sábado, 28 de marzo de 2015

Reflexión de noche : tributo a mi pueblo

La montaña, que gran invento. En mi vida encontraré palabras para agradecerles a mis padres que un día, hace ya 40 años, quisiesen visitar a la familia de mi tía Maruja en una pequeña aldea perdida en la montaña, allá en una sierra lejana leridana. A pocos kilómetros de su destino, vieron una pequeña casa de pagés que se vendía. Y la compraron. Lo que hace tan especial a este idílico lugar es el silencio. Ahora mismo estoy en la terraza de mi casa, rodeado de montañas y con vistas a un lago entre todas ellas, y sólo oigo algunos lejanos cantos de gorriones. Siempre explico la anécdota de que a un amigo, aquí mismo en la terraza, le sugerí que escuchara. Mi amigo, todo extrañado dijo que él no oía nada. Nada, le dije, eso mismo, no se oye nada. Mi pueblo, porque yo no nací aquí, pero vine con pocos meses de vida, es sinónimo de silencio (hasta que Álex tira todos los juguetes en el patio), de tranquilidad, de paz. Mis padres compraron una pequeña casa de piedra, cuyas golfas estaban infectadas de ratones. Aún recuerdo levantarnos a media noche mi padre, mi madre y yo e intentar cazar ratones a escobazos mientras mis hermanos miraban asombrados tan ridículo baile. Hoy es una casa de dos pisos independientes, una terraza y un patio de unos 100 m2. Y eso también debo agradecerlo a mis padres. No tenemos lujos, pero no falta lo esencial. Aquí, vuelvo a ser un niño, aunque uno se acerque ya a los cuarenta. Tiro piedras al aire, escalo montañas, me baño en ríos... Y lo mejor de todo es que siendo un niño me identifico con mi hijo, al que también le gusta la libertad que le brinda la montaña. Nos une el pueblo. Se entusiasma cuando oye que nos vamos para allí. También eso tiene el paraíso, libertad. Aquí no pasan coches, no hay nadie a quien puedas molestar o que te moleste. Aquí hay buenos amigos y mejores momentos, miles de anécdotas. Yo quiero que mi hijo viva el pueblo. Aquí te riges por el sol, cuando sale y cuando se pone. Cuando tienes hambre te vas a casa, comes y vuelves a desaparecer entre las montañas hasta que vuelvas a tener hambre y sueño. De vez en cuando escuchas el rugido de un tractor, conducido por uno de esos pocos hombres a los que envidio. Porque aquí no hay prisa, no hay relojes, nunca los ha habido. Soy más rico que ningún otro hombre en estos momentos. Bill Gates no tiene lo que tengo yo por muchos millones que maneje. Siempre he dicho que si pudiese dedicarme a la literatura, me retiraría al pueblo a escribir. Nada de apartamentos lujosos en el centro, ni chalets con mil baños a las afueras, si quisiese vivir como un rey, viviría aquí. Si me concediesen el deseo de estar ahora mismo en cualquier lugar del mundo, no escogería otro lugar más que este. Cuando llego estoy eufórico y cuando me voy, me siento melancólico, triste. Aquí me inspiro, me desato, me desinhibo. Aquí soy feliz. Agradezco a mis padres que hayan mantenido la casa del pueblo a pesar de las discusiones que ha planteado tenerla y tener hijos. Y que hoy pueda ser un lugar donde mi hijo y yo pasemos las vacaciones rodeados de amigos. Se lo agradeceré siempre. Sólo hay un problema, que faltas tú.