martes, 7 de febrero de 2017

Tiffauges, Francia, 1438

Sire de Rais se arrodilló en mitad de la sala y sollozando comenzó a hablar solo.
-¡Oh Señor! Perdona los pecados de este humilde servidor tuyo llamado Gilles de Rais, mariscal de Francia, barón de Laval, conde de Brienne, nacido en la Torre Negra del castillo de Champtocé hace treinta y cinco años, hijo de Guy II de Laval y Marie de Croan, malogrados cuando yo era sólo un niño, quedando al amparo del pérfido Jean de Craon, mi abuelo materno, que me inició en la bebida, en la guerra y en la muerte. Perdona Señor a este fiel servidor tuyo al que a los once años quisiste mostrarle cómo su padre moría en su alcoba, abierto en canal por los colmillos de un jabalí furioso. Te pido perdón porque allí, junto a él, pude sentir placer al ver sus vísceras sobresaliendo de su estómago mientras agonizaba, gimiendo de dolor como un simple berraco. En ese momento descubrí que no era un niño normal, que Tú, Todopoderoso, me habías hecho distinto al resto de mortales y después abandonado en los brazos de Satán para dar rienda suelta a mis macabras fantasías. ¿Por qué no me diste una infancia en la que imperase el amor y la justicia? ¿Qué hice yo para recibir maltrato y desidia por parte de mi abuelo? Recuerdo las palizas que mi cruel pariente me daba cuando me sorprendía manoseando a sus pajes y la rabia que me corroía por no poder ser libre, escoger mi sino. El narcisismo, la arrogancia y el orgullo adquiridos por una educación sin amor hicieron mella en mí. Yo detestaba el cuerpo de la mujer y él me obligó a casarme dos veces y a yacer con mis esposas para dar continuidad a mi linaje. Pero tú también quisiste castigarme al tener una hembra y no un varón por hijo. ¿No era ya suficiente dolor acostarme con esas mujeres para castigar mis terribles pecados?
El barón de Laval se levantó y fijó su vista en el techo de la impresionante sala principal de la fortificación.
-¿Por qué me arrebataste a la única mujer que me hizo olvidar mi diabólica naturaleza? Con Juana de Arco a mi lado yo era un hombre de bien, ella me daba esperanza. Fui nombrado Mariscal por luchar a su lado. Me enamoré de aquella pastorcilla que oía voces en su cabeza que le conminaban a salvar a su país y su fe. Me enamoré de tan católica causa. Su devoción a Ti me hizo olvidar el diablo que llevaba dentro. En el momento en que entró en aquella sala en Rouen un estigma maligno escapó de mi alma y, ante el escepticismo del delfín y la corte, yo persistí en creer en su misión divina. En presencia de ella y por ese breve lapso, yo iba en Tu compañía y mataba por Ti. Al sentir mi voluntad incorporada a la suya, mi inquietud desapareció. Pero su muerte me hizo odiar al ser humano. La devota Juana, quemada en la hoguera acusada de brujería por oír Tu voz, oh Dios misericordioso, por los infames ingleses, olvidada por su rey, a quien liberó y coronó, dejada a su suerte. Juana dio su vida por Francia y ni su rey ni su Dios quisieron saber nada de ella en los días previos a su muerte. Fue en ese momento que perdí la fe y me dediqué a saciar mi mórbido instinto asesino, escogiendo niños y niñas, los seres más puros e inocentes, para adorar al diablo.
>>¿Barron? ¿Dónde estás maldito diablo? Te vendí mi alma para convertir el plomo en oro y lo único que me has dado es sed de sangre, de placer, de sodomía. Yo sirvo a Satán, sacrifico niños en su nombre. ¿Dónde está el oro que me prometiste? Acojo a niños en nombre de Dios y los mato en nombre del diablo. Yo cumplo mi parte, ¡cumple tú con la tuya! Hoy mismo he sacrifcado en tu nombre al inocente sobrino del prior de Chermére. Con gran cautela, Poitou lo ha secuestrado para ti.
-No decís la verdad -oyó el barón, que giraba la cabeza a un lado y a otro buscando al dueño de la misteriosa voz por la inmensa y solitaria sala.
-¿Barron? Sal de tu escondite maldito demonio. ¡Muéstrate a tu servidor!
-Nada más lejos de ser un demonio el que te habla.
