas. Abrí las piernas para que se parasen a mitad de recorrido y podérmelos subir sin esfuerzo con una mano pero resbalé y no tuve más remedio que volverlas a cerrar si no quería ver el suelo pegado a mis narices. Hice el gesto de agacharme pero la cornisa era demasiado estrecha y los puntos de apoyo insuficientes para colocar mis pantalones en su sitio. Impedido también para caminar, decidí sacudir primero una pierna y luego la otra para deshacerme de tan necesaria prenda, viendo con tristeza como éstos caían al suelo tras deleitarse en su irregular vuelo. Pero unos pantalones tampoco harían abortar mi misión.
            Cuando asomé la cabeza para hacerme una idea de la situación, vi al abogado Juan Pi contando un grueso fardo de billetes mientras el ministro y el supuesto García me miraban con cara de asombro, uno al lado del otro. De espaldas a la ventana se hallaba la que supuse sería María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos, atada de manos al respaldo de la silla, como su segundo esposo. El ministro Lastrancas estaba sentado en la cama, también atado de manos a la espalda, intentando con mucho esfuerzo mantener el equilibrio perdido por su pierna un palmo más corta. En menos de un segundo el abogado se giró y disparó contra mí, no acertando pero rompiendo el vidrio de la ventana al que estaba apoyado y cayendo yo al interior de la habitación, rodeado de cristales. En mi caída el arma se me disparó, hiriendo al ministro en la pierna buena. Éste, en un acto reflejo le pegó una patada en las partes blandas al abogado, que sin querer disparó su pistola acertando de lleno en la frente de  María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos, que cayó desplomada hacia atrás, golpeándose en el marco de la ventana primero y luego contra el suelo, ya muerta. Me arrastré dos metros hasta coger mi pistola, y cuando me disponía a darle el alto a Juan Pi, el chalado de García, rojo como un pimiento rojo, se lanzó contra el ministro, tumbándolo en la cama y propinándole tales cabezazos en la cara que si no llega a ser porque erré en el disparo al abogado hiriéndole a él en el trasero, hubiera dejado al ministro más seco que una pasa.
            En milésimas de segundo vi la escena más absurda que he visto en mi larga vida, y eso que mi torpeza congénita me ha procurado más situaciones extrañas que minutos tiene un mes: María Perrica de la Virgensita Guadalupeña Dos sangrando a chorro vivo por la frente; García, aún atado a la silla y con la boca tapada, revolviéndose de dolor por el suelo y mugiendo como un carnero huérfano; el ministro Lastrancas tumbado boca arriba en la cama con una pierna sangrando y colgando más que la otra por el borde, con la nariz rota, el labio partido y tres dientes de menos; Juan Pi intentando esquivar a García y su silla, saltando cada vez que se aproximaba a él y disparándome con su ridícula Jiggins del tres y medio sin dar ni una; y yo, con la peluca de medio lado, en calzoncillos de corazoncitos y gritando a viva voz "alto, inspector" desde el suelo. En eso que el hiperactivo García arrolló al abogado, disparándose éste en la cara por el sobresalto y cayendo redondo al suelo, muerto, y manchando de sangre los billetes que el ministro llevaba en su maletín. Y a todo esto, cuando García se hubo desmayado por el dolor que causa una bala metida en tu trasero y yo me reincorporaba, estupefacto por lo vivido, apareció el conserje del hotel preguntando desde el otro lado de la puerta si iba todo bien y si los señores deseaban algunas larvas para picar.
-¡Llama a la policía, imbécil! -grité.


Epílogo

Despedida




El tiempo es el mejor autor;
siempre encuentra un final perfecto

Charlie Chaplin
Actor y director británico




Ramírez
-Una historia increíble, ¿verdad amor?
García
-Cierto, querido. Pero sigo sin entender tres cosas de todo aquello.
Ramírez
-Pregunta cariño.
García
-La primera es: ¿qué coño se hizo con el "dominador de mentes"? ¿Cómo es que nunca se encontró, si hasta que llegó la ambulancia nadie entró ni salió de la habitación?
Ramírez
-Supongo que el gobierno no quiere que se sepa donde se encuentra para evitar posibles robos. Es mejor decir que no saben donde está que admitir que lo tienen ellos. Ya sabes cariño, evitar represalias. ¿La segunda?
García
-¿Qué leches hago yo viviendo contigo y acóstandome en tu cama cada noche si a mí me gustan las mujeres?
Ramírez
-Supongo que es porque me quieres, porque encuentras irresistibles mis pequitas. ¿Y la tercera?
García
-¿Y por qué tenemos guardada en el sótano una tortuga de cien kilos y octogenaria que come más lechuga que escalones tiene la Torre de Babel?
Ramírez
-Eso es una historia muy larga. Ahora calla y bésame, tonto.