-¡Oh Señor! ¿Sois Vos? Dios Todopoderoso perdonad mis pecados, os lo ruego. No se puede mentir a quien todo lo sabe. Oh Señor, lo confieso. Confieso haber raptado y asesinado a... ¿doscientos?, ¿trescientos niños y niñas? Oh Señor, han sido tantos que llevar la cuenta se me hace imposible. Confieso que me produce placer torturarlos y asesinarlos de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separo la cabeza del cuerpo utilizando dagas y cuchillos; con otros uso palos y otros instrumentos de azote dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los ato con cuerdas y sogas y los cuelgo de puertas y vigas hasta que se ahogan. Confieso que experimento placer en herirlos y matarlos así. Gozo en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Siento un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubren los primeros placeres y dolores de su carne inocente. Confieso Señor que me gusta poner mi miembro viril en los culos de las niñas que no saben todavía para qué sirven sus otras partes. Dejo que mi semen impregne los cuerpos de estos niños y niñas hasta cuando están agonizando. Siempre me he deleitado con la agonía y con la muerte, desde que tengo consciencia. A estos niños de cuyos cuerpos abuso cuando estan vivos, los profano una vez muertos por placer. Gozo a menudo besándolos en los labios una vez les he cortado la cabeza, mirando fijamente los rostros de los que son más bellos y jugueteando con los miembros de los que estan mejor formados una vez están muertos. Bebo su sangre. Abro cruelmente los cuerpos de estos pobres niños en canal a fin de poder ver lo que tienen dentro, como vi las vísceras de mi padre en su lecho de muerte cuando tenía yo su misma edad. Al hacer esto mi único motivo es mi propio placer, lo confieso con amargura. Codicio y deseo carnalmente su inocencia y su muerte. Con frecuencia, he de confesar, y mientras esos niños están muriendo, yo me siento sobre sus estómagos y experimento gran placer en oír sus estertores de agonía. Me gusta que un niño muera debajo de mi cuerpo. Suelo reírme a carcajadas a la vista de un espectáculo así en compañía de Corillaut y Griart. He de confesar también Mi Señor que me masturbo viendo cómo se asfixian en la horca o cómo gimen de dolor mientras les rajo el vientre para después eyacular sobre sus vísceras.
>>Una vez que había empezado raptando y matando a niños, no pude parar, oh Mi Señor. Perdonadme. A algunos los mantengo en cautividad durante un corto plazo, halagándolos y mimándolos, enseñándoles los pecaminosos placeres de la carne. Me gusta que esos niños y niñas reaccionen en contra de su voluntad, de manera que lloren de placer aunque lo que yo les haga les cause dolor. Los encierro en la oscuridad y los azoto duramente. El coito sólo me excita cuando puedo penetrar el objeto de mi deseo hasta hacer que le brote la sangre. Aún y así, desdeño el orificio acostumbrado, en el caso de las niñas, y derramo mi esperma sobre sus vientres o dentro de sus anos.
>>Apuñalar y cometer el acto de sodomía son los placeres con los que mayormente me deleito con estos niños. Los escojo solamente jóvenes, rubios y guapos, y me cercioro, antes de hacerles nada, de que son vírgenes, que dada su corta edad son casi todos. Me gusta representar el papel de un padre que castiga a sus hijos, algo que jamás hicieron conmigo. Los pongo sobre mis rodillas y les pego y azoto. Esto me produce una gran excitación y mi órgano sexual experimenta una erección.
>>He de decir, oh Dios misericordioso, que al principio mataba a estos niños solamente para que no pudieran contar lo ocurrido. Pero poco después maté, y mato, por el placer de matar. Me gusta ver correr la sangre, me proporciona un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Gracias a mi abuelo creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza desde que vi morir a mi padre. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Siento confesar que mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos, como ahora estarán Tiberio, Nerón o Calígula, emperadores que me sirvieron de ejemplo en mi juventud.
>>¡Oh, Dios mío, mi Creador, mi amado Redentor, imploro vuestra misericordia y perdón en el estado de ruina en que me encuentro! Soy un hombre condenado que se encamina hacia su ruina. Soy el gran arcángel del reino de la muerte. Sin embargo, soy solamente Gilles de Rais, un hombre sin sentido y sin conocimiento. Por esto y con lágrimas en los ojos te pido Dios misericordia y perdón, porque soy cristiano y temo al infierno como cualquier fiel. Nada puedo decir que os explique o que me explique a mí mismo, por qué he cometido las acciones tan abominables y desenfrenadas que he perpetrado. Mi deber no es la explicación, sino la confesión ante Vos.
Rossignol se quedó perplejo al ver a su amo llorando como un niño chico. Su imponente figura de temible guerrero como había sido unos pocos años atrás se había difuminado para ser ahora el cobijo de una alma infantil y asustada que lloraba de miedo.
-Sire, ¿os encontráis bien? -dijo el joven Rossignol desde el umbral de la gran puerta de cedro, a veinte pasos de su amo.
-¡Oh amado Rossignol! Mi bello paje. Ven y consuela a tu amo, que lo necesita de verdad hoy más que nunca -le dijo Gilles de Rais secándose las lágrimas con la manga de su aterciopelada camisa y sonriendo